La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Beatriz vino al estudio y extendimos el plano sobre la mesa grande donde normalmente presentaba proyectos a clientes.

Eva nos dejó solas después de traernos café.

No intentábamos resolver lo que la policía estaba investigando; queríamos ordenar lo que sabíamos sin mezclarnos con lo que imaginábamos.

—El cuaderno dice que sí en el noventa y cinco.

—Y el informe actual dice que pudo seguir abierto. Es distinto.

Beatriz me miró con una media sonrisa cansada.

—Te has convertido en Irene.

—Es peor. Me he convertido en alguien que sabe lo que pasa cuando rellena huecos.

La sonrisa desapareció, pero no de forma triste.

Me dijo que ojalá hubiéramos aprendido eso treinta años antes.

Decidimos volver a la carretera pública de La Granda, esta vez sin bajar del coche.

La lluvia había aclarado el aire y la piedra caliza parecía casi blanca entre la vegetación.

Desde una curva elevada se veía parte del antiguo cargadero y una franja de terreno que descendía hacia el cauce seco.

Fede nos había explicado dónde quedaba, aproximadamente, el acceso auxiliar, pero desde allí no se distinguía.

—Samu era rápido —dijo Beatriz—. Siempre corría cuando mi padre se enfadaba. Se escondía detrás del taller o se iba a casa de un amigo hasta que se le pasaba.

—¿Crees que intentó llegar a la carretera?

—No lo sé. Quiero dejar de decir «creo» cuando en realidad quiero decir «me gustaría».

La entendí. Yo también había deseado durante años que la escena del bosque significara que Samu se alejaba de algo, quizá que consiguió huir y empezar otra vida. La realidad empezaba a ser más limitada y más cruel.

De regreso a Oviedo recibí una llamada de Irene.

El equipo técnico había podido examinar el lateral de D3 desde fuera.

Habían identificado un relleno de piedra que no coincidía con el cierre de 1994 y, entre las rocas superficiales, un fragmento metálico oxidado que podía ser simplemente basura industrial.

No iban a tocar nada hasta establecer un perímetro y contar con personal especializado.

—¿Cuándo sabremos más?

—Cuando podamos trabajar con seguridad.

La respuesta me desesperó y, al mismo tiempo, me pareció la única posible. Samu había esperado treinta años. No iba a mejorar nada que nosotros arriesgáramos otra vida por unas horas de impaciencia.

Esa noche, al guardar el plano, reparé en algo que había pasado por alto: el ramal auxiliar de D3 salía hacia un cauce que, en verano, estaba seco.

En agosto de 1996, el acceso habría sido más fácil que ahora.

No anoté ninguna conclusión. Me limité a marcarlo con un círculo y la palabra «comprobar».

Era una costumbre profesional que estaba empezando a salvarme también fuera del trabajo: separar lo que veía de lo que creía que significaba.

* * *

Encontré a mi padre en el cementerio de Oviedo, delante de la tumba de mi madre.

No fue casualidad. Me había escrito esa mañana para decirme que estaría allí y que, si quería hablar, no volvería a pedírmelo.

Dudé hasta después de comer. Al final fui porque sabía que, si no lo hacía, dedicaría el resto del día a imaginar una conversación peor.

Julián había dejado flores nuevas. Se apartó cuando llegué y me ofreció quedarse a distancia mientras yo saludaba a mi madre, como si todavía existiera una etiqueta familiar capaz de ordenar aquello.

Me quedé unos minutos delante de la lápida.

El nombre de Ana Villamil aparecía junto a dos fechas y una frase que elegimos mi padre y yo en 2018.

Entonces creí que conocía casi todo lo importante de su vida.

—¿Cuándo lo supo? —pregunté sin volverme.

Mi padre entendió a quién me refería.

—No aquella noche.

—¿Cuándo?

—Con el tiempo.

—No quiero una respuesta de esas.

Nos sentamos en un banco al fondo del cementerio. Había poca gente y el sonido del tráfico llegaba amortiguado por los cipreses.

—En 1997 —dijo—. Teresa seguía preguntando. Ana sabía que yo había llevado a Samu a la cantera, pero durante meses creyó la versión de que había escapado allí. Cuando Teresa me enfrentó después y yo… dije más de lo que debía, Ana acabó enterándose.

—¿Le dijiste que había muerto?

—Sí.

Sentí una punzada distinta de la que me había producido la cinta.

En la grabación, mi madre aparecía manipulando mi recuerdo cuando todavía podía pensar que Samu estaba desaparecido.

Saber que más tarde conoció la muerte y sostuvo el silencio durante otros veintiún años añadía algo que no podía atribuir al pánico de unos primeros días.

—¿Por qué no fue a la policía?

—Por mí. Por la familia. Por miedo a lo que pasaría si yo entraba en prisión. Por vergüenza. No sé en qué orden.

—¿Y tú dejaste que creyera que tenía que protegerme?

—Yo también creía que te protegíamos.

—Me hicisteis declarar una historia falsa.

—Tu madre creyó que, si repetías una versión sencilla, dejarían de preguntarte.

—Y de paso os servía a vosotros.

Mi padre bajó la cabeza.

—Sí.

No había consuelo en aquella admisión. Durante años había recordado a mi madre como la persona que más se preocupaba por que yo dijera siempre la verdad, incluso cuando romper un jarrón o copiar un examen podía parecerme el final del mundo.

Ahora descubría que había enseñado una norma que ella misma dejó de cumplir cuando la verdad amenazó su vida familiar.

—¿Teresa sabía que mamá lo sabía?

—Lo sospechaba. Se pelearon por eso. Ana le reprochaba haber llamado a alguien de la familia en vez de a la Guardia Civil directamente. Teresa le contestó que yo había llevado al niño a Evaristo, no ella. Después dejaron de hablar durante meses.

Recordé veranos en los que ambas mujeres parecían correctas pero distantes. En mi memoria no había habido una ruptura; solo una sucesión de comidas más breves, visitas menos frecuentes y frases que los adultos llamaban «cosas de mayores».

—¿Dónde está Samu? —pregunté.

Mi padre se puso rígido.

—No lo sé con exactitud.

—Teresa escribió que ayudaste a ocultarlo.

—Teresa escribió lo que creyó entender.

—¿Entraste en D3?

—No.

—¿Ayudaste a mover el cuerpo?

No respondió. Miró la tumba de mi madre, visible entre dos cipreses.

—He pasado treinta años pensando que podía conservar al menos una parte de la vida que tenía antes de aquella noche —dijo—. Cada mentira servía para proteger la anterior. Al final ya no sabía qué estaba protegiendo.

—Te protegías a ti.

—Sí. También.

Fue la respuesta más honesta que le había oído desde que empezó todo, y precisamente por eso no me alivió.

Nos despedimos sin abrazarnos. Antes de irme, volví a la tumba de mi madre y permanecí allí un momento más.

No sentí que la quisiera menos. Sentí que la conocía peor, que quizá era una forma distinta y más adulta de perderla.