La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

La Guardia Civil me pidió una declaración formal sobre la conversación con mi padre.

No fue la primera vez que repetía aquellos hechos, pero sí la primera en que tuve que hacerlo ante una grabadora, con las horas aproximadas, el lugar exacto y las palabras que recordaba.

Irene me advirtió que no reconstruyera frases que no pudiera asegurar.

Lo hice despacio, deteniéndome cada vez que dudaba entre lo que Julián había dicho y lo que yo había entendido.

Dos días después declararon Pilar y Beatriz. También volvieron a citar a mi padre. No supe qué contó hasta que Irene me llamó esa tarde.

—Ha reconocido que Samu llegó a La Granda vivo —dijo—. Mantiene que el niño salió corriendo y que no vio la caída.

—¿Sigue diciendo que encontró a Evaristo solo?

—Sí. Y niega haber movido el cuerpo.

La nota de Teresa afirmaba otra cosa, pero no bastaba para obligarlo a admitirlo.

Irene explicó que, con la fotografía, el testimonio de Pilar, las anotaciones de 1997 y la nueva versión de Julián, habían solicitado una inspección técnica más amplia de la cantera.

La prioridad era determinar si D3 podía examinarse sin riesgo.

—No me diga cuándo —añadió—. Prefiero que no haya gente alrededor si entramos.

—No pensaba anunciarlo.

—Lo sé. Se lo digo también porque Beatriz está recibiendo llamadas de periodistas locales.

Aquello me sorprendió. La reapertura de diligencias no era pública, pero en un pueblo pequeño bastaba ver dos coches oficiales junto al ayuntamiento para que empezaran las preguntas.

Beatriz había rechazado hablar con nadie.

Yo hice lo mismo cuando una periodista me llamó al estudio preguntando por «el cuarto secreto de la casa de Fontenosa».

No supe de dónde había sacado esa expresión y no quise averiguarlo.

La espera se volvió extraña. Después de semanas de descubrimientos casi diarios, de pronto hubo tres jornadas en las que no ocurrió nada visible.

Trabajé, volví a Oviedo y dejé de dormir en casa de Teresa.

Me obligué a no conducir hasta La Granda ni a revisar por décima vez las fotografías.

El jueves por la tarde, mientras escogía muestras de madera con Eva, recibí un mensaje de Irene pidiéndome que la llamara.

Los técnicos habían inspeccionado el acceso exterior. D3 seguía parcialmente colapsado, pero había una entrada lateral que podía estabilizarse. No habían penetrado en el drenaje; necesitaban material y un equipo especializado.

—Hay además una particularidad —dijo—. La boca principal se cegó oficialmente en 1994, pero el informe actual muestra un relleno posterior en un tramo lateral. Piedra suelta, no el cierre original.

—¿De cuándo?

—No se puede datar a simple vista. Puede ser de 1995, de 1996 o de muchos años después.

—¿Y alguien podía conocer esa entrada?

—Los antiguos trabajadores, seguro. También cualquiera que tuviera los planos completos.

Evaristo había trabajado en La Granda. Mi padre, según Teresa, había regresado con cal en el coche. La combinación era difícil de ignorar, aunque seguía sin ser una prueba.

Esa noche llamé a Fede para preguntarle por los cierres de cantera. Me explicó que los drenajes antiguos solían tener accesos de mantenimiento que no siempre aparecían en los planos municipales, sobre todo cuando una explotación había cambiado de manos varias veces.

—Mi padre hizo alguna obra allí —añadió—. No en el noventa y seis, antes. Recuerdo que decía que D3 era una ratonera porque tenía un ramal que salía por el lateral.

—¿Podría haberlo conocido Evaristo?

—Si trabajó allí, casi seguro.

Le pedí que se lo dijera a Irene y colgué.

La casa de Teresa permanecía cerrada aquella noche, a treinta kilómetros, con sus cuadernos ya clasificados y las habitaciones vacías.

Comprendí entonces que quizá la respuesta final no estaba dentro de ella.

La casa había conservado el comienzo de la historia; el final podía llevar tres décadas bajo la piedra de otro lugar.

* * *

Marta encontró el cuaderno de mantenimiento de La Granda en un almacén municipal que, según ella, nadie habría llamado archivo sin una buena dosis de optimismo.

Había cajas de obras menores, proyectos de caminos y carpetas que seguían oliendo a humedad pese a llevar años lejos de la cantera.

El documento no pertenecía al expediente de búsqueda de Samu, sino al de liquidación de la empresa que explotó La Granda hasta mediados de los noventa.

Irene me permitió consultar una copia después de que el original quedara incorporado a las diligencias.

La parte útil ocupaba apenas dos páginas.

En 1994, tras un desprendimiento, se había clausurado la boca principal de D3 con bloques y hormigón.

Sin embargo, un croquis manuscrito señalaba un «acceso auxiliar de drenaje» desde el camino lateral.

En mayo de 1995, un operario anotó que ese acceso seguía «practicable para revisión», aunque recomendaba cerrarlo cuando terminaran las labores de abandono.

No había constancia de que se hubiera cerrado.

—¿Quién sabía de esto? —pregunté.

Marta señaló una lista de trabajadores que habían participado en la fase final de la explotación. El nombre de Evaristo no aparecía porque había trabajado allí años antes, pero el padre de Fede sí. También figuraba Tomás Valdés, un antiguo encargado al que yo recordaba vagamente de niña.

—Murió hace diez años —dijo Marta—. Pero he hablado con su hijo. Conservan papeles del padre porque nunca tiraba nada.

Aquella misma tarde apareció una copia de un croquis doméstico, dibujado por Tomás Valdés en una libreta.

El acceso auxiliar estaba marcado con una flecha y una advertencia: «solo a pie; hueco estrecho; salida al cauce seco».

Junto a la nota había dos iniciales de trabajadores a los que, en 1993, se había encargado limpiar el ramal. Una era E.N. Evaristo Noriega.

Irene no mostró sorpresa cuando le enseñaron la coincidencia. Tomó la libreta, pidió verificar la identidad del trabajador en las nóminas antiguas y volvió a recordarnos que conocer un acceso no demostraba haberlo usado tres años después.

A mí, sin embargo, me hizo comprender algo.

Si mi padre decía la verdad al afirmar que, tras la caída, encontró a Evaristo junto al cuerpo, Evaristo habría sabido exactamente dónde podía ocultarlo sin necesidad de improvisar.

No hacía falta una conspiración previa. Bastaba que un hombre conociera la cantera y que otro aceptara seguirlo.

Esa noche mi padre me llamó. No contesté a la primera. Volvió a intentarlo diez minutos después y dejé que sonara hasta el final. A la tercera, respondí.

—Han ido a preguntar por la cantera —dijo sin saludar.

—Sí.

—¿Van a entrar en D3?

La pregunta fue tan inmediata que me puse de pie.

—¿Por qué te preocupa D3?

Hubo un silencio breve.

—Porque sé cómo es esa zona. Es peligrosa.

—¿La conocías en 1996?

—Todo el mundo conocía La Granda.

—No te he preguntado eso.

Respiró al otro lado.

—Lucía, no quiero que te metas allí.

—No voy a entrar.

—Prométemelo.

—¿Tú entraste?

No respondió. El ruido de un televisor se oía muy bajo al fondo, en el piso donde había crecido yo y donde mi madre había vivido hasta su muerte.

—Papá, ¿entraste en D3 aquella noche?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido, pero ya no confiaba en mi capacidad para convertir una pausa o un tono en prueba. Anoté la pregunta y la respuesta en una libreta, con la hora exacta.

—Entonces no tienes nada más que decirme.

—Tengo muchas cosas que decirte. Lo que no sé es cómo hacerlo sin perderte.

—Eso no depende de cómo lo cuentes.

Colgué. Durante unos minutos permanecí junto a la ventana del salón, mirando las luces de Oviedo.

Mi padre había mentido tantas veces que incluso una respuesta cierta llegaba ya dañada.

Pensé en Samu dentro del Renault, confiando porque Teresa le había dicho que podía hacerlo.

La confianza no se rompe solo cuando alguien quiere hacerte daño; a veces basta con que crea que sabe mejor que tú qué es lo que te conviene.