CAPÍTULO 42
Beatriz me pidió que me sentara con Eva y Fede, unas filas detrás de la familia. Pilar estaba entre sus dos hijas mayores y sostenía un pañuelo doblado sin usarlo. Mi padre no fue. Teresa, por supuesto, tampoco podía estar, aunque pensé en ella varias veces durante la ceremonia.
Sobre el féretro habían colocado una fotografía de Samu en la playa.
Beatriz eligió esa y no la del colegio porque, según me dijo, estaba cansada de que la imagen oficial de su hermano fuera la de un niño que ya parecía estar desaparecido antes de desaparecer.
En la foto de la playa, Samu tenía arena en el pelo y se reía con la cabeza echada hacia atrás.
El sacerdote habló poco. Después Beatriz leyó unas líneas que había escrito la noche anterior.
No explicó el caso ni nombró culpables. Contó que su hermano odiaba las lentejas, sabía imitar el silbido del tren y podía pasar una tarde entera desmontando un juguete para descubrir cómo funcionaba.
Dijo que durante treinta años habían hablado demasiado de la forma en que se fue y demasiado poco de la persona que había sido. Aquello fue lo que terminó de romperme.
Lloré por Samu, pero también por la niña de doce años que había repetido una frase hasta convertirla en recuerdo, por Teresa y su cobardía tardía, por mi madre y por la familia que yo creía conocer. No todos esos duelos merecían el mismo espacio, pero estaban allí.
Después del entierro, Pilar se acercó a mí. Me tomó las manos y me dio las gracias por haber abierto la pared. Negué con la cabeza.
—La abrí porque la habitación no cuadraba con el plano.
—Da igual por qué empezaste.
—No, no da igual. Teresa dejó las cosas allí. Irene buscó. Beatriz siguió preguntando. Yo solo vi que faltaba espacio.
Pilar me miró un momento y sonrió con tristeza.
—Pues menos mal que miraste.
No discutí más. Beatriz se reunió con nosotras. Aún no habían devuelto los objetos del ropero porque algunos seguían incorporados a las diligencias, pero tenía una copia digital de la fotografía donde aparecían Samu y yo en la cocina de Teresa. Me la enseñó en el móvil.
—Cuando termine todo, quiero una copia impresa.
—Yo también.
—Y la peonza es mía.
—Eso tendrás que negociarlo con la Guardia Civil.
Beatriz soltó una risa breve y cansada, pero real, y echamos a andar juntas hacia la salida del cementerio. Antes de separarnos me preguntó qué pensaba hacer con la casa.
—Aún no lo sé.
—¿Venderla?
—Era la idea.
—¿Y ahora?
Miré hacia las montañas, visibles más allá del muro.
Había pasado semanas creyendo que conservar la casa significaría quedarme atrapada en todo lo ocurrido y que venderla sería una forma de cerrar.
Ya no estaba tan segura de que las decisiones sobre una propiedad tuvieran que cargar con tanto simbolismo.
—Primero voy a terminar la obra —dije—. Después decidiré.
Beatriz asintió.
—Deja la habitación con su tamaño de verdad.
—Eso sí.
Nos abrazamos antes de marcharnos. En el coche, Eva no puso música hasta que salimos de Fontenosa.
Yo llevaba en el bolso la fotografía que mi padre me había dado y una pequeña rama de tejo que se había desprendido junto a la tumba de Teresa.
Dos recuerdos de personas a las que ya no podía mirar de la misma manera.
No sentí que hubiera recuperado una verdad perdida. Habíamos construido una verdad nueva con restos, documentos, voces y contradicciones. Era menos limpia que el recuerdo del bosque, pero ya no dependía de que nadie creyera una historia únicamente porque llevaba mucho tiempo repitiéndose.
* * *
Volví a trabajar en la casa en noviembre.
Durante unas semanas no hice nada salvo ventilarla y resolver trámites.
Después llamé a Fede y a Eva, extendimos los planos sobre la mesa del salón y decidimos qué reparaciones tenían sentido si finalmente quería venderla.
No pretendía convertirla en un monumento ni borrar todo rastro de Teresa.
Quería que volviera a ser una casa habitable, con proporciones coherentes y sin paredes levantadas para esconder decisiones antiguas.
El tabique del ropero desapareció por completo una mañana de lunes.
La Guardia Civil ya había liberado la zona y documentado las inscripciones.
Fede desmontó los últimos perfiles mientras yo comprobaba las medidas.
La habitación recuperó la profundidad que figuraba en el plano de 1958.
Durante un rato, la luz de la ventana llegó hasta un rincón que llevaba treinta años en sombra.
Conservé una pequeña sección del revestimiento donde estaban las marcas de altura de Samu y la mía.
No la dejé expuesta en la pared. La retiramos entera, la protegimos y la guardé junto con las fotografías y copias de los documentos que correspondían a la familia.
El resto se reparó. Beatriz estuvo de acuerdo.
No necesitábamos que cada futuro propietario de la casa entrara en una habitación convertida en escenario de una tragedia que no le pertenecía.
Los objetos del ropero fueron entregados semanas después: la peonza y el camión con las iniciales S.N.
volvieron con Beatriz y Pilar, que también quiso conservar la manta.
Yo me quedé únicamente con una copia impresa de la fotografía del 16 de agosto en la que Samu y yo jugábamos a las cartas en la cocina de Teresa.
Beatriz insistió en que aquella imagen también formaba parte de mi infancia y, por primera vez, acepté conservar algo sin preguntarme si era una prueba.
La guardé porque mostraba una tarde anterior a todas las versiones que los adultos construirían después.
Mi padre siguió respetando la distancia que le había pedido.
Su situación judicial permanecía abierta y yo dejé de preguntar a Irene por cada detalle.
Había declarado cuanto sabía. Lo que ocurriera a partir de entonces tendría que resolverse fuera de mi relación con él.
A veces recibía la tentación de llamarlo y preguntarle alguna cosa mínima: si recordaba qué canción escuchábamos en el coche, cuándo compramos determinado mueble, quién hizo una fotografía.
Entonces recordaba que no estaba obligada a decidir de una vez si volvería a hablar con él.
Podía necesitar tiempo sin convertir ese tiempo en otra promesa.
Con Teresa me ocurrió algo parecido. Ordené sus papeles, doné libros, guardé algunos cuadernos y tiré otros.
Encontré recetas, postales y una lista de alumnos de hacía cuarenta años.
La declaración sobre Samu quedó incorporada al expediente.
No la enmarqué en mi memoria como un acto heroico final.
Llegó demasiado tarde, pero llegó. Ambas cosas eran verdad.
Una tarde, Eva se sentó conmigo en el suelo del dormitorio ya reparado. Las paredes estaban enlucidas y faltaba pintar. Afuera llovía con suavidad sobre el jardín.
—¿La vas a vender? —preguntó.
—Sí. Creo que sí.
—Eso ha sonado muy convencido.
—La pondré a la venta en primavera. Antes quiero terminarla bien.
Eva miró alrededor.
—Entonces la próxima persona no sabrá que aquí había una habitación tapiada.
—Sabrá lo que tenga que saber legalmente sobre la obra. Lo demás no necesita vivir en la pared.
Me gustó oírme decirlo. Durante meses había temido que cerrar algo equivaliera a ocultarlo. Ahora comprendía la diferencia entre borrar una verdad y permitir que una casa siguiera adelante después de haberla contado.
Cuando Eva se marchó, saqué el plano original y recorrí la vivienda por última vez con el medidor láser. Cocina, salón, pasillo, dormitorio. Cada cifra coincidía con las dimensiones registradas. En la habitación del antiguo ropero, el aparato marcó la distancia completa hasta el muro exterior.
Anoté la medida en el margen del plano. Después guardé el medidor y abrí la ventana para que se secara el yeso.
Desde allí se veía el final de la calle, el jardín de Teresa y, más lejos, la línea oscura de los montes. El bosque seguía en el mismo sitio en el que había estado siempre. Ya no necesitaba que mi memoria colocara a Samu entre aquellos árboles.
La habitación tenía, por fin, su tamaño verdadero. Y yo podía recordar sin volver a construir paredes delante de lo que faltaba.