La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Pilar me llamó al día siguiente poco antes de las nueve.

No empezó con un saludo ni con una explicación.

Me preguntó si podía verla y añadió que prefería que Beatriz no estuviera delante.

La petición me incomodó, pero acepté porque su voz tenía esa rigidez de quien ha pasado horas decidiendo si va a decir algo y teme arrepentirse antes de llegar al final.

Nos encontramos en una cafetería de Infiesto, lejos de Fontenosa y de las ventanas desde las que cualquiera podía reconocerla. Pilar llegó con un bolso pequeño pegado al cuerpo y se sentó sin quitarse el abrigo, aunque dentro hacía calor. Durante un rato removió el café sin probarlo.

—Beatriz me contó lo de la cantera —dijo por fin—. No todo. Lo suficiente.

—La Guardia Civil está revisando los accesos. Todavía no sabemos qué ocurrió allí.

Pilar levantó los ojos. Había envejecido de una manera distinta desde nuestra primera conversación. Entonces me había parecido una mujer acostumbrada a proteger cada palabra; ahora daba la impresión de que las palabras se le habían vuelto demasiado pesadas para seguir sosteniéndolas.

—Yo sí sé una cosa que no dije.

Esperé. Había aprendido que apresurar a alguien en aquellas conversaciones podía ser otra forma de empujarlo hacia la versión que una quería escuchar.

—La noche que desapareció Samu, Evaristo salió de casa después de cenar.

Dijo que iba a buscarlo con unos vecinos.

Ya había estado fuera toda la tarde, entrando y saliendo, preguntando.

Yo no sabía dónde estaba el niño. De verdad que no lo sabía.

—Apretó los dedos alrededor de la taza—.

Volvió tarde. No sé la hora exacta, pero Beatriz dormía y en la televisión había terminado el programa que veíamos los sábados.

Traía polvo blanco en los zapatos y en el bajo del pantalón.

La imagen me produjo una asociación inmediata con el Renault de mi padre, pero no la dije.

—¿Polvo blanco como el de La Granda?

—Como el de la cantera. En Fontenosa todos sabíamos cómo era. Se metía en las costuras y parecía harina, pero raspaba. Evaristo había trabajado allí algunos meses cuando era joven. Yo se lo pregunté y me dijo que había estado por la pista de arriba buscando con Julián.

—¿Nombró a mi padre?

—Sí. Y yo no le di importancia porque sabía que eran amigos y porque medio pueblo estaba buscando. Al día siguiente vi que había dejado las botas en el patio y las estaba limpiando con la manguera. Eso sí me extrañó. No era un hombre cuidadoso con la ropa.

Pilar bajó la mirada. Después me contó que, dos días más tarde, cuando un guardia fue a preguntar a qué hora había regresado Evaristo, ella dijo que no lo sabía y que seguramente había vuelto antes de medianoche.

Tampoco mencionó el polvo. Evaristo estaba en la habitación contigua mientras declaraba.

No tuvo que amenazarla en voz alta; para entonces ella ya conocía de sobra lo que podía ocurrir en casa cuando lo contrariaba.

—He pensado muchas veces que, si lo hubiera dicho, habrían buscado allí —murmuró.

—No puede saberlo.

—No. Pero también dije eso durante treinta años para poder dormir.

No intenté absolverla. Tampoco me pareció justo condenarla desde la comodidad de una mesa de cafetería, treinta años después, sabiendo lo que había vivido con Evaristo. Me limité a preguntarle si estaba dispuesta a contar lo mismo a Irene.

—Sí. Por eso te he llamado. Si hablo primero contigo, no puedo volver atrás.

Salimos juntas. Antes de separarnos, Pilar me agarró del antebrazo.

—Lucía, hay otra cosa. Aquella noche Evaristo llevaba una cazadora oscura cuando salió. Cuando volvió ya no la tenía. Dijo que la había dejado en el coche de alguien porque estaba mojada. Nunca la vi otra vez.

—¿En qué coche?

—No me lo dijo.

La acompañé hasta la comandancia sin llamar a Beatriz.

No porque quisiera ocultárselo, sino porque aquella declaración pertenecía primero a Pilar.

Mientras esperaba fuera, sentada en un banco de plástico, pensé en la facilidad con que una investigación podía quedar desviada por cosas que, vistas por separado, parecían pequeñas: un polvo en unos zapatos, una prenda que no regresaba a casa, una hora aproximada, una mujer demasiado asustada para discutir la versión de su marido.

Cuando Pilar salió casi una hora después, ya no llevaba el abrigo puesto. Lo sostenía doblado sobre el brazo.

—Se lo he contado todo —dijo.

Aquello no resolvía dónde estaba Samu, pero colocaba a Evaristo en La Granda la misma noche en que una fotografía situaba allí el coche de mi padre. Las dos historias que habían circulado durante tres décadas empezaban por fin a coincidir en el mismo lugar y a la misma hora.

* * *

Volví a la casa de Teresa con la intención de revisar únicamente las carpetas que ya habíamos catalogado.

Me lo repetí varias veces porque llevaba semanas convirtiendo cada cajón en una posibilidad y cada papel en una promesa.

Irene había dejado claro que cualquier documento relacionado con 1996 debía fotografiarse donde apareciera y no moverse hasta que ella pudiera verlo.

Yo no tenía ninguna necesidad de jugar a investigadora; bastante daño había hecho ya la gente que creyó saber mejor que los demás qué convenía hacer.

En el escritorio quedaban cuadernos de cuentas, recibos y una carpeta de mantenimiento de la casa.

Nada parecía nuevo. Lo que cambió fue que, al sacar el cuaderno negro para comparar una fecha, advertí que dos páginas estaban pegadas entre sí por una esquina.

No era un escondite. Teresa había usado cinta adhesiva muchos años atrás y el pegamento se había endurecido, dejando un borde amarillento.

Separé las hojas con una espátula fina de las que utilizaba para levantar papeles pintados, fotografiando antes cada paso.

La página interior no contenía una confesión ni un nombre subrayado. Era una lista escrita en septiembre de 1996 con la letra estrecha de mi tía.

«Julián dice que no estuvo en La Granda.»

Debajo había tres anotaciones: «polvo blanco en alfombrilla trasera», «chaqueta E.», «olor a gasoil/cal» y, al final, una frase que parecía escrita días después: «No preguntarle delante de Lucía».

Me quedé mirando aquellas palabras durante varios minutos.

En la primera semana después de la desaparición, Teresa ya había reparado en el polvo de la cantera dentro del Renault y en una chaqueta de Evaristo.

No podía saber qué significaban, pero había visto suficientes cosas para desconfiar de la versión que mi padre estaba dando.

Llamé a Irene y esperé a que llegara. Cuando leyó la página, me pidió que no interpretara todavía la abreviatura E.

como Evaristo, aunque ambas sabíamos que era la hipótesis más evidente.

Después fotografió el cuaderno, tomó nota del orden de las hojas y me preguntó si recordaba haber visto una cazadora de hombre en el coche de mi padre aquel verano.

—No. Recuerdo el coche, pero no sé qué parte de ese recuerdo es de aquel día y qué parte viene de después.

—Eso es una respuesta útil.

Le habría parecido absurda a la Lucía de hacía un mes. Ahora entendía que admitir un vacío podía ser mucho más fiable que rellenarlo.

Seguimos revisando. Dos páginas más adelante había una anotación de febrero de 1997: «J.

vuelve a negarlo. Dice que si sigo removiendo esto destruiré a Ana y a Lucía».

En marzo: «No consigo que me diga por qué había cal en el coche».

En junio: «He ido otra vez a la Granda. No puedo entrar.

Peligro desprendimientos». Teresa había regresado varias veces a la cantera durante el año siguiente.

No había encontrado una prueba que pudiera sostener, o quizá no había sabido qué hacer con ella.

—¿Por qué no fue a la Guardia Civil con esto? —pregunté.

Irene cerró el cuaderno con cuidado.

—Eso solo podría responderlo ella.

—O mi padre.

—Tal vez. Pero no convierta el silencio de Teresa en una certeza sobre lo que sabía. Hay una diferencia importante entre sospechar y conocer.

Asentí, aunque me dolió. Llevaba días intentando decidir si mi tía había sido cobarde, cómplice o simplemente incapaz de demostrar aquello que sospechaba.

La respuesta podía ser una mezcla poco limpia de las tres cosas.

Antes de marcharse, Irene se detuvo en el vestíbulo y miró hacia la puerta del ropero abierto.

—Su padre va a tener que explicar esto.

No hacía falta que señalara el cuaderno.

La casa entera parecía haberse convertido en una pregunta dirigida a él.

Esa noche, poco después de las once, recibí un mensaje de Julián.

«Mañana. Sin Beatriz. Te contaré lo que pasó en La Granda.

» No decía que fuera a contarme toda la verdad.

A esas alturas, la diferencia me parecía demasiado importante para ignorarla.