La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Cité a mi padre en una terraza de Oviedo, a plena luz del día y a dos calles de mi estudio.

No porque pensara que pudiera hacerme daño, sino porque había dejado de aceptar sus condiciones como si todavía tuviera doce años.

Le escribí que Beatriz no estaría y que yo decidiría después qué hacía con lo que me contara.

No respondió hasta la mañana siguiente, con un escueto «de acuerdo».

Llegó diez minutos antes. Cuando me acerqué, estaba sentado con las manos entrelazadas sobre la mesa y un café intacto.

Había algo en su postura que me recordó a las reuniones del colegio: la camisa bien metida, el cuerpo recto, la expresión de quien quiere parecer razonable antes de que empiece una conversación difícil.

—He visto a Pilar —dije después de sentarme.

Parpadeó, pero no preguntó qué me había contado.

—Y Teresa anotó que había polvo blanco en tu coche. También una chaqueta de Evaristo.

Mi padre miró hacia la calle. Tardó tanto en hablar que el camarero se acercó y tuvo que pedir otro café solo para que se marchara.

—Te dije que Evaristo estuvo conmigo en La Granda.

—Me dijiste que lo recogiste después de que Samu saliera del coche.

—Eso no fue exactamente así.

La frase me provocó una calma extraña. Ya conocía aquel mecanismo: primero una negación, luego una excepción, después una versión nueva presentada como una corrección mínima.

—¿Cuándo subió Evaristo al coche?

Mi padre respiró hondo.

—Samu seguía atrás.

No dije nada. Él bajó la voz.

—Teresa me pidió que lo llevara al cuartel. El niño estaba asustado y no quería volver a casa. Yo iba a hacerlo, Lucía. Salí con esa intención.

—Pero fuiste a buscar a su padre.

—Lo llamé desde una cabina. Pensé que si hablábamos los tres podía hacerle entender que aquello se había acabado, que no podía volver a tocar al crío.

Evaristo juró que no le había hecho nada grave, que Samu exageraba porque estaba enfadado.

Yo lo conocía desde hacía años. Sabía que tenía mal carácter, pero no sabía…

—Teresa sí te dijo que Samu tenía miedo de él.

Apretó la mandíbula.

—Sí.

—Y aun así lo metiste en el coche.

—Sí.

Por primera vez no añadió una explicación inmediata. Miré sus manos. Seguían juntas, pero los nudillos se le habían puesto blancos.

—¿Por qué La Granda?

—Evaristo dijo que no quería hablar delante de nadie. Yo tampoco quería montar un escándalo en el pueblo ni presentarnos en el cuartel con una acusación que podía destrozar a una familia. Era otra época. Pensé que podía arreglarlo.

—No era otra época dentro del coche, papá. Samu tenía diez años.

Cerró los ojos un instante.

—Lo sé ahora.

—Lo sabías entonces.

No discutió. Continuó contando que recogió a Evaristo cerca del antiguo taller y condujo hacia La Granda porque era un sitio apartado donde, según él, podrían hablar unos minutos antes de decidir qué hacer.

Samu permaneció en silencio la mayor parte del trayecto.

Cuando Evaristo intentó girarse para hablarle, el niño empezó a llorar y a pedir que lo llevaran con Teresa.

Mi padre dijo que entonces comprendió que había cometido un error.

—¿Y qué hiciste?

—Paré.

—¿En la cantera?

—En el camino de servicio. Cerca del cargadero. Quería bajar a Evaristo y seguir con Samu al cuartel.

—Eso no coincide con lo que has dicho durante treinta años.

—Nada de lo que hice después coincide con lo que debería haber hecho.

Le pregunté qué ocurrió cuando paró. Mi padre se frotó la frente.

—Samu abrió la puerta. Salió corriendo. Evaristo fue detrás.

—¿Tú también?

—Sí, pero perdí de vista a los dos. Había poca luz y aquello estaba lleno de desniveles. Oí gritos. Después… —Se interrumpió y tragó saliva—. Después encontré a Evaristo solo.

—¿Dónde estaba Samu?

Mi padre me miró por primera vez de frente.

—No quiero seguir aquí.

—Pues yo sí.

—Lucía, ya te he contado lo que necesitabas saber.

—No. Me has contado otra versión incompleta.

Se levantó con demasiada rapidez y la mesa se movió. Una cucharilla cayó al suelo. Varias personas miraron hacia nosotros.

—No puedo hacerlo así —dijo.

—¿Así cómo? ¿Con preguntas?

No respondió. Dejó dinero junto a la taza y se marchó sin despedirse.

Lo vi alejarse entre la gente hasta doblar la esquina.

Lo que acababa de admitir era suficiente para destruir la historia del bosque: Samu no había salido del coche cerca de El Robledal.

Había llegado vivo a La Granda, acompañado por mi padre y por Evaristo.

Lo que seguía negándose a decir era qué había ocurrido después de los gritos.

* * *

Le conté a Irene la conversación esa misma tarde.

No me pidió que intentara obtener más información ni que volviera a enfrentarme a mi padre.

Al contrario, tomó nota de cada frase y dejó claro que, a partir de aquel momento, la nueva versión de Julián debía incorporarse formalmente a las diligencias.

—Ha admitido que llevó al niño a La Granda y que Evaristo estaba en el coche —dijo—. Eso ya modifica por completo la reconstrucción.

—Y sigue sin contar qué pasó después.

—Eso no significa que usted tenga que sacárselo.

La precisión con la que separaba mi necesidad de saber del trabajo policial me molestaba y me tranquilizaba al mismo tiempo.

Había pasado demasiadas semanas creyendo que cada puerta tenía que abrirla yo porque era mi memoria la que estaba en el centro de la historia.

Sin embargo, la desaparición de Samu no podía reducirse a un rompecabezas privado de mi familia, porque en el centro seguían estando la vida de un niño y, probablemente, también su muerte.

Beatriz vino a casa al anochecer. Le había prometido no ocultarle ningún cambio importante, así que le conté lo que mi padre había admitido. Esperaba rabia, pero durante un rato no dijo nada. Se sentó en el suelo del salón, apoyada contra el sofá, con una taza entre las manos.

—Entonces mi padre lo tuvo delante —murmuró—. Samu consiguió escapar de él, llegó hasta Teresa, pidió ayuda y alguien volvió a ponerlo en su coche.

No era exactamente su coche, pero entendí lo que quería decir.

—Mi padre creyó que podía arreglarlo hablando con Evaristo.

—Tu padre creyó que sabía mejor que Samu de quién tenía que tener miedo.

La frase me dolió porque era cierta. Durante años había pensado en mi padre como el adulto sensato de mi infancia, el que solucionaba averías, hablaba con los profesores y sabía a quién llamar cuando algo se complicaba.

De pronto, aquella misma seguridad aparecía bajo otra luz: no como maldad, sino como una arrogancia capaz de decidir por un niño que ya había dicho claramente que no quería volver con su padre.

Saqué una copia del plano de carreteras y señalé el recorrido que Julián acababa de admitir.

Teresa había confiado en él a las 20:28.

El Renault habría llegado al antiguo taller pocos minutos después.

Desde allí, en vez de seguir hacia Infiesto, tomó la carretera secundaria que llevaba a La Granda.

La fotografía de Tomás, alrededor de las 20:50, encajaba sin forzar horarios.

—¿Y después? —preguntó Beatriz.

—Dice que Samu salió corriendo y que Evaristo fue detrás. Afirma que perdió de vista a los dos y que luego encontró a tu padre solo.

—¿Y se volvió a casa?

—No me ha dicho qué hizo.

Beatriz dejó la taza en el suelo.

—Mi padre regresó con polvo blanco y sin la cazadora. El tuyo volvió a casa de Teresa a las diez y cinco. Entre una cosa y otra hay tiempo de sobra para demasiadas cosas.

Nos quedamos mirando el plano. Yo había pasado media vida creyendo que mi recuerdo más importante de aquella noche era un niño alejándose hacia el bosque. Ahora sabía que la escena decisiva había ocurrido en una dirección completamente distinta, en un lugar al que mi memoria nunca me había llevado.

—Quiero ir allí —dijo Beatriz.

—Irene nos ha prohibido entrar.

—No he dicho entrar. Quiero ver el camino desde fuera. Saber qué veía Samu cuando abrió la puerta.

Acepté al día siguiente, con una condición: solo llegaríamos hasta el punto público donde empezaba el antiguo acceso y no cruzaríamos ninguna valla ni señal de peligro.

Fede se ofreció a conducir porque conocía mejor las carreteras rurales y porque, después de todo lo que había ocurrido, yo desconfiaba de mi capacidad para mirar una curva sin convertirla en una prueba.

La Granda apareció entre los árboles como una herida vieja en la ladera.

Desde la carretera apenas se distinguía más que una extensión de roca clara y vegetación creciendo sobre taludes artificiales.

Aparcamos donde terminaba el asfalto y seguimos a pie hasta una barrera oxidada.

Más allá, el camino de servicio descendía hacia el antiguo cargadero.

No había nada siniestro en el paisaje. El sol de septiembre iluminaba la piedra, se oían pájaros y, a lo lejos, el motor de un tractor. Precisamente por eso me costó imaginar la noche de 1996 sin añadirle una oscuridad que quizá no tuvo. Fede señaló una curva.

—Desde ahí se llega al lateral del cargadero. D3 queda detrás, pero no se ve desde aquí.

Beatriz no apartaba la vista del camino.

—Samu conocía la cantera —dijo—. Mi padre lo había traído alguna vez de pequeño. Le daba miedo el borde del cargadero porque no tenía barandilla.

Aquella información me dejó inmóvil.

—¿Se lo has dicho a Irene?

—Se lo diré ahora.

Sacó el teléfono. Yo miré de nuevo la cantera y comprendí que, si Samu había corrido en la oscuridad, probablemente no lo había hecho a ciegas. Tal vez sabía exactamente de qué quería alejarse y, al mismo tiempo, conocía demasiado bien el lugar hacia el que estaba corriendo.