La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Álvaro Llaneza aceptó verme otra vez cuando le conté lo que había aparecido en el casete.

Esta vez quedamos en su casa. Conservaba varias cajas con papeles personales de su época en la Guardia Civil, una costumbre que admitió con cierta vergüenza porque entre ellos había copias de notas que probablemente nunca debieron salir del cuartel.

—Cuando me jubilé encontré esto mezclado con agendas y cursos —explicó—. Tendría que haberlo destruido o entregado, pero ya habían pasado muchos años y lo fui dejando.

Debajo, dos días más tarde, había otra anotación: «T. Arce viene. Quiere hablar sin familia. Dice error con niño. Se pone nerviosa y se va. Llamar.»

—¿La llamasteis? —pregunté.

—Sí. Dijo que no tenía nada nuevo y que se había dejado llevar por los nervios.

—¿Por qué no insististeis?

Álvaro se pasó una mano por el pelo, ya casi blanco.

—Porque estábamos en una desaparición abierta, recibíamos avisos todos los días y Teresa parecía una mujer culpándose por no haber hecho más.

Ahora leo «error con niño» y me parece enorme.

Entonces podía significar que había visto algo, que se reprochaba haberlo dejado marchar o que discutía con tu madre.

Una investigación también está llena de cosas cuyo significado solo aparece cuando ya sabes el final.

La explicación no sonaba a excusa, aunque tampoco borraba el error.

—¿Mi padre supo que Teresa había ido al cuartel?

—No recuerdo decírselo. Pero Fontenosa era pequeño. La gente veía quién entraba y salía.

Le pregunté por la precisión horaria de mi segunda declaración.

Álvaro recordó que mi madre estaba convencida de que yo había vuelto a casa poco después de las ocho y que Julián apoyó esa referencia.

La Guardia Civil intentaba acotar tiempos y, según reconoció, pudo tratar aquella hora familiar como un ancla más sólida de lo que realmente era.

—Teníamos una niña cansada, unos padres insistiendo en una franja y una desaparición que necesitábamos situar —dijo—. No hizo falta que nadie se sentara pensando «vamos a fabricar un recuerdo». A veces basta con preguntar mal muchas veces.

Aquella frase encajaba demasiado bien con la cinta. Álvaro sacó después un mapa de las batidas. El Robledal estaba cubierto de cuadrículas, flechas y anotaciones. La zona de La Granda tenía solo una línea gruesa junto al acceso y dos marcas en la explanada exterior.

—¿Esto fue todo lo que se revisó?

—La parte accesible, sí. Se miró el cargadero exterior y los caminos. Había zonas cerradas por desprendimientos. Sin un motivo concreto no se iba a meter a gente en galerías o drenajes peligrosos, y vuestra principal línea situaba al chico en la dirección contraria.

—¿Había drenajes?

—Varios. Canales de agua y pasos de servicio. Algunos estaban cegados desde que la cantera empezó a cerrar.

—¿Se comprobaron?

—Los que estaban abiertos o podían inspeccionarse sin riesgo.

—¿Y los cerrados?

Álvaro negó con la cabeza.

—No había ninguna razón entonces para pensar que Samu estuviera dentro de uno.

Miré el mapa. Durante treinta años me había atormentado la idea de que mi declaración hubiera enviado la búsqueda al lugar equivocado.

Ahora entendía que había influido, pero no había sido una fuerza mágica.

Los adultos habían dado peso a una segunda declaración más precisa que la primera, habían aceptado horarios propuestos por mis padres y habían dejado pasar las dudas de Teresa.

Era una suma de decisiones, no una frase pronunciada por una niña.

Fotografié el mapa con permiso de Irene, que ya sabía de la libreta.

Al salir de casa de Álvaro pensé en los drenajes cerrados.

La palabra no demostraba nada, pero por primera vez ofrecía una explicación concreta de cómo un lugar revisado en 1996 podía haber conservado algo fuera del alcance de quienes buscaron.

* * *

Irene pidió oficialmente los planos antiguos de La Granda al ayuntamiento. Marta me llamó antes de saber que yo ya estaba al corriente y habló con la excitación contenida de quien llevaba días removiendo archivadores hasta encontrar algo que parecía perdido.

—Han aparecido —dijo—. Y son bastante más detallados que las copias del expediente de cierre.

No me permitió verlos hasta que la Guardia Civil autorizara una reproducción, lo cual me pareció sensato. Dos días después Irene me citó. Extendió sobre una mesa un plano de explotación de 1989 y colocó encima una hoja transparente para poder señalar sin marcar el original.

La cantera tenía tres sistemas principales de drenaje, identificados como D1, D2 y D3.

D1 desembocaba cerca del acceso principal.

D2 pasaba bajo el antiguo cargadero y era visible desde parte de la explanada.

D3 recorría un lateral menos accesible y había quedado parcialmente clausurado después de un desprendimiento en 1994.

—¿Se revisó D3 en 1996? —pregunté.

—Según el expediente de búsqueda, no se accedió al interior. La boca principal aparecía como cegada y la zona tenía riesgo de desprendimiento. Sin indicios concretos, nadie autorizó una entrada.

—Vicente dijo que vio luces cerca del cargadero.

—Sí, pero no pudo precisar en qué parte. Y recuerde que ese testimonio perdió peso entonces por las circunstancias en que estaba allí.

Vicente había estado cazando donde no debía. En 1996, su miedo a una sanción había debilitado una observación que ahora resultaba mucho más interesante.

Pregunté si Teresa tenía aquellos planos. Irene sacó la copia encontrada en la carpeta GRANDA. Estaba incompleta: incluía D1 y parte de D2, pero faltaba precisamente la hoja lateral donde aparecía D3.

—Así que pudo pasar años buscando sin conocer este ramal.

—Pudo. También pudo conseguir otra información por trabajadores antiguos. No lo sabemos todavía.

Irene señaló un camino de servicio que salía del acceso principal, bordeaba el cargadero y descendía hacia la zona lateral. En el plano, D3 terminaba en un cauce de drenaje.

—No quiero que vaya aquí sola —dijo.

—No pensaba hacerlo.

—Ni con Beatriz. Ni con Fede. La cantera lleva décadas abandonada y estos planos no describen su estado actual.

—Lo he entendido.

—Se lo digo porque hay personas que oyen «acceso peligroso» y creen que un casco de obra convierte la idea en razonable.

Sonreí pese a todo. La Guardia Civil prepararía primero una inspección técnica del exterior.

No era todavía una búsqueda de restos; necesitaban comprobar accesos, estabilidad y si existía alguna entrada practicable.

La diferencia me frustró, pero también entendí que llevábamos semanas aprendiendo a no saltarnos etapas solo porque una hipótesis nos parecía convincente.

Antes de marcharme medí sobre el plano la distancia entre el punto aproximado desde el que Tomás tomó la fotografía y la zona de D3. Irene había hecho el mismo cálculo: menos de doscientos metros.

—Eso acerca el coche al drenaje —dije.

—Geográficamente, sí. No demuestra qué hizo allí ni quién iba dentro.

Asentí. Guardé mi copia y salí con una sensación distinta a la que había tenido frente a El Robledal.

Allí todo dependía de un recuerdo cada vez menos fiable.

D3, en cambio, era un lugar físico que había quedado fuera de la búsqueda de 1996 por razones documentadas y que se encontraba muy cerca del punto donde un Renault compatible con el de mi padre había sido fotografiado aquella noche.

Seguía siendo una hipótesis, aunque ahora, al menos, podía situarse en un punto concreto del plano.