La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Irene me dejó leer las dos declaraciones completas el lunes, esta vez sin prisa y con una copia de la transcripción del casete al lado. No necesitaba ser perito para ver cómo se había construido la segunda versión.

En la segunda, a media mañana del día siguiente, todo era más limpio.

El camino era El Robledal. El color era un jersey rojo con franja azul.

La hora estaba acotada. Samu me había dicho que iba a dar una vuelta y se había internado hacia el norte.

Marqué con lápiz las expresiones coincidentes con el audio de Ana.

—No hay una sola frase donde yo diga «me acuerdo mejor» —comenté.

—Las actas no reproducen cada pregunta y respuesta —explicó Irene—. Son una síntesis. Eso también hay que tenerlo en cuenta.

—Pero alguien tuvo que aportar la hora.

—Su madre indicó que usted volvió a casa aproximadamente a las ocho y diez y que el encuentro habría sido poco antes.

—¿Teresa confirmó eso?

—No. Teresa dijo que no podía fijar a qué hora salió usted y que la tormenta empezó después.

—¿Y nadie vio el problema?

Irene señaló una anotación al margen. Un agente había escrito: «T. Arce confusa / muy afectada». La autoridad de Teresa se redujo a tres palabras.

—Ella ya estaba ocultando que Samu había estado en casa —dije—. Tampoco era una testigo limpia.

—Exacto.

La respuesta me sorprendió porque no defendía a Teresa por ser la persona que había intentado proteger al niño. Cada adulto de aquella noche tenía una parte distinta de la verdad y una razón para deformarla.

En el expediente constaba que mi padre acudió al puesto de la Guardia Civil durante la madrugada y se incorporó después a una batida, sin decir que había transportado a Samu; Evaristo tampoco contó lo que sabía.

Mi madre firmó mi declaración, Teresa guardó silencio sobre el cuarto y Pilar ocultó por miedo la violencia de su marido.

Cuanto más lo veía reunido, menos se parecía a una conspiración perfectamente coordinada y más a varias cobardías independientes que, al encajar unas con otras, construyeron una mentira mucho más resistente que cualquiera de ellas por separado.

—¿Qué pasa ahora con mi padre? —pregunté.

—Se siguen tomando declaraciones. La fotografía, el cuaderno y el audio permiten reconstruir hechos que no constaban. Falta lo principal.

—Samu.

Irene asintió. Al salir, fotografié mis propias manos sosteniendo la copia de la declaración.

No sé por qué lo hice. Tal vez necesitaba una prueba banal de que, treinta años después, yo podía leer lo que aquella niña firmó sin volver a convertirme en ella.

Esa noche llamé a Nuria y le di las gracias por recordar la discusión sin convertirla en una certeza perfecta.

—¿Te sirve de algo? —preguntó.

—Sí. Sobre todo que no intentes rellenar lo que no sabes.

—Con cuarenta y dos años una aprende que inventarse seguridad sale caro.

Después de colgar pensé en mi padre. A los cuarenta y uno, él había hecho exactamente lo contrario.

* * *

La imagen de Samu en el Renault no se volvió más clara.

Eso terminó por tranquilizarme. Durante varios días había temido que, si insistía lo suficiente, mi cabeza reconstruiría una película completa: Teresa hablando en la puerta, Samu caminando hacia el coche, mi padre abriendo el maletero o cualquier otro detalle capaz de encajar con lo que ahora sabía.

No ocurrió. Conservaba un destello desde la ventana, una posición espacial y una sensación de humedad en el aire.

Nada más. La ausencia de detalles empezó a parecerme más honesta que una memoria perfecta nacida justo cuando la necesitaba.

Decidí comprobar únicamente lo que la casa pudiera sostener.

Fede me ayudó a desmontar con cuidado el marco interior del antiguo ropero, una vez que la Guardia Civil lo autorizó.

Detrás apareció una línea de lápiz a la altura de un niño y, junto a ella, las iniciales S.N.

Más abajo había otra marca con «L. 96». La madera estaba envejecida de manera uniforme; nadie podía fecharla a simple vista, pero Beatriz reconoció la costumbre en cuanto vino aquella tarde.

—Samu se medía en todas partes —dijo—. En casa de mi abuela había una pared llena de rayas. Ponía iniciales y a veces el año.

—Entonces pudo estar aquí antes del diecisiete.

—Seguro que estuvo otras veces. Teresa le daba libros y alguna merienda. Lo importante sigue siendo saber cuánto tiempo estuvo aquí aquel día.

Encontramos también una pequeña hendidura en el alféizar del rellano, como si alguien hubiera golpeado la madera con una punta. Fede me vio examinarla y levantó una ceja.

—Puede ser de un mueble, una llave, una obra de hace veinte años o un niño aburrido —dijo.

—Gracias por impedir que convierta cada arañazo en un mensaje.

—Cobro por metro cuadrado y por mantenerte razonable.

La broma alivió algo que empezaba a pesar demasiado.

Me di cuenta de que la casa podía convertirse fácilmente en una trampa distinta: después de descubrir un cuarto oculto, una empieza a esperar que todos los objetos escondan significado.

Sin embargo, la mayoría de las marcas de una vivienda no cuentan historias extraordinarias; solo son desgaste.

Beatriz se acercó a la ventana del rellano. Desde allí se veía el espacio donde en 1996 se aparcaban los coches junto al muro. Recorrió con la mirada la distancia hasta la antigua puerta del ropero.

—Si estabas aquí cuando salió —dijo—, podías ver el Renault.

—Sí.

—Y quizá viste a Samu subir.

—Quizá.

—¿Lo recuerdas?

Me coloqué a su lado. Cerré los ojos un momento y apareció de nuevo aquella imagen vaga: verde oscuro, una figura pequeña, lluvia o tal vez solo el cristal sucio. Abrí los ojos antes de que mi cabeza empezara a completar el resto.

—Recuerdo algo que podría corresponder a eso. No puedo decirte si lo vi entonces, si lo recordé después o si lo he construido con todo lo que sé ahora.

Beatriz asintió.

—Me vale.

—¿Que no lo sepa?

—Sí. Estoy cansada de personas que después de treinta años están segurísimas de todo.

Nos quedamos junto a la ventana. La casa crujió en algún punto del tejado y pasó un coche por la carretera.

Pensé que, durante mucho tiempo, había entendido recuperar la memoria como encontrar una grabación escondida dentro de la cabeza.

Ahora sabía que no funcionaba así. Algunas escenas podían volver solo en fragmentos y otras quizá nunca regresarían de forma fiable.

Para encontrar a Samu no necesitábamos que mi memoria se volviera perfecta. Necesitábamos aceptar sus límites y apoyarnos en aquello que existía fuera de mí: horarios, fotografías, testimonios, documentos y decisiones que los adultos habían dejado registradas sin darse cuenta.