La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Salí del estudio con una copia del audio sellada por la Guardia Civil y otra versión que Irene me dijo que no podría llevarme hasta que quedara incorporada formalmente al expediente. No me importó. Las voces ya estaban dentro de mi cabeza.

«Piensa. Lo viste cerca del bosque.»

Mi madre no había inventado necesariamente toda la historia.

Podía creer de verdad que me ayudaba a ordenar una tarde confusa.

Podía haber escuchado a Julián, a Teresa o a cualquier otro adulto y tratar de protegerme de la presión policial.

Lo que el audio demostraba era más sencillo y más devastador: antes de mi segunda declaración, alguien me había proporcionado el lugar, el color del jersey y una interpretación de lo que yo debía haber visto.

Conduje hasta mi piso y dejé el coche en el garaje. No quería ir a Fontenosa. Tampoco quería ver a mi padre. Subí, me quité los zapatos y abrí la caja de mi madre sobre la mesa del salón.

Durante ocho años había conservado aquellas cosas porque me parecía cruel decidir qué se tiraba.

Ahora las miraba como si fueran documentos de una persona a la que conocía y no conocía a la vez.

Había una tarjeta que me escribió por mi trigésimo cumpleaños, una fotografía en la playa, el recibo de una librería, un pañuelo que todavía conservaba un olor tenue a su perfume.

Ninguno de esos objetos perdía su significado porque Ana hubiera hecho algo terrible.

Esa era precisamente la dificultad. Me senté en el suelo y lloré por primera vez desde que abrimos el tabique.

No fue un llanto limpio. Me enfadé conmigo misma por llorar por mi madre cuando el niño desaparecido era Samu.

Después me enfadé con ella por haber muerto sin dejarme preguntarle.

Luego recordé una noche de fiebre, yo con ocho años, y su mano fría en mi frente.

Los recuerdos se mezclaron sin pedir permiso, como si mi cerebro se negara a reorganizar treinta años en categorías cómodas de culpables y víctimas.

Eva llegó una hora después porque le había enviado un mensaje absurdo: «¿Puedes venir?». No preguntó por qué hasta sentarse conmigo en el suelo. Le conté la grabación.

—¿Y qué crees que significa? —preguntó.

—Que mi madre me hizo decir que vi a Samu en el bosque.

—Eso significa la conversación. No sabes todavía por qué.

—¿Qué razón buena puede haber?

—No he dicho buena.

Me limpié la cara.

—Mi padre había vuelto sin el niño. Mamá sabía que Teresa se lo había entregado. Si yo decía que había visto a Samu después, sacaba a Julián de la cronología.

Eva permaneció callada.

—Es la explicación más lógica —añadí.

—Es una explicación lógica. Todavía no sabes si tu madre conocía toda la historia cuando te preguntó.

La odié unos segundos por introducir matices, y precisamente por eso sabía que tenía razón.

Al día siguiente volví al cuartel para leer la segunda declaración junto a la transcripción provisional del audio.

La coincidencia era demasiado clara. «Jersey rojo con franja azul.

» «Dijo que iba a dar una vuelta.» «Dirección al bosque.

» Casi cada detalle que aparecía en el papel había sido sugerido en la conversación grabada.

—¿Esto invalida mi declaración? —pregunté.

Irene apoyó las manos sobre la mesa.

—No me corresponde dar una conclusión jurídica. Como elemento de reconstrucción, reduce mucho su fiabilidad. Especialmente porque el cuaderno de Teresa sitúa a Samuel en la casa hasta después de las ocho.

—Entonces la búsqueda se hizo en el lugar equivocado por mi culpa.

—No.

La respuesta fue tan firme que levanté la vista.

—Yo lo señalé.

—Usted tenía doce años. Una investigación no debería depender de una sola testigo infantil sin contrastar. Además, se buscaron otras zonas.

—Pero El Robledal era el punto de partida.

—Sí.

—Y yo lo puse allí.

—Puso allí lo que creía recordar después de que varios adultos hablaran con usted. No convierta ahora una responsabilidad adulta en otra historia falsa donde una niña de doce años dirigió una búsqueda.

No me absolvió. Colocó la culpa donde correspondía mejor. Le pregunté por el último fragmento, la voz de Teresa diciendo «Te dije directo, Julián».

—¿Mi padre admite que hablaba con ella?

—Admite que Teresa lo llamó cuando volvió y que discutieron.

—¿Admite que le preguntó dónde dejó a Samu?

—Dice que sí.

—¿Y sigue afirmando que escapó en El Robledal?

—Irene no respondió de inmediato.

—Mantiene que el menor salió del vehículo por su propia voluntad y que después no logró localizarlo.

—¿En El Robledal?

—Su versión sobre el lugar está siendo aclarada.

La frase era nueva. No «mantiene El Robledal». «Está siendo aclarada.»

—La fotografía lo sitúa en La Granda.

—Sitúa su coche, probablemente.

—Y Vicente vio dos hombres delante al salir.

—Eso es un recuerdo no verificable con precisión.

—¿Crees que Samu murió allí?

Irene cerró la carpeta.

—Creo que tenemos razones para revisar esa zona con más atención que en 1996. No es lo mismo.

Al salir llamé a mi padre. Esta vez contestó.

—He escuchado la cinta —dije.

No preguntó cuál.

—Lucía...

—Mamá me enseñó a recordar el bosque.

—Tu madre intentaba ayudarte.

—¿A ayudarte a ti?

—No sabía qué había pasado. Yo le dije que Samu se había escapado.

—¿Eso es lo que creyó hasta que murió?

Mi padre guardó silencio.

—Papá.

—No.

Una palabra, nada más.

—¿Cuándo supo la verdad?

—No por teléfono.

—Siempre hay un lugar donde no quieres hablar. El teléfono, la casa, delante de Irene. Empiezo a pensar que el problema no es el lugar.

Colgué. Aquella noche, en lugar de volver a escuchar la cinta, abrí mi libreta y taché la primera columna que había escrito días atrás: «LO QUE RECUERDO».

No porque esos recuerdos fueran falsos en bloque, sino porque ya no podía tratarlos como hechos.

En una página nueva escribí: «Lo que puedo demostrar. » Y empecé otra vez.

* * *

Volví a Fontenosa el viernes por la mañana. No había nadie en la casa y agradecí que fuera así. Necesitaba recorrerla sin preguntas, como recorrería un piso antes de una reforma, buscando relaciones entre espacios en vez de recuerdos.

Empecé en el antiguo cuarto. Me coloqué donde habría estado la puerta original antes de que Teresa la tapiara y miré hacia el dormitorio.

Desde allí se veía el pasillo, pero no la escalera completa.

Salí, caminé hasta la ventana del rellano y miré la pista.

La verja quedaba a unos treinta metros. Un coche aparcado delante se distinguía con claridad incluso bajo la lluvia.

Medí el trayecto hasta la cocina, el tiempo que se tardaba en bajar, el ángulo desde el que una niña podía ver sin ser vista. Era un ejercicio inútil desde el punto de vista policial y, sin embargo, me ayudaba a separar una cosa de otra.

La imagen del Renault regresó sin esfuerzo: verde oscuro, lluvia en el cristal, una silueta pequeña atrás.

No intenté ampliar la escena. En vez de preguntarme «¿qué pasó después?

», anoté lo único que podía decir con honestidad: «Tengo una imagen mental de Samu en el asiento trasero.

No sé si es recuerdo propio o reconstrucción posterior.

» Esa frase me dio más tranquilidad que cualquier certeza.

Beatriz me había llamado poco antes de salir de Oviedo.

Irene le permitió escuchar el fragmento infantil de la cinta y ella reconoció la voz de Samu con una seguridad que, aun así, no podía convertirse por sí sola en una prueba técnica.

Lo importante para mí fue otra cosa: recordaba que su hermano repetía «no mires» cuando estaba dibujando, montando algo o preparando uno de sus juegos.

No podíamos demostrar quién sostuvo el lápiz en la pared del ropero, pero aquellas palabras dejaron de parecer una advertencia relacionada con la desaparición.

Probablemente pertenecían a una tarde anterior, a uno de esos juegos que mi memoria había borrado junto con casi todo lo demás.

El cuarto seguía siendo importante por lo que ocurrió allí el día 17; la frase, en cambio, había sobrevivido por una razón mucho más ordinaria.

Fede apareció a media mañana para revisar el canalón de verdad. Cuando terminó, se sentó conmigo en el porche con dos cafés de máquina.

—Nuria me ha dicho lo de la cinta —comentó.

—Fontenosa funciona rápido.

—Oviedo también, cuando Nuria tiene tu teléfono.

Le conté solo lo esencial.

—¿Tú recuerdas mi declaración? —pregunté.

—No. Recuerdo que los adultos no nos dejaban hablar contigo de Samu durante unos días.

—¿Mi madre?

—Tu madre y Teresa discutían. Tu padre estaba casi siempre fuera buscando.

—¿Y yo?

—Tú preguntabas dónde estaba el coche.

Me giré hacia él.

—¿Qué coche?

—El de tu padre. Me acordé anoche. No sé si tiene importancia.

—¿Qué decía exactamente?

Fede negó con la cabeza.

—Exactamente, ni idea. Algo como «¿ya ha vuelto el coche de papá?». Estábamos en la cocina y mirabas por la ventana cada poco.

—¿Viste a Samu subir?

—No.

—¿Viste salir a mi padre?

—Tampoco.

—¿Quién estaba en casa?

—Teresa, tú, yo durante un rato, Nuria quizá. Entrábamos y salíamos. Recuerdo la tormenta después.

No añadí nada a mi memoria. Lo anoté como recuerdo de Fede, con su fecha actual.

—¿Quieres una opinión que no has pedido? —dijo.

—No, pero no te va a detener.

—No intentes convertirte en la niña de doce años para resolverlo. Tú no puedes volver allí. Lo que puedes hacer es mirar lo que quedó.

Levanté el café.

—Muy profundo para un hombre que hace tres días llamaba «mi canalón imaginario» a una excusa.

—Cobro por hora. La filosofía va incluida.

Nos reímos. Después Fede volvió al trabajo y yo entré en la casa.

En el escritorio de Teresa encontré una fotografía de 1997 que no había visto.

Aparecíamos mi padre, mi madre y yo en una comida familiar.

Julián tenía una mano sobre mi hombro; Ana sonreía a la cámara.

Nada en la imagen revelaba que unos meses antes hubieran estado decidiendo qué debía recordar su hija sobre un niño desaparecido. La guardé otra vez.

Comprendí entonces que la verdad no iba a convertir mis recuerdos familiares en una mentira completa.

Mis padres me habían querido. Mi madre podía haberme cuidado con ternura y, al mismo tiempo, haber participado en algo que dañó a otra familia durante treinta años.

Mi padre podía haber intentado ayudar a Samu durante unos minutos y tomar después decisiones cobardes o peores.

Esa mezcla era más difícil de soportar que un villano claro.

Y probablemente se parecía más a lo que había ocurrido.