La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Irene tardó tres días en llamar. Yo estaba clasificando ropa de Teresa para donar cuando vi su nombre en la pantalla.

—¿Hasta qué punto es concluyente?

—No identifica el coche de forma exclusiva. No voy a darle un porcentaje que no existe.

—Pero ya lo habéis citado.

—Sí.

Le dije que quería hablar con él antes. Irene no me animó ni me lo prohibió; se limitó a recordarme que no intentara obtener una confesión por mi cuenta.

A esas alturas, sin embargo, ya no quería arrancarle nada.

Quería comprobar cuántas veces podía cambiar una historia antes de admitir que llevaba años sabiendo dónde estaban sus partes débiles.

Le envié la fotografía. Mi padre llegó a Fontenosa esa misma tarde. Entró en la cocina, dejó la chaqueta sobre una silla y miró la copia impresa durante varios segundos.

—Estuve allí —dijo.

No hizo falta preguntarle si reconocía el coche.

—Hace una semana no lo recordabas.

—He estado intentando ordenar aquella noche.

—Qué oportuno.

—Lucía, no conviertas cada cosa que digo en una trampa.

—No necesito hacerlo. Las trampas las has puesto tú cambiando de versión.

Se sentó. Yo permanecí de pie al otro lado de la mesa.

—Fui a La Granda porque estaba buscando a Samu —dijo—. Después de que saliera del coche.

—La cantera está en la dirección contraria al bosque.

—Busqué por varios sitios.

—¿Solo?

Mi padre tardó un instante.

—Parte del tiempo.

—Vicente dijo que vio dos personas delante cuando el Renault salió.

—Vicente estaba lejos. No podía distinguir a nadie.

—No te he preguntado si podía distinguirte. Te he preguntado si ibas solo.

Julián apartó la fotografía.

—Evaristo subió conmigo un rato.

La admisión llegó en un tono tan bajo que, durante un segundo, pensé que había oído mal.

—¿Cuándo?

—Después de que Samu se fuera.

—¿Lo recogiste en el taller?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque era su padre y su hijo había desaparecido.

—¿Le dijiste que Samu había estado en casa de Teresa?

No respondió. Sentí que el silencio ya contenía la respuesta.

—Papá.

—Sí.

Me apoyé en la mesa. Teresa había ocultado al niño cuando Evaristo fue a buscarlo; había esperado hasta que creyó tener un adulto de confianza para llevarlo a un lugar seguro. Mi padre acababa de admitir que, en algún momento de aquella misma noche, informó a Evaristo de dónde había estado Samu.

—Rompiste exactamente lo que Teresa intentó hacer.

—Yo no sabía todo lo que sé ahora.

—Pilar dice que Teresa te contó que le pegaba.

—Dijo que el niño tenía miedo y que había habido problemas en casa. Evaristo era brusco, sí, pero nadie hablaba entonces de estas cosas como ahora.

—Samu sí habló. Dijo que no quería volver.

Mi padre se levantó.

—Yo no lo devolví.

—Entonces, ¿qué hiciste?

—Lo perdí.

—¿En El Robledal o en La Granda?

La pregunta lo detuvo. Durante un segundo vi algo en su cara que no era enfado, sino miedo.

—Ya he hablado con la Guardia Civil.

—Eso no es una respuesta.

Cogió la chaqueta y caminó hasta la puerta.

—No, Lucía. Es el límite de lo que puedo decirte hoy.

Lo vi marcharse. La fotografía todavía no demostraba qué le ocurrió a Samu ni quién iba sentado en el Renault. Pero había obligado a mi padre a reconocer dos hechos nuevos: estuvo en La Granda y Evaristo viajó con él aquella noche.

Hasta entonces yo había intentado comprender por qué Julián ocultó que se llevó a Samu. Desde ese momento empecé a sospechar que la pregunta más importante era otra: en qué momento dejó de intentar ayudar al niño y empezó a proteger a los adultos.

* * *

La cinta tardó seis días más en volver, aunque en realidad no volvió: Irene me citó en un pequeño estudio de sonido de Oviedo donde un técnico había conseguido digitalizarla y prefirió que la escucháramos allí.

Durante esos seis días hice un esfuerzo deliberado por no llamar a mi padre.

Él tampoco me llamó. Nuestra relación quedó suspendida en una especie de tregua que no tenía nada de pacífica, pero al menos me permitió trabajar, dormir dos noches seguidas en mi piso y terminar la propuesta de la clínica sin mirar el móvil cada cinco minutos.

El estudio de sonido ocupaba la parte trasera de un local cerca de la estación.

El técnico se llamaba Marcos y debía de tener poco más de treinta años.

Había desmontado la carcasa del casete para limpiar la cinta, sustituido una almohadilla de presión deteriorada y reproducido el contenido a velocidad controlada.

Me lo explicó con cuidado, quizá porque había entendido que para mí cada segundo de aquella grabación podía ser algo más que sonido antiguo.

—Hay unos cuarenta y tres minutos aprovechables —dijo—. El resto está en blanco o muy dañado. No es una grabación continua. Parece que alguien usó la cinta varias veces, grabando encima de partes anteriores.

—¿Se puede saber cuándo se hizo cada fragmento?

—Por la cinta, no. Por el contenido, quizá. Hay referencias a días, música, una tormenta. Eso ya es trabajo vuestro.

Irene estaba sentada a mi lado con una libreta. Antes de empezar me recordó algo que yo ya sabía y que, aun así, necesitaba oír.

—No intente reconocer una frase antes de escucharla. Si no entiende una palabra, dígalo. Tendremos una transcripción independiente del técnico.

Asentí. Marcos pulsó la reproducción. Lo primero que salió por los altavoces fue una canción cortada a mitad de estribillo, demasiado breve para identificarla.

Después se oyó una voz infantil exageradamente grave anunciando «Radio Fontenosa, la mejor radio del mundo».

Me llevé una mano a la boca antes de poder evitarlo.

—Soy yo.

Reconocía mi forma de arrastrar algunas eses de niña y, sobre todo, una risa nerviosa que mi madre decía que me salía cuando intentaba hacerme la graciosa.

Otra voz infantil respondió desde más lejos.

Nuria, casi con seguridad. Hablábamos de una canción, de una bici y de que Teresa nos iba a matar si tocábamos «eso».

Entre las risas se coló una tercera voz, la de un niño, algo apartada del micrófono: «Lucía, no mires todavía, que no he terminado».

Mi propia voz protestó y alguien se rio.

Pedí a Marcos que retrocediera unos segundos.

Volvimos a escucharlo, pero yo no me atreví a ponerle un nombre al niño.

Irene marcó el fragmento para que Beatriz pudiera oírlo después.

Durante varios minutos no ocurrió nada más que pudiera relacionarse con la desaparición: niños jugando con un radiocasete, acercándose y alejándose del micrófono y grabando encima de la radio.

Luego cambió el sonido. Hubo un clic, pasos, una puerta. La voz de Teresa se oyó con claridad.

—Lucía, deja eso y ven a cenar.

Respondí algo ininteligible y Teresa repitió mi nombre desde más lejos; unos segundos después, justo cuando parecía acercarse al aparato, el audio se cortó.

—Ese fragmento podría ser del dieciséis —dije—. Hay una foto de Samu y de mí en la cocina ese día.

Irene hizo una señal para que continuáramos sin interpretar.

El siguiente segmento empezó con lluvia.

No una lluvia ligera, sino golpes fuertes contra un cristal y el ruido grave de un trueno.

Una voz masculina hablaba en otra habitación.

Me tensé porque durante unos segundos pensé que era mi padre, pero cuando el hombre se acercó al aparato reconocí a Fede adolescente por una palabra mal pronunciada y me entró una risa inesperada.

—¿Qué? —preguntó Irene.

—Nada. Creía que era otra persona.

Marcos marcó el tiempo y seguimos. A los veintisiete minutos apareció una conversación distinta. El nivel era bajo y había un zumbido de fondo. Se oyó a mi madre decir mi nombre. La respiración se me aceleró antes de entender las palabras.

—Lucía, mírame. Te estoy preguntando solo lo que viste.

Mi voz infantil respondió algo que no comprendí. Marcos subió un poco el volumen sin alterar el archivo.

—...en casa.

Mi madre habló de nuevo.

—Ya sé que estabas en casa de tía Teresa. Antes. Cuando saliste con los chicos. ¿A quién viste en el camino?

Silencio.

—A Samu.

No recordaba la conversación, pero reconocí mi voz como reconocería una fotografía de mi propia cara. Ana siguió hablando despacio.

—Eso es. ¿Y llevaba el jersey rojo?

—No sé.

—El rojo con la raya azul. El que llevaba por la tarde.

—No sé.

—Piensa. Lo viste cerca del bosque.

Hubo un ruido, quizá una silla moviéndose. Después mi voz, más baja:

—Estaba aquí.

Mi madre tardó en contestar.

—Había estado aquí otros días. Hoy lo viste fuera.

—No.

—Lucía...

—Papá se lo...

El audio se deformó en un chirrido. Un golpe tapó las siguientes palabras y el fragmento terminó abruptamente. Nadie habló durante varios segundos.

—Ponlo otra vez —dije.

Irene me miró.

—Podemos hacer una pausa.

—No. Ponlo otra vez.

Marcos retrocedió unos segundos y reprodujo el final.

«Papá se lo...»

No había más. Podía ser «se lo llevó». Podía ser «se lo dijo». Podía ser cualquier frase que empezara de ese modo. Mi cabeza completaba justo las palabras que ahora esperaba encontrar.

—No sabemos cómo termina —dijo Irene, como si me hubiera leído el pensamiento.

—Pero mi madre me está diciendo lo que tengo que recordar.

—Está haciendo preguntas dirigidas. Eso sí se oye.

—Me dice el color del jersey. Me dice el lugar.

—Sí.

La neutralidad de su respuesta hizo que me entraran ganas de llorar.

No lloré. Seguimos escuchando. En el fragmento siguiente se oía a Teresa discutiendo con alguien, pero la voz de la otra persona quedaba demasiado lejos.

Teresa decía: «No puedes seguir preguntándole hasta que diga lo que quieres».

Luego: «Ya está bastante asustada». Una voz femenina, probablemente mi madre, respondió algo que no se entendía. Teresa elevó el tono.

—Si no lo vio allí, no lo vio allí.

El fragmento terminaba con un portazo. Nuria había recordado aquella discusión con una precisión razonable después de treinta años.

Me incliné hacia delante y apoyé los codos en las rodillas.

El estudio parecía demasiado pequeño, lleno de espuma acústica y cables.

En los altavoces había sonado la voz de mi madre ocho años después de su muerte, no diciendo algo cariñoso ni doméstico, sino guiándome hacia un recuerdo que yo había repetido durante toda la vida.

—¿Hay más? —pregunté.

Marcos asintió.

—Unos nueve minutos.

No estaba segura de querer escucharlos. Irene dejó la decisión en mis manos.

—Seguimos —dije.

Lo que quedaba era, en apariencia, menos importante: una grabación de televisión, voces de niños, Teresa hablando por teléfono sin que se oyera al interlocutor. Pero en los últimos cuarenta segundos apareció una frase que hizo que Irene levantara la cabeza. Teresa decía:

—No me digas que se bajó. Lo llevabas tú. Te dije directo, Julián.

La respuesta masculina era demasiado baja para entenderla. Teresa continuó:

—¿Dónde lo dejaste?

Después la cinta se acabó. Esta vez nadie necesitó completar ninguna palabra.