CAPÍTULO 28
Encontré la carpeta con la palabra GRANDA en el armario bajo del despacho de Teresa.
No estaba escondida. Había pasado por mis manos durante la primera semana y la había confundido con documentación de terrenos porque dentro había fotocopias de planos, recortes y dos fotografías de caminos rurales. Esta vez la abrí sabiendo qué buscaba.
—Lo sé —respondió Irene—. Pero no vamos a completar lo que no se ve porque ya conozcamos una matrícula posible.
La reprimenda era justa. Teresa había hecho algo parecido en una nota lateral: «podría ser J.» seguida de tres signos de interrogación. No había escrito «coche de Julián». Incluso ella había conservado la duda.
—¿Por qué tendría Teresa esta foto? —pregunté.
—Eso tendremos que preguntárselo a Tomás —dijo Irene.
No hizo falta esperar mucho. Irene lo llamó y, después de una conversación breve, acordó visitarlo al día siguiente. Me permitió acompañarla porque Teresa había obtenido la copia y yo podía ayudar a identificar el contexto, aunque dejó claro que las preguntas importantes las haría ella.
Antes de marcharnos, revisé el resto de la carpeta.
Había recortes sobre el cierre de La Granda, un plano incompleto y una nota de 2004: «Tomás confirma noche de búsqueda.
Negativo quizá conserva». Aquella frase me impresionó casi tanto como la fotografía.
Teresa llevaba más de veinte años volviendo a la misma posibilidad.
—Si tenía esto, ¿por qué no hizo nada? —pregunté.
—No sabemos que no hiciera nada —respondió Irene—. Y tampoco sabemos cuánto podía verse en la copia original que recibió.
La fotografía que teníamos delante era mediocre. El Renault podía ser el de mi padre o uno parecido. La hora estaba escrita con un signo de interrogación. Ninguna persona era identificable dentro del vehículo.
Aun así, aquella imagen cambiaba la naturaleza de La Granda. Hasta entonces era un lugar mencionado por un testigo envejecido y un recorte de periódico. Ahora existía una fotografía fechable de un coche compatible con el de Julián en una franja horaria que él seguía sin explicar.
Guardé una copia digital autorizada. Esa noche amplié la imagen en el ordenador y tuve que cerrarla a los pocos minutos. Cuanto más aumentaba los píxeles, más fácil era ver lo que deseaba ver. Preferí esperar al negativo.
* * *
Tomás Velasco vivía en una casa estrecha con un pequeño estudio añadido en la parte trasera. Tendría más de setenta años y caminaba con bastón, pero cuando Irene le enseñó la fotografía reconoció la copia antes de ponerse las gafas.
—Se la di a Teresa hace muchos años —dijo—. Me preguntó por todas las fotos de aquella noche.
Nos explicó que el 17 de agosto de 1996 había salido a fotografiar una tormenta que se acercaba por la montaña.
Llevaba una cámara cargada con película en blanco y negro porque quería probar tiempos largos.
Al enterarse de que buscaban a un niño, pasó por varios caminos por si veía algo.
La fotografía de La Granda pertenecía a esa secuencia.
—¿Sabe la hora? —preguntó Irene.
—Exacta, no. Pero conservo las hojas de contactos y mis notas. Era maniático con eso.
Nos condujo a un cuarto donde guardaba archivadores numerados por año.
Encontró agosto de 1996 en menos de cinco minutos.
La hoja de contactos mostraba treinta y seis imágenes.
En los márgenes había anotaciones de lugares y horas aproximadas.
La foto del Renault estaba entre una tomada a las 20:43 junto a una gasolinera y otra a las 21:02 desde un puente.
—Así que veinte cincuenta, más o menos —dijo Tomás—. Teresa calculó bien.
Sacó también el sobre de negativos. Irene le pidió que no lo sacara completamente de la funda. Tomás sonrió.
—Llevo sesenta años tocando película. Pero de acuerdo.
Contó que aquella noche oyó voces cerca del cargadero. No distinguió palabras ni personas y no se acercó porque la cantera estaba cerrada. Vio un coche verde oscuro junto al acceso y pensó que sería de gente que participaba en la búsqueda.
—¿Por qué no lo dijo en 1996?
—Lo dije. O creo que lo dije. Había mucha gente, mucho ruido. Años después Teresa vino preguntando si conservaba fotos y fue cuando vimos el coche. En una copia pequeña la matrícula no se leía.
—¿Y no llevó el negativo a la Guardia Civil? —pregunté.
Tomás se encogió de hombros, incómodo.
—Teresa dijo que sin matrícula completa no demostraba nada y que primero quería estar segura. Yo pensé que, si encontraba algo importante, ella lo llevaría. Cuando te haces mayor, descubres cuántas decisiones importantes consistieron en pensar que otro se ocuparía.
La frase me recordó demasiado a nuestra historia. Irene recogió oficialmente el negativo y la hoja de contactos. Antes de guardarlos, Tomás señaló una ampliación que había hecho años atrás. En el parabrisas se distinguían dos zonas oscuras en los asientos delanteros.
—¿Dos personas? —pregunté.
—Podrían ser reposacabezas, reflejos o gente. Si te dijera más, te estaría vendiendo una certeza que la foto no da.
Agradecí su prudencia. Cada vez me resultaba más fácil reconocerla como una forma de respeto, no como falta de ayuda.
Durante el viaje de regreso, Irene recibió la confirmación de que el negativo sería digitalizado con alta resolución.
Me advirtió que incluso una imagen mejorada podía no ofrecer una matrícula completa.
—Si los caracteres visibles coinciden, ¿bastará para demostrar que era el coche de mi padre?
—Demostrará compatibilidad. La identificación dependerá de cuántos elementos puedan verificarse: modelo, color, matrícula parcial, fecha, contexto. No espere una imagen de televisión donde pulsamos un botón y aparece todo nítido.
—No esperaba eso.
—Ha mirado usted demasiado tiempo esa foto en casa. Sí lo esperaba un poco.
No pude evitar sonreír. Al llegar a Fontenosa pensé en la última conversación con Julián. Había dicho que no recordaba haber pasado por La Granda. El negativo no podía decir quién conducía, pero sí podía convertir otro de sus olvidos en algo mucho más difícil de sostener.