CAPÍTULO 27
Beatriz recibió la noticia de que Julián había reconocido llevarse a Samu sin levantar la voz.
Estábamos en la cocina de Teresa, frente al cuaderno abierto con las horas de aquella tarde, y cuando terminé se quedó mirando el dibujo geométrico de las baldosas como si necesitara fijar la vista en algo que no pudiera cambiar de versión.
—¿Dice que iba a la Guardia Civil? —preguntó.
—Sí. Y que Samu salió del coche cerca de El Robledal.
—Mi hermano no se habría bajado voluntariamente de un coche con un adulto de confianza para meterse solo en un bosque al anochecer.
—Todavía quedaba algo de luz.
—No cambia lo importante.
Le enseñé el bloque de ochenta y ocho minutos. Beatriz abrió un mapa en el móvil y estuvo moviéndolo hasta que encontró una carretera secundaria.
—¿Sabes dónde estaba el taller de mi padre?
Negué con la cabeza. Marcó un punto. Desde el cruce donde Julián decía haber perdido a Samu hasta el antiguo taller de Evaristo había menos de ocho minutos en coche.
—Cerraba tarde los sábados —explicó—. No siempre estaba allí, porque ese día salió varias veces a buscar a Samu, pero podía haber pasado por el taller. Mi madre quizá recuerde horarios.
La posibilidad apareció con tanta facilidad que me incomodó. Si mi padre había decidido hablar con Evaristo antes de llevar al niño al cuartel, el desvío encajaría sin necesidad de inventar nada. Precisamente por eso no quería convertirlo en un hecho.
—Si Julián pensó que podía arreglarlo entre adultos… —empecé.
—No digas «devolverlo» —me interrumpió cuando utilicé la palabra sin darme cuenta—. Samu no era un paquete que perteneciera a nuestro padre.
Pedí perdón. Beatriz respiró hondo.
—Lo siento. Sé que no querías decir eso.
—Tienes razón. Si mi padre decidió hablar con Evaristo antes de denunciar, Samu pudo asustarse mucho.
—Samu ya había decidido de quién tenía miedo. Los adultos fueron los que siguieron dudando.
Subimos al dormitorio. El ropero permanecía abierto, protegido con cintas y etiquetas de la Guardia Civil.
Beatriz se detuvo frente a la manta doblada, todavía en su lugar porque ya había sido documentada pero no retirada.
Me contó que era de su abuela y que Samu la llevaba a todas partes cuando dormía fuera de casa.
—Si Teresa se la dio, él pensó que iba a quedarse aquí —dijo.
—O que iba a ir a un lugar seguro.
—Sí.
Nos sentamos en el suelo, fuera del espacio oculto.
Beatriz recordó que Samu conocía a mi padre desde hacía años.
Julián había ido a su casa, había hablado con Evaristo, incluso le había prometido una radio nueva cuando su padre rompió una durante una discusión.
Para un niño de diez años, no era un desconocido.
—Si Teresa le dijo «vete con Julián, te llevará donde puedan ayudarte», Samu se habría subido —dijo—. Eso es lo que me parte por dentro.
Me quedé mirando las marcas del yeso. Durante toda mi infancia había considerado que inspirar confianza era una virtud de mi padre. La idea de que esa misma confianza hubiera hecho posible que Samu subiera al Renault resultaba difícil de sostener.
—Mi padre no era como Evaristo —dije finalmente—. No creo que quisiera hacer daño a un niño.
Beatriz no me contradijo. Se tomó unos segundos antes de responder.
—Ojalá tengas razón. Pero las cosas terribles no siempre empiezan porque alguien quiera que terminen mal. A veces empiezan con una persona convencida de que puede controlar una situación que no entiende.
La frase se quedó conmigo. No acusaba a Julián de asesinato ni lo absolvía. Simplemente ampliaba el espacio en el que podía existir la verdad, y ese espacio empezaba a parecerse demasiado a los ochenta y ocho minutos que aún no sabíamos explicar.
* * *
Pilar aceptó verme de nuevo después de hablar con Beatriz.
Esta vez fui sola. La encontré más cansada que en nuestra primera conversación, pero también menos pendiente de medir cada palabra.
Había sacado una caja de documentos que, según dijo, llevaba años guardada sin abrir porque pertenecía a la época en que Evaristo tenía el taller.
—Beatriz me ha preguntado si su padre estaba allí aquella tarde —dije.
—Entró y salió varias veces. Primero buscó por el pueblo, luego fue al taller. No puedo darte una hora exacta.
Revisamos recibos, tarjetas de proveedores y papeles sin relación con Samu.
En el fondo de la caja apareció una tarjeta de visita de mi padre, de cuando trabajaba en seguros.
Julián Arce. Debajo del nombre había un teléfono de oficina.
En el reverso, alguien había escrito a bolígrafo «Renault verde O-8427-BJ».
—Esa letra es de Evaristo —dijo Pilar.
Reconocí la matrícula. Coincidía con la fotografía que yo había encontrado en casa de mi madre.
—¿Por qué la anotó?
—No lo sé. Evaristo apuntaba matrículas cuando alguien le debía dinero o cuando tenía que localizar un coche. También podía ser porque Julián le pidió alguna reparación. No quiero inventarme el motivo.
Fotografié la tarjeta y llamé a Irene. Me pidió que no la moviéramos hasta que pudiera recogerla.
Mientras esperábamos, Pilar volvió a hablar de la relación entre ambos hombres.
No eran íntimos, según ella, pero se conocían desde jóvenes y se hacían favores.
Julián había mediado alguna vez cuando Evaristo discutía con clientes; Evaristo le había arreglado el Renault a buen precio.
—Tu padre era educado con nosotros —dijo—. Samu lo conocía y no le tenía miedo.
—Beatriz piensa que habría confiado en él.
—Claro que habría confiado. Julián era de esos hombres que parecían saber qué había que hacer. —Pilar se dio cuenta de cómo sonaba y bajó la mirada—. No lo digo como reproche.
—Puede serlo.
La puerta del patio estaba abierta y entraba olor a tierra húmeda.
Durante un rato escuchamos un perro ladrar en la calle.
Pilar me contó que, después de la desaparición, mi padre pasó varias veces por su casa para preguntar si necesitaban algo.
Incluso acompañó a Evaristo a una batida.
Ese recuerdo había contribuido a que nadie sospechara de él.
—Yo pensaba que era buena persona —dijo.
—Yo también.
—No he dicho que no lo fuera.
La miré. Pilar sostuvo mi mirada con una tristeza serena.
—He aprendido tarde que una persona puede tratarte bien y hacer algo cobarde cuando llega el momento de elegir. Evaristo hacía lo contrario: podía ser encantador fuera de casa y terrible dentro. No te sirve comparar a uno con otro para saber qué hizo Julián aquella noche.
Irene llegó poco después y guardó la tarjeta en una funda. La matrícula no demostraba nada por sí sola; simplemente confirmaba que Evaristo conocía el coche de mi padre con suficiente precisión como para haber anotado sus datos.
Cuando salí, pensé en la frase de Pilar.
Durante semanas había repetido mentalmente que Julián no era como Evaristo, como si esa diferencia pudiera resolver el caso.
Aunque fuera cierta, empezaba a comprender que aquella comparación no servía para averiguar qué había hecho mi padre.
No necesitaba demostrar que mi padre fuera un hombre violento.
Necesitaba averiguar qué decisiones tomó cuando un niño le pidió ayuda y otro adulto le pidió silencio.