CAPÍTULO 26
El viernes llevé a Beatriz en coche desde casa de Teresa hasta Infiesto.
No le expliqué el propósito hasta que estuvimos en la carretera, porque temía que si lo hacía antes nos quedáramos otra vez sentadas frente a la mesa analizando versiones.
Necesitaba comprobar tiempos y distancias con el cuerpo dentro del recorrido, no solo con líneas dibujadas en un mapa.
—Quiero hacer la ruta que mi padre dice que hizo —le expliqué—. Afirma que llevaba a Samu a la Guardia Civil y que se escapó en un cruce antes de llegar.
Beatriz miró por la ventanilla.
—¿Te lo crees?
—No lo sé.
—Yo tampoco. Y prefiero no decidirlo antes de comprobar lo que se pueda comprobar.
Conduje despacio, siguiendo la ruta más lógica desde la casa de Teresa.
Llegamos al cruce en nueve minutos. Desde allí, continuar hasta el puesto de la Guardia Civil habría requerido poco más de diez.
No había nada extraño en el trayecto; precisamente por eso la versión de Julián parecía posible si uno ignoraba todo lo demás.
—Samu habría preguntado adónde iban —dijo Beatriz—. Conocía Infiesto. Si Teresa le hubiera dicho que iba con tu padre a la Guardia Civil, se habría fijado.
—Mi padre dice que se puso nervioso de repente.
—Mi hermano se ponía nervioso cuando aparecía nuestro padre.
La frase nos dejó en silencio unos segundos.
Desde el cruce hasta casa de Teresa había menos de diez minutos.
Julián había regresado a las 22:05. Incluso aceptando que buscara a Samu durante una hora completa, quedaba un tramo de tiempo difícil de justificar.
Paré en un apartadero y revisamos juntos las horas anotadas en el cuaderno de Teresa.
—Veinte veintiocho, salen de casa —dije—. Si llegan aquí sobre las veinte treinta y siete y Samu se escapa inmediatamente, mi padre podría estar de vuelta antes de las nueve aunque lo buscara bastante.
—Pero vuelve después de las diez.
—Ochenta y ocho minutos desde este punto hasta que entra otra vez en casa de Teresa.
Beatriz abrió un mapa en el móvil.
—Y La Granda queda al otro lado.
Condujimos hasta la carretera de la cantera sin cruzar la valla.
Beatriz se tensó al ver el cartel de acceso prohibido y reconoció que no había vuelto desde niña.
Desde fuera se veía una explanada invadida por maleza, paredes de roca clara y restos de estructuras de hormigón.
A plena luz del día no tenía nada de siniestro; era simplemente un lugar industrial abandonado.
—¿Samu conocía esto? —pregunté.
—Todos lo conocíamos. Mi padre trabajó aquí una temporada antes de que yo naciera y alguna vez nos trajo cerca, aunque después nos prohibía acercarnos solos. Samu tenía miedo al cargadero porque había un borde sin protección.
Anoté el dato sin convertirlo en conclusión. Beatriz me vio hacerlo.
—Te pareces cada vez más a la guardia civil.
—Ojalá hubiera aprendido antes a escribir «no sé» en vez de rellenar huecos.
Volvimos a la carretera. Si Julián había llegado a La Granda aquella noche, no habría sido un error de orientación: desde el cruce donde decía haber perdido a Samu tenía que desviarse de forma deliberada.
Paramos a comer en un bar de Infiesto. Beatriz apenas tocó el plato.
Hablamos de Samu fuera del caso por primera vez: de cómo desmontaba coches de juguete, de que odiaba las natillas con canela y de que, cuando estaba enfadado, caminaba tan deprisa que parecía querer dejar atrás su propio cuerpo.
Antes de despedirnos, Beatriz apoyó las manos sobre la mesa.
—No quiero que tu padre sea culpable de nada, Lucía.
Me sorprendió.
—Pensaba que querías que confesara.
—Quiero saber qué le pasó a mi hermano. Si Julián intentó ayudarlo y tomó una decisión estúpida, preferiría eso a descubrir algo peor. Pero no necesito convertirlo en otro monstruo. Ya tuve uno en casa.
—Yo tampoco quiero convertirlo en un monstruo.
—Entonces escucha incluso cuando empiece a decir cosas feas. Si solo aceptamos una verdad cuando encaja con la persona que queremos que sea, acabaremos haciendo lo mismo que hicieron ellos.
Aquella tarde añadí a la línea temporal un bloque sombreado entre las 20:37 y las 22:05.
Ochenta y ocho minutos sin explicación sólida.
Hasta entonces había preguntado adónde llevó mi padre a Samu.
A partir de ese momento, la pregunta era más amplia: qué decisiones cabían dentro de aquel hueco y por qué llevaba treinta años intentando que nadie las midiera.
* * *
El fin de semana me quedé en Oviedo por decisión de Eva, que no tenía ninguna autoridad sobre mis días libres pero sabía utilizar el chantaje afectivo con una eficacia considerable.
—Si vas a Fontenosa, iré detrás y te obligaré a hablar de griferías durante seis horas —me advirtió—. Y escogeré las más feas.
Acepté cenar con ella y con su pareja el sábado.
Hablamos de una obra retrasada, de la hija de Eva, que acababa de empezar secundaria, y de una serie que yo no había visto.
Durante dos horas nadie pronunció Samu, 1996, cantera, Renault ni declaración.
Me di cuenta de lo agotada que estaba cuando me reí de algo y tardé unos segundos en recordar que podía hacerlo sin sentir que traicionaba a nadie.
Al volver a casa encontré un mensaje de mi padre.
«Sé que te dije accidente y que esa palabra te habrá hecho pensar. Me refería a que perder a Samu fue un accidente, no a otra cosa. No quiero seguir explicándome por mensajes.»
Lo leí varias veces. «Perder a Samu fue un accidente» era una frase cuidadosamente construida: contenía una explicación suficiente para justificar la palabra y, al mismo tiempo, evitaba explicar de qué accidente hablaba. No respondí.
Abrí una de las cajas de mi madre que había llevado desde Fontenosa.
La agenda de 1996 estaba ya con Irene, pero quedaban fotografías.
Separé las que mostraban el Renault. En una de septiembre de aquel año, tomada frente a nuestro edificio de Oviedo, el coche tenía una zona clara en la parte inferior de la puerta trasera.
Podía ser barro seco, reflejo, polvo de carretera o cualquier otra cosa.
Durante unos segundos mi cabeza quiso convertirlo en cal de La Granda.
Me obligué a escribir detrás de la copia: «mancha clara, origen desconocido». Después la guardé aparte.
El domingo por la mañana salí a caminar y acabé frente al estudio. Entré sin encender todas las luces. El silencio allí era distinto al de casa de Teresa: no tenía memoria, solo mesas vacías y ordenadores apagados. Me senté y abrí el proyecto de la clínica, que llevaba días avanzando a tirones.
Trabajé tres horas. Revisé recorridos, anchuras de paso, encuentros de materiales y una solución de iluminación que el cliente insistía en abaratar.
La concentración llegó poco a poco y, con ella, un alivio que al principio me produjo culpa.
Después entendí que una obsesión no consiste solo en pensar constantemente en algo; también puede reconocerse en la sensación de estar haciendo algo indebido cuando por fin dejas de pensarlo.
A la una recibí un correo de Irene. El laboratorio consideraba posible recuperar parte del contenido del casete y necesitaba varios días. Debajo había una segunda información: mi padre había ampliado declaración y mantenía que Samuel «abandonó voluntariamente el vehículo» cerca de El Robledal.
Me quedé mirando el adverbio. Voluntariamente. Sonaba a una palabra elegida para diferenciar una fuga de cualquier otra posibilidad, aunque sabía que podía ser simplemente la forma de resumir una declaración.
Cerré el correo y volví al plano de la clínica.
En mi trabajo, las medidas no podían adaptarse a lo que uno deseaba.
Si una mesa necesitaba ciento veinte centímetros de paso y solo había noventa, el problema no desaparecía porque alguien escribiera «circulación suficiente» en la memoria del proyecto.
La versión de mi padre tenía el mismo defecto.
Podía describir el trayecto al bosque de muchas maneras, pero seguían sobrando ochenta y ocho minutos.
Y cada vez que intentaba encajar ese tiempo en la ruta, La Granda aparecía demasiado cerca del espacio que faltaba.
No era una prueba. Lo anoté precisamente por eso.