La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Irene no pareció sorprendida cuando le entregué la agenda de mi madre.

Durante unos segundos me irritó aquella calma, como si yo llegara siempre tarde a una conversación que me pertenecía, hasta que comprendí que ya había hablado con Julián y que, probablemente, conocía una parte de la historia que él solo había empezado a admitir conmigo la noche anterior.

—¿Sabías que se llevó a Samu? —pregunté.

—Ayer reconoció que fue a casa de Teresa. Esta mañana ha admitido que salió de allí con Samuel en el coche.

—¿Esta mañana?

—Ha venido acompañado por un abogado.

La palabra cambió el peso de la conversación, aunque Irene se apresuró a impedir que yo sacara conclusiones fáciles.

Me explicó que cualquiera podía declarar asistido por un letrado cuando los hechos investigados podían tener consecuencias legales y que su presencia, por sí sola, no demostraba culpabilidad.

Aun así, resultaba difícil separar esa precisión jurídica de una realidad más sencilla: mi padre llevaba treinta años ocultando que había sido el último adulto conocido que se marchó con Samu.

Le conté nuestra conversación con el mayor detalle que pude.

Cuando llegué a la versión de El Robledal, Irene me hizo repetir las palabras exactas.

Mi padre había afirmado que llevaba a Samu hacia la Guardia Civil, que el niño se puso nervioso y que, cerca de un cruce próximo al bosque, abrió la puerta al detenerse el coche y salió corriendo.

—¿Coincide con lo que les ha dicho? —pregunté.

—No puedo entrar en su declaración todavía.

—Empiezo a odiar esa frase.

—Me parece una reacción bastante normal.

Abrió una carpeta y sacó dos copias. La primera era mi manifestación del 18 de agosto de 1996.

Apenas ocupaba media página. Yo había dicho que «creía» haber visto a Samu cerca del camino del bosque, que llevaba algo rojo y que no estaba segura de la hora.

No constaba que habláramos. Tampoco que lo viera internarse en El Robledal.

La segunda declaración, tomada al día siguiente, parecía escrita por otra niña.

Allí afirmaba que había hablado con él, que Samu me dijo «voy a dar una vuelta» y que lo vi seguir hacia el bosque entre las 19:45 y las 20:00.

Había una precisión horaria que no aparecía en la primera, una conversación completa y una dirección clara.

—¿Ve la diferencia? —preguntó Irene.

—Sí. Y sé cuál de las dos llevo treinta años recordando.

—Una segunda entrevista puede añadir detalles reales. También puede incorporar información escuchada entre ambas declaraciones. No podemos decidir cuál de las dos cosas ocurrió solo comparando los papeles.

Al final de la segunda hoja estaban las firmas de mis padres.

La de mi madre me produjo una presión bajo las costillas.

Conocía aquella rúbrica de autorizaciones escolares, felicitaciones de cumpleaños, recetas y notas pegadas en la nevera.

Verla debajo de una declaración que ya no reconocía como propia fue más difícil que leer el nombre de mi padre.

—¿Teresa estaba cuando se tomó esto?

—No. Según el expediente, vino más tarde.

—Nuria recuerda una discusión entre ella y mi madre. Teresa decía que no podían seguir preguntándome hasta que recordara lo que ellos querían.

—Es un recuerdo actual de una conversación oída de niña —dijo Irene—. Puede ser valioso, pero hay que tratarlo como eso.

—Lo sé.

Me miró con una expresión casi imperceptiblemente más suave.

—Está empezando a separar muy bien recuerdo, testimonio y prueba.

No supe si alegrarme. Habría preferido no necesitar aprender aquella diferencia a los cuarenta y dos años.

Antes de salir pregunté por la cinta de casete.

El laboratorio estaba estabilizando el soporte y creía posible recuperar parte del audio, pero no había fecha.

Me aferré a esa posibilidad más de lo que quería admitir.

Una grabación no tendría memoria, vergüenza ni miedo.

Solo sonido, aunque incluso el sonido necesitaría contexto.

En el aparcamiento me quedé dentro del coche sin arrancar. Escribí a mi padre: «He entregado la agenda de mamá. Necesito espacio. No me llames hoy.» Respondió casi de inmediato. «Lo entiendo. Solo recuerda que lo que pasó fue un accidente.»

Leí el mensaje varias veces, buscando una interpretación inocente que no tuviera que fabricar.

Hasta ese momento nadie me había hablado de accidente alguno.

Samu, según la versión oficial, había desaparecido después de alejarse hacia el bosque; según la nueva versión de mi padre, había escapado de un coche.

Ninguna de las dos necesitaba aquella palabra.

Guardé una captura y se la envié a Irene antes de poder convencerme de que estaba exagerando. Después apoyé las manos en el volante y pensé que, quizá sin darse cuenta, Julián acababa de utilizar una palabra perteneciente a una parte de la historia que todavía no me había contado.

* * *

La palabra «accidente» me acompañó todo el camino hasta Fontenosa.

Podía referirse a que Samu hubiera escapado del coche.

Podía ser una forma imprecisa de hablar.

Podía no significar nada más de lo que mi padre ya había contado.

Aun así, no la había usado yo. Tampoco Irene.

Julián la había elegido sin que nadie se la pidiera.

En lugar de ir directamente a la casa, aparqué junto al cruce donde mi padre decía que Samu bajó del coche.

Había una pequeña explanada y un camino que conducía hacia El Robledal.

Desde allí hasta el puesto de la Guardia Civil de Infiesto, según el navegador, quedaban unos quince minutos. Cronometré la ruta.

Primero hice el recorrido desde casa de Teresa hasta el cruce y tardé nueve minutos a velocidad normal, de modo que, si habían salido a las 20:28, podían haber llegado alrededor de las 20:37.

La versión de Julián era físicamente posible en ese tramo.

Después recorrí desde la casa hasta el puesto de la Guardia Civil y el trayecto completo me llevó diecinueve minutos.

Después repetí el trayecto, pero tomé la carretera de La Granda. Desde la casa hasta el antiguo acceso a la cantera había diecisiete minutos y, en la primera bifurcación, la dirección era opuesta a Infiesto.

No probaba nada. Un conductor podía desviarse, perderse, buscar a alguien. Lo importante era otra cosa: si Julián salió de casa de Teresa diciendo que iría «directo» a la Guardia Civil, la cantera nunca pudo aparecer en su camino por casualidad.

Me detuve en una gasolinera antigua que llevaba décadas en la misma ubicación.

Dentro trabajaba un hombre joven que no podía recordar 1996, pero el propietario, según dijo, seguía pasando por allí algunas mañanas.

Me dio un teléfono. No llamé. Irene ya había advertido del riesgo de contaminar recuerdos y yo empezaba a sentir que cada nueva conversación podía hacer más daño que bien.

Volví al cruce de El Robledal y caminé unos metros. Si un niño bajaba allí del coche, podía internarse en el bosque en segundos. La historia de mi padre funcionaba. Lo que no funcionaba era mi supuesta presencia.

Según mi declaración, yo había visto a Samu antes de las ocho. Según el cuaderno de Teresa, Samu llegó a su casa a las 18.55 y permaneció allí hasta las 20.28. A menos que saliera y regresara sin que Teresa lo anotara, mi encuentro del bosque no podía haber ocurrido a la hora oficial.

Saqué una fotografía del camino. La lluvia de los días anteriores había dejado barro oscuro. La cantera, en cambio, era de caliza clara.

Recordé a Nuria diciendo que yo no quería subir al coche porque olía a «polvo» o «piedra». No era una prueba. Solo otro recuerdo tardío de otra persona.

Al regresar a la casa encontré un sobre bajo la puerta. Dentro había una copia de la escritura de herencia y una nota de mi padre.

«No quiero entrar si no me lo pides. Te dejo esto porque lo necesitarás para la venta.

Siento haberte mentido sobre haber ido a casa de Teresa.

Pensé que si contaba esa parte volveríamos a empezar desde cero y no serviría para traer a Samu de vuelta.

» No había explicación sobre el «accidente».

Guardé la nota con el resto de documentos.

Luego subí al dormitorio y me senté frente al hueco abierto.

Desde allí, con la puerta del cuarto a mi derecha, se veía la ventana del pasillo.

Me levanté, caminé hasta ella y miré hacia la pista.

La verja verde quedaba abajo. Un coche aparcado frente a la casa se vería perfectamente desde ese punto.

Una imagen volvió a mi cabeza: el Renault, una mano en el cristal trasero.

No la anoté como recuerdo. Escribí solo: «Desde esta ventana se ve el coche. »