La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

No esperé al día siguiente. A las ocho de la tarde estaba llamando al telefonillo del piso de mi padre hasta que abrió. Cuando llegué arriba, Julián me esperaba en la puerta con una expresión de cansancio que, después de dos semanas de evasivas, no me produjo ninguna lástima.

—Te dije que mañana.

—Y yo te dije que ahora.

Levanté la mirada.

—Fuiste.

Mi padre se sentó y esta vez no intentó negarlo.

—Sí.

Admitió que Teresa lo llamó y que llegó aproximadamente a las ocho.

Cuando le dije que ella había anotado las 20:12, aceptó que podía ser.

Lo que no supo explicar de manera convincente fue por qué había ocultado durante días una visita que ahora reconocía sin dificultad.

Dijo que no recordaba la hora exacta y que sabía cómo iba a utilizar yo cualquier detalle.

Extendió una mano hacia la agenda, hacia las carpetas y hacia mí, como si todo aquello fuera la demostración de que había tenido razón al callarse.

—¿Qué quería Teresa? —pregunté.

Julián se frotó la cara.

—Que la ayudara con algo.

—¿Con Samu?

El silencio fue suficiente, pero esperé a que lo dijera. Mi padre se levantó, caminó hasta la ventana y adoptó la postura que yo conocía desde niña: manos en los bolsillos, hombros algo inclinados, mirada al patio mientras buscaba tiempo.

—Teresa me llamó porque Samu estaba en casa —admitió al fin.

La frase no me sorprendió. Llevaba demasiados días acercándome a ella. Lo que sentí fue un vacío tranquilo, la desaparición de una última posibilidad de que mi padre hubiera permanecido fuera de aquella casa hasta después de la búsqueda.

—¿Tú lo viste?

—Sí.

No podía asegurar si Samu seguía en el ropero cuando llegó porque el niño bajó a la cocina. Teresa le explicó que había discutido con Evaristo y que tenía miedo de regresar. Cuando le pregunté qué pensó al saberlo, Julián se volvió hacia mí.

—Que había que llevarlo a un sitio donde estuviera seguro.

—¿A la Guardia Civil?

Tardó unos segundos antes de responder que sí.

Abrí en el móvil la transcripción del cuaderno de Teresa y leí en voz alta: «20:28 salen. Le digo que directo. S. no quiere, pero confía.» Después le pregunté si salió de aquella casa con Samu. Mi padre cerró los ojos y respondió afirmativamente.

Cada verdad que reconocía hacía más difícil comprender las mentiras anteriores.

—Entonces tú eres J.

—Sí.

—Fuiste la última persona que salió de la casa con él.

—No sé si la última.

—¿Dónde lo llevaste?

—Íbamos al cuartel.

—¿Llegasteis?

Julián negó con la cabeza.

—No.

La nota de Teresa dejó de ser una frase enigmática y se volvió literal: Samu no llegó.

Le pregunté qué ocurrió y mi padre volvió a sentarse, con la piel grisácea bajo la luz del salón.

Contó que el niño estaba muy nervioso y no dejaba de preguntar si detendrían a Evaristo, si su madre se enfadaría o si tendría que abandonar su casa.

Según su versión, en algún momento pidió bajar del coche cerca de El Robledal, abrió la puerta en cuanto Julián se detuvo y salió corriendo.

La historia llegó demasiado preparada. No porque resultara imposible, sino porque encajaba exactamente con la versión que mi familia había repetido durante treinta años.

—¿Lo seguiste?

—Sí. Lo perdí entre los árboles.

—¿Y después?

—Lo busqué. Volví a casa de Teresa y se lo conté.

—A las 22:05.

—Si eso puso ella.

Le pregunté por qué, si todo había ocurrido así, permitió que la búsqueda se organizara alrededor de una versión incompleta.

Julián apretó las manos antes de responder.

Teresa había ocultado a un menor sin avisar a la familia; él se lo había llevado sin explicar a sus padres adónde iba y, según decía, después lo perdió. Entró en pánico y decidió callar.

—¿Así que permitiste que todos creyéramos que yo lo había visto en el bosque?

—Tú dijiste que lo habías visto.

—No sé qué dije.

—Lo dijiste, Lucía.

—¿Antes o después de que tú volvieras sin él?

Mi padre no contestó. Sobre la mesa, la agenda de Ana seguía abierta por la página del 17 de agosto. Una anotación doméstica de cinco palabras había desmontado semanas de evasivas.

Entonces mencioné La Granda y el Renault verde.

Julián levantó la cabeza demasiado deprisa.

Dijo que ya había hablado con la Guardia Civil, negó haber llevado allí a Samu y, cuando le pregunté si había ido después, regresó a la respuesta que utilizaba cada vez que una prueba se acercaba demasiado: no lo recordaba.

Cogí la agenda de mi madre para entregársela a Irene. No intentó impedírmelo. Ya estaba junto a la puerta cuando me llamó desde el salón.

—Lucía, yo quería ayudarlo.

Me volví y lo miré. Podía creer incluso que eso fuera cierto al principio, pero ya no bastaba.

—Eso no responde a dónde lo llevaste.

—Te acabo de decir lo que pasó.

—Me has dicho la primera parte que ya no podías negar.

Cerré la puerta detrás de mí. Mientras el ascensor bajaba entendí que el misterio había cambiado de naturaleza.

Ya no necesitaba descubrir quién era J.; necesitaba averiguar por qué mi padre había tardado treinta años en admitir que Samu salió de casa de Teresa sentado en su coche y qué parte de aquella noche seguía protegiendo todavía.