La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El cuaderno negro de Teresa tenía más información de la que parecía porque nunca fue escrito para que lo entendiera otra persona.

Las abreviaturas cambiaban, los nombres aparecían completos unas veces y reducidos otras, y las cuentas domésticas convivían con observaciones sobre alumnos, recados y asuntos familiares.

Irene me permitió consultar una copia digital el miércoles y me senté en una sala del cuartel con una tableta, decidida a leerlo como lo que era: un documento personal lleno de hábitos que primero había que entender.

Llamé a Beatriz desde el aparcamiento antes de sacar ninguna conclusión.

Ella recordó enseguida que Evaristo había roto una pequeña radio de Samu en julio y que Julián le prometió regalarle una vieja que guardaba en el garaje si aprobaba una asignatura.

En aquella línea, por tanto, J. sí era mi padre.

Eso seguía sin demostrar que la inicial significara lo mismo al día siguiente, pero reducía el margen de casualidad.

—Mi madre podía saberlo —dije.

—Su madre falleció.

El recordatorio me salió peor de lo que Irene pretendía.

Contesté con brusquedad y ella esperó a que bajara el tono antes de preguntarme si Ana conservaba agendas, diarios o facturas.

Yo tenía una caja con fotografías y recuerdos, pero no sabía si quedaba documentación de 1996.

Irene me aconsejó revisarla sin convertir cada anotación doméstica en una prueba.

Pasé buena parte de la tarde buscando en mi piso.

La caja que había abierto días antes no contenía agendas antiguas, así que llamé a Julián para preguntar si guardaba papeles de mi madre.

Dijo que Ana apuntaba todo, pero que él había tirado muchas cosas después de su muerte, con mi permiso general para ordenar lo que yo no era capaz de revisar entonces.

Lo recordaba. Durante meses apenas podía entrar en aquel piso sin sentir que invadía algo y delegué en él mucho más de lo que ahora me resultaba cómodo.

—¿Queda alguna caja en el trastero? —pregunté.

—Puede.

—Voy mañana.

Mi padre quiso saber qué buscaba exactamente. Le respondí que necesitaba comprobar si Teresa había llamado a casa el 17 de agosto. El silencio al otro lado duró lo suficiente para que dejara de mirar la pantalla del ordenador.

—No necesitas una agenda para eso —dijo.

—¿Por qué?

—Porque llamó.

No respondí enseguida. Llevaba días persiguiendo abreviaturas, horarios y recuerdos de otras personas, y de pronto el propio Julián acababa de colocar una pieza en el centro de la mesa.

—¿Habló contigo?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Por la tarde. No sé exactamente.

—¿Y por qué llevas dos semanas diciendo que no recuerdas si fuiste a su casa?

—Porque una llamada no significa que fuera.

—¿Qué quería?

Tardó otra vez en contestar.

—Que pasara por allí.

—¿Por qué?

—No me lo dijo por teléfono.

Toda la acumulación de datos que llevaba días construyendo pareció inclinarse hacia un punto que ya no dependía de una inicial. Teresa había llamado a mi padre el mismo día de la desaparición y le había pedido que fuera a su casa.

—¿Fuiste?

—Hablaremos mañana.

—No. Ahora.

—Lucía, estoy cansado.

—Yo también.

Julián insistió en aplazar la conversación y colgó.

Me quedé con el móvil en la mano, mirando en la pantalla la línea de Teresa: «19:32 llamo a J.

» Ya no podía demostrar todavía que aquella J.

fuera Julián, pero por primera vez él mismo acababa de admitir el hecho que importaba: Teresa lo llamó aquella tarde y le pidió que acudiera a la casa.