La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Beatriz encontró la primera pista sobre el destino de Samu en una frase que su madre había dicho mil veces sin darse cuenta de que podía ser importante. Me llamó el martes por la mañana.

—He preguntado a mamá por la casa de mi abuela —dijo—. Dice que, después de que Samu saliera, ella llamó allí y avisó de que si aparecía lo retuvieran y llamaran a la Guardia Civil. Mi abuela estuvo despierta toda la noche.

—Entonces Teresa podía haber querido enviarlo allí.

—Sí, pero mamá recuerda otra cosa. Teresa llamó a casa sobre las siete y media. Preguntó si ya habíamos denunciado y dijo que «si aparecía, ella se encargaría de llevarlo». Mamá pensó que hablaba en general.

—¿A la Guardia Civil?

—Eso cree ahora, pero no se lo dijo expresamente.

Quedamos en Fontenosa. Beatriz llegó con una bolsa de fotos y una carpeta que había pertenecido a su madre. Sobre la mesa del comedor fuimos separando documentos.

Había una fotocopia del cartel de búsqueda de Samu, listados de teléfonos, cartas enviadas años después por personas que creían haberlo visto. Entre ellas apareció una nota de 2004 escrita por Teresa.

«Beatriz: perdona que te preguntara en la calle. No debería haberlo hecho así. Sigo pensando en una decisión de aquella noche. Si algún día tengo algo que pueda demostrar, serás la primera en saberlo.»

—Nunca me enseñaste esto —dije.

—Porque no la recordaba. Estaba en una carpeta de mamá.

—¿Respondías?

—No. Fui a verla y se echó atrás.

La palabra «decisión» me pareció más importante que cualquier referencia a una obsesión. Teresa no hablaba de una casualidad ni de un detalle: hablaba de algo que alguien eligió.

Subimos al cuarto. Beatriz quiso volver a ver la pared. Se agachó frente a «LUCÍA NO MIRES» y permaneció un rato observando la frase.

—La L se parece a la de tus iniciales del dibujo —dijo.

—Eso no significa que la escribiera yo.

—No.

—Además, si la escribí, ¿por qué me diría a mí misma que no mirara?

—Podría haberla escrito Samu.

—Entonces conocía mi nombre.

—Claro que lo conocía.

La respuesta me recordó algo obvio: Samu y yo no éramos dos niños que se cruzaron una tarde. Las fotografías demostraban que jugábamos juntos. El relato de mi memoria había reducido nuestra relación a un encuentro casual porque así la desaparición resultaba más fácil de ordenar.

—¿Cómo era con mi padre? —pregunté.

Beatriz se apoyó en la pared exterior del dormitorio.

—Samu conocía a Julián. Le caía bien, creo. Tu padre arreglaba cosas con el mío y a veces nos llevaba en coche.

—¿Habría subido al Renault con él?

—Si Teresa se lo pedía, sí.

—¿Y si sabía que Julián era amigo de Evaristo?

—Probablemente habría preguntado adónde iban.

La palabra «confía» del cuaderno adquirió otra textura. «S. no quiere, pero confía.» Teresa podía haber estado tranquilizándolo sobre una persona concreta. Bajamos al jardín. Beatriz señaló el cobertizo donde los niños guardábamos bicicletas.

—Aquí discutí con Samu una vez porque cogió la mía sin permiso. Tú estabas delante.

—No me acuerdo.

—Yo sí. Le dijiste que era un pesado y él te tiró una manzana.

—Encantadores todos.

Beatriz sonrió. Era la primera vez que la veía hacerlo de verdad.

—No quiero que empieces a recordar un hermano perfecto porque está muerto —dijo—. Era un crío. Mentía, cogía cosas y podía ser insoportable.

—Eso ayuda más de lo que crees.

Nos sentamos en el muro. Le conté la discusión con Julián y mi miedo a estar convirtiendo cualquier evasiva en culpa.

—Mi padre mintió toda la vida —dijo Beatriz—. Eso me enseñó una cosa: a veces un mentiroso dice la verdad y fastidia mucho, porque una quiere que todo lo que salga de su boca sea falso.

—Muy útil.

—Lo sé.

Antes de marcharse, dejó sobre la mesa la carta de Teresa para que Irene pudiera verla. En el reverso del sobre había una fecha: 18 de octubre de 2004. La misma semana en que Teresa preguntó a Beatriz si Samu habría aceptado ir con alguien a la Guardia Civil.

«Sigo pensando en una decisión de aquella noche.»

No sabía quién había tomado esa decisión. Pero empezaba a estar segura de que ocurrió después de que Samu entrara en la casa.