La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Durante dos días la letra J se convirtió en una persona distinta cada vez que alguien hablaba.

Pilar pensó primero en Javier Noriega, primo de Evaristo, porque tenía coche y vivía cerca; Beatriz recordó a José Manuel, el panadero, que ayudó en la búsqueda, y Fede añadió a Joaquín Prendes, dueño de una ferretería y amigo de Teresa.

Cada nombre permitía construir una historia razonable si una estaba dispuesta a rellenar los huecos, y precisamente por eso me obligué a no elegir el que más encajaba con mis sospechas.

Irene no me dejó ver el cuaderno mientras lo digitalizaban, aunque me facilitó una transcripción de las páginas relevantes.

Teresa rara vez escribía nombres completos de manera consistente.

«Llamar a Pilar», «hablar con B.», «J. trae bombona» y «Julián domingo» aparecían en meses distintos.

A veces usaba J. para mi padre y otras escribía su nombre entero, de modo que la inicial, por sí sola, no resolvía nada.

A media tarde, después de varias llamadas, Eva me encontró en el estudio con una lista de hombres cuyos nombres empezaban por J y me dijo que aquello parecía el peor casting de la historia.

Le expliqué que intentaba descartar gente y ella, sin levantar la vista del café, añadió una posibilidad que yo ni siquiera había considerado: J.

podía no ser un nombre. Podía ser una inicial de apellido, una matrícula, un lugar o cualquier abreviatura privada de Teresa.

—Gracias por complicarlo —dije.

—De nada.

La observación era válida. Había llegado el momento de dejar de buscar una respuesta que coincidiera con la inicial y empezar a comprobar hechos que existieran al margen de ella.

Llamé a mi padre aquella noche, después de tres días sin hablar.

Contestó con una normalidad tan cuidadosamente medida que me puso en guardia antes de que yo formulara la primera pregunta.

—¿Cómo estás?

—Bien. ¿Tú?

—Bien.

Los dos mentimos con la educación de quienes todavía no estaban preparados para discutir desde la primera palabra.

—Han encontrado una agenda de Teresa —dije.

—Ya me lo ha dicho la Guardia Civil.

—¿Sabes qué pone?

—Me han preguntado por una inicial.

—J.

—Sí.

—¿Eras tú?

Julián respondió que no lo sabía. Le pregunté cómo podía ignorar si había ido a casa de su hermana a las ocho y doce de la tarde el mismo día que desapareció un niño y volvió a refugiarse en el tiempo transcurrido: treinta años, muchas visitas a Teresa, ninguna manera de reconstruir una hora concreta.

Cuanto más insistía yo en el diecisiete de agosto, más se encerraba él en formulaciones generales.

Entonces mencioné a Vicente Riego.

—¿La Guardia Civil te ha preguntado por qué dice que fuiste a verlo después de que identificara un Renault verde?

—También.

—¿Y qué has dicho?

—Que no lo recuerdo.

La respuesta me irritó porque encajaba demasiado bien con todas las anteriores. Le dije que recordaba con detalle aquello que servía para explicar el estado de Teresa y perdía la memoria justo cuando un dato podía implicarlo. Al otro lado, mi padre respiró hondo antes de contestar.

—Si quieres acusarme de algo, hazlo. Pero deja de llamarme para intentar que me equivoque en una fecha y convertirlo en prueba.

Me hizo callar porque, incluso entonces, una parte de lo que decía era cierta. Yo estaba aprendiendo a desconfiar de mis propios recuerdos y, sin embargo, pretendía convertir cada vacilación de Julián en una confesión.

—No te estoy acusando —dije.

—Todavía.

Repitió la palabra que había usado días atrás y la conversación terminó poco después.

En la lista de nombres rodeé «Julián» y escribí al lado: «No descartar por intuición.

No confirmar por sospecha.» Debajo añadí una pregunta más útil que cualquier inicial: ¿por qué Teresa escribió «le digo que directo»?

Si J. debía ir directo a algún sitio, ella esperaba una ruta concreta y temía que se desviara.

Averiguar cuál era ese destino podía decirme mucho más que seguir acumulando hombres cuyo nombre empezaba por la misma letra.