La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Irene volvió a casa el viernes con David y una caja de fundas de plástico para documentación. Revisamos juntos las cajas del cuarto y, por primera vez, alguien empezó a registrar de manera formal lo que Teresa había conservado.

El cuaderno de Samu, la nota de la inicial J., el dibujo del coche, las fotografías. Irene no se llevaba todo; fotografiaba, anotaba y seleccionaba lo que podía tener relación directa con la desaparición. La cinta de casete quedó bajo custodia para digitalizarla sin riesgo.

—Tengo un sitio que trabaja con soportes antiguos —dijo—. Mejor que no la pruebe más en ese aparato.

—Solo una vez. Ni giró.

—Una vez es suficiente para romper una cinta vieja si la goma está mal.

Acepté la reprimenda. Mientras David trabajaba arriba, Irene y yo nos sentamos en la cocina. Le enseñé mi línea temporal. La observó con interés profesional y señaló con el bolígrafo la franja de mi supuesto avistamiento.

—Aquí hay un problema que ya había en el expediente original —dijo.

—¿Cuál?

—Su primera manifestación no fija hora. Dice algo parecido a «antes de cenar». La precisión entre 19.45 y 20.00 aparece al día siguiente, después de hablar con sus padres y con su tía.

—¿Teresa estaba en la segunda declaración?

—No consta presente, pero la entrevistaron aparte esa mañana.

—¿Qué dijo?

Irene abrió una copia que llevaba en la carpeta.

—Que usted estuvo con ella en casa durante parte de la tarde, salió a jugar y regresó «antes de que empezara a llover». También dijo que Samuel había pasado por la vivienda otros días, pero negó haberlo visto el diecisiete.

Levanté la vista.

—Mintió.

—Si los objetos significan que estuvo allí ese día, sí. Pero todavía no podemos fijar cuándo llegaron esos objetos al cuarto.

—La manta era de su casa. El cuaderno lo usaba. Su nombre está en la pared.

—Todo eso demuestra vinculación, no fecha.

—¿Y la nota?

—La nota sí puede ser más importante, si logramos contextualizarla.

—¿Mi padre qué dijo en 1996?

Irene sacó otra hoja.

—Su padre manifestó que pasó la tarde ayudando en los preparativos de una cena familiar y que se incorporó a la búsqueda alrededor de las nueve.

Me quedé mirándola.

—¿Dónde estaba antes de las nueve?

—En casa de unos amigos, según él.

—¿Los Noriega?

—No. Otra familia. La declaración fue corroborada de manera bastante imprecisa.

—¿Y ahora mantiene eso?

Irene cerró la carpeta.

—Eso forma parte de una conversación actual que no voy a compartir todavía.

—Siempre llegas hasta el borde y paras.

—Porque el borde existe por algo.

David bajó con otra caja que no habíamos revisado bien. La encontró detrás de las sábanas de la balda superior. Era pequeña, de madera, con una tapa corredera atascada. La colocó sobre la mesa y la fotografió antes de abrirla.

Dentro había un juego de llaves antiguas, dos medallas, una pulsera de plata y un cuaderno de tapas negras del tamaño de una mano. Irene se puso guantes y lo abrió.

Las primeras páginas eran una mezcla de listas domésticas, teléfonos y cuentas.

Fechas de 1995 y 1996. Teresa utilizaba el cuaderno como agenda improvisada.

En agosto de 1996 empezaban anotaciones breves sobre Samu.

«12/8. S. vuelve con golpe brazo. Dice bici.

» «16/8. Deberes. No quiere irse. E. pita desde calle.

» «17/8. 18:55 aprox. llega S. Solo. Asustado.

» Tuve que agarrarme al borde de la mesa. Irene siguió leyendo en silencio.

«19:10 E. pregunta. Digo no.»

«19:32 llamo a J.»

La siguiente línea estaba parcialmente borrada por una mancha, pero se distinguían números.

«20:12 J. llega.»

Después, en la página siguiente: «20:28 salen. Le digo que directo. S. no quiere, pero confía.» No aparecía el nombre de J.

—¿Hay más? —pregunté.

Irene pasó la hoja. «22:05 J. vuelve. Dice que S. salió del coche. No llegó. No sé si creerle.» Era la misma frase de la nota suelta, ampliada. La cocina pareció encogerse.

—J llevó a Samu —dije.

—Eso parece.

—Y volvió sin él.

—Eso dice Teresa.

—¿Quién es J?

Irene cerró el cuaderno.

—Eso es lo que hay que demostrar.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera llovía de nuevo, una llovizna fina que apenas se veía contra el prado.

J. había llegado a las 20:12 y Samu salió con él dieciséis minutos después; a las 22:05, la misma inicial volvía a aparecer junto a la explicación de que el niño había bajado del coche.

Aquello hacía algo más que abrir una grieta en la historia del bosque: dibujaba una ruta alternativa completa durante el tramo decisivo de la noche.

—Mi padre se llama Julián —dije sin volverme.

—Lo sé.

—Teresa era su hermana.

—También lo sé.

—Y tenía un Renault verde compatible con el coche de La Granda.

Irene no contestó. Me giré.

—¿Vas a preguntárselo?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No delante de usted.

La respuesta me enfadó, pero esta vez no discutí.

Porque al fin entendí algo que llevaba días evitando: si la J era de Julián, mi padre había dejado de ser únicamente alguien capaz de recordar mejor que yo aquel verano; también era la última persona conocida que había salido de aquella casa con Samu vivo.