La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El jueves por la noche extendí sobre la mesa del comedor todo lo que tenía y descubrí que investigar una desaparición se parecía menos a encajar un puzle que a ordenar una reforma mal documentada.

Había medidas, fechas, versiones contradictorias y demasiadas decisiones tomadas por personas que ya no podían explicar por qué las tomaron.

Si Samu había estado en casa de Teresa después de las siete y alguien lo había llevado en coche, yo no podía haberlo visto a la vez internarse solo en el bosque. Una de las dos cosas era falsa o pertenecía a otro momento.

Beatriz llegó poco antes de las ocho. La había invitado porque necesitaba comprobar la cronología con alguien que conociera los hábitos de Samu sin contarle primero mis hipótesis. Trajo empanada y una carpeta con fotografías.

—Mi madre dice que te has portado bien con ella —dijo al entrar.

—No sabía que hubiera una forma de portarse bien preguntando por el peor día de su vida.

—La hay. No decirle lo que tiene que recordar ya es bastante.

Le enseñé la línea temporal.

—¿Te parece correcta la salida de casa a las seis y media?

—Más o menos. Yo no estaba. Mi padre me había mandado a casa de mi abuela después de discutir conmigo por la mañana.

—¿Por qué?

—Porque le dije que era un borracho.

Se sentó y abrió su carpeta.

—Samu me llamó a casa de mi abuela a eso de las cinco. Me preguntó si podía quedarse allí a dormir. Le dije que sí, pero mi abuela vivía a veinte minutos andando y él no llegó.

—¿Eso consta?

—Lo contamos. En el expediente debería estar.

—¿Dijo por qué quería ir?

—No. Yo sabía que había bronca.

—¿Teresa sabía que Samu podía necesitar refugio?

Beatriz asintió.

—Le daba clases dos veces por semana porque iba mal en matemáticas. A veces se quedaba después. Mi padre odiaba que fuera porque decía que Teresa metía ideas en la cabeza de los críos.

—¿Qué ideas?

—Que podían contar cosas.

La frase quedó flotando. Le pedí que describiera a Samu cuando tenía miedo. No si «habría ido al bosque», sino qué hacía normalmente.

—Buscaba adultos —respondió—. A mi abuelo, a Teresa, al padre de un amigo. Samu no era de esconderse solo. Cuando se asustaba quería que alguien le dijera qué hacer.

—¿Conocía La Granda?

—Sí, pero le daba miedo. Nos habían contado que un chico se cayó allí años antes.

—¿Y El Robledal?

—Lo conocía perfectamente. Jugábamos allí.

—Pilar dice que, si quería esconderse de Evaristo, no habría escogido un sitio donde su padre sabía buscarlo.

—Exacto.

Le enseñé la nota de Teresa. Beatriz la leyó varias veces.

—«No llegó» podría ser casa de mi abuela.

No se me había ocurrido.

—¿Samu iba allí esa noche?

—Eso quería él. Pero Teresa preguntó años después por la Guardia Civil, ¿no?

—Sí.

—Entonces puede ser cualquiera de los dos sitios.

La hipótesis volvía a abrirse. Cenamos en la cocina.

La conversación derivó hacia recuerdos que no eran útiles: Samu odiaba los tomates, desmontaba despertadores y nunca sabía volver a montarlos, había intentado criar renacuajos en una bañera de plástico hasta que su madre lo descubrió.

Escuchar esas cosas me produjo un alivio extraño.

Durante días había tratado a Samu como una cronología; Beatriz devolvía al niño entre las horas.

—¿Tú te acuerdas de jugar con él? —preguntó.

—Cada vez más cosas, pero no sé cuáles son mías.

—Yo tampoco. Hay historias que recuerdo porque mi madre las contó cien veces.

—¿Recuerdas el día dieciséis en casa de Teresa? Hay una foto de Samu y de mí jugando a las cartas.

—No estaba.

—¿Sabías que fue?

—Sí. Teresa me llamó ese día porque Samu había dejado allí un cuaderno. —Se quedó pensativa—. Espera. ¿El cuaderno azul?

—Sí.

—Entonces no lo devolvió.

—Está en el cuarto.

Beatriz dejó el tenedor.

—Mi madre decía que Samu volvió a casa el dieciséis con el cuaderno. Lo llevaba cuando hizo deberes por la noche.

—¿Estás segura?

—No. Se lo preguntaré sin decirle dónde lo has encontrado.

Otro objeto cuya historia podía cambiar según una memoria. Cuando se marchó, volví a la línea temporal. Añadí «17.00 llamada a Beatriz: quiere ir a casa de abuela» y «Samu teme La Granda». Luego miré el tramo de las ocho.

En mi declaración yo era la pieza que enviaba al niño hacia el bosque. Sin mí, las rutas posibles se multiplicaban.

Por primera vez me pregunté no solo si mi recuerdo era falso, sino a quién había beneficiado que todos lo creyeran verdadero.