CAPÍTULO 18
Vicente Riego vivía solo en una casa de piedra a tres kilómetros de Fontenosa.
Me abrió una mujer que se presentó como su hija y, antes de dejarme pasar, quiso saber exactamente qué pretendía preguntarle.
Le expliqué lo del cuarto y el Renault. No pareció sorprendida; al contrario, puso una expresión resignada.
—Mi padre lleva treinta años diciendo que aquel coche era importante. El problema es que también lleva treinta años exagerando media vida.
Vicente estaba sentado junto a una ventana con una manta sobre las piernas.
Tenía ochenta y seis años, la voz rasposa y una memoria que alternaba detalles minúsculos con huecos enormes.
Al verme preguntó si yo era «la niña del bosque» y, cuando le dije que sí, comentó que mi madre había sido muy guapa.
Su hija le recordó por qué estaba allí y él pidió las gafas antes de empezar a hablar del coche.
—Era verde. Un Renault de los cuadrados.
—¿Un Renault 19?
—Puede. Yo de coches entendía poco. Mi cuñado tenía uno parecido.
Recordaba que la matrícula era de Oviedo y empezaba por ochenta y cuatro, pero la hora resultó mucho menos fiable.
Primero dijo que había pasado después de un partido en la radio; su hija le recordó que aquel día no había ninguno a esa hora y Vicente se corrigió con mal humor.
Anoté «después de las ocho, no fiable». Irene llevaba días insistiendo en que una precisión falsa podía ser más peligrosa que un hueco y, frente a Vicente, entendí exactamente a qué se refería.
Cuando le pregunté por los ocupantes, entrecerró los ojos y tardó en responder.
—Cuando pasó hacia arriba no lo sé. Cuando bajó iban dos delante.
—¿Dos hombres?
—Eso creo.
No vio a ningún niño porque la parte trasera estaba oscura, ni pudo precisar cuánto tiempo transcurrió entre una pasada y otra.
Su hija intervino entonces para señalar el único detalle que él había repetido siempre igual: el Renault salió con barro y un polvo claro acumulado en los bajos.
Vicente asintió, satisfecho de reconocer un recuerdo que todavía sentía suyo.
—Caliza. En La Granda salías blanco aunque entraras negro.
Admitió sin demasiada vergüenza que estaba allí porque cazaba corzos donde no debía.
A esas alturas, la infracción había dejado de preocuparle.
También recordaba luces dentro de la parte vieja del cargadero y un acceso trasero que después se cerró, aunque nunca llegó a entrar porque el lugar se caía a pedazos.
Su hija sacó de un cajón un mapa antiguo en el que Vicente había marcado el punto desde el que decía haber visto el vehículo.
Lo fotografié con permiso y después pregunté si, durante la investigación original, le enseñaron coches o fotografías.
Sí: muchos Renault verdes que a él le parecían casi iguales.
—¿El de mi padre? —pregunté.
Vicente quiso saber quién era y, al oír «Julián Arce», su expresión cambió lentamente.
—Amigo del Noriega.
—Sí.
—Tenía un Renault verde.
—Sí.
—Pues ya sabes lo mismo que yo.
No intentó darme la confirmación que buscaba, y se lo agradecí en silencio.
De camino a la puerta, sin embargo, su hija me alcanzó y dijo que había algo que yo no había preguntado.
Ella tenía diecisiete años en 1996 y recordaba a Julián llegando a la casa dos o tres días después de que su padre hablase con la Guardia Civil.
Vicente se puso hecho una furia porque creyó que Julián venía a reprocharle que hubiera admitido lo de la caza furtiva.
—¿Qué le preguntó exactamente? —dije.
—Si había visto la matrícula completa. Mi padre dijo que no. Julián respondió algo como «entonces no líes más las cosas». Discutieron.
En aquel momento, explicó, todos interpretaron que mi padre estaba protegiendo a Evaristo de otro rumor inútil.
Incluso ahora seguía siendo posible: Julián participaba en la búsqueda y podía haber querido evitar que una pista débil desviara recursos.
El problema era que la pregunta sobre la matrícula empezaba a unirse a demasiadas piezas que señalaban en la misma dirección.
Llamé a Irene al salir y le di el nombre de la hija para que pudiera hablar con ambos por separado.
Cuando le pregunté si mi padre había reconocido aquella visita en su declaración actual, se negó a contármelo.
Después volvió a advertirme sobre el riesgo de contaminar recuerdos cada vez que yo proporcionaba información a un testigo antes de hacer la pregunta.
—Eso intento —dije.
—Ya. Y también intenta resolverlo en una semana.
Miré la casa de Vicente detrás de mí. La piedra húmeda, la ventana donde seguía sentado y el mapa que acababa de fotografiar pertenecían a una historia que llevaba tres décadas deformándose cada vez que alguien la contaba.
—Lleva treinta años sin resolverse.
—Precisamente.
Guardé el móvil. En la libreta, debajo de «Renault verde», escribí únicamente lo que Vicente sostenía sin demasiada precisión: dos adultos delante al salir de La Granda.
Lo rodeé con un círculo y añadí un signo de interrogación suficientemente grande para recordarme que una sospecha seguía sin ser una prueba.