La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Dos días después tenía que presentar una propuesta para una clínica dental y Eva me prohibió hablar de Samu hasta después de la reunión.

—Lo digo en serio —anunció mientras colocábamos muestras sobre la mesa—. Si mencionas un tabique tapiado delante de estos clientes, te echo del estudio.

—Técnicamente no puedes echarme. Tengo el cincuenta por ciento.

—Te compro tu parte por un euro.

La reunión fue bien. Durante hora y media defendí colores, recorridos, iluminación y materiales lavables con la concentración que había perdido la semana anterior.

Cuando un cliente cuestionó la posición de la recepción porque «parecía más lógica al otro lado», saqué el plano de circulación y le enseñé distancias, puertas y visuales.

Hechos medibles. Relaciones espaciales. Causas.

Al terminar, Eva cerró la puerta de la sala y me miró.

—Te hacía falta.

—¿Que me discutieran un mostrador?

—Recordar que existe gente que no desapareció en 1996.

No contesté. Desde que encontré el cuarto, el estudio se había convertido en un lugar al que llegaba físicamente mientras una parte de mí seguía en Fontenosa.

No quería que eso se volviera permanente.

Teresa había vivido treinta años alrededor de una pregunta; no pensaba repetir su forma de hacerlo para entenderla.

A mediodía me llamó un número desconocido.

—¿Lucía Arce? Soy Álvaro Llaneza.

El apellido me sonaba del expediente. Irene me había dicho que un agente jubilado que participó en la búsqueda aceptaría hablar conmigo si yo quería, siempre dejando claro que sus recuerdos no sustituían la documentación.

—Sí. Gracias por llamar.

—La sargento Castañón me ha dicho que has encontrado cosas en casa de Teresa.

—Sí.

—Si quieres, podemos vernos. Vivo en Villamayor.

Quedamos para aquella tarde en un bar junto a la estación. Álvaro tenía sesenta y ocho años, bigote gris y una forma pausada de hablar que me obligó a frenar mis preguntas. Llegó con una carpeta propia.

—No es material oficial —aclaró antes de abrirla—. Son recortes y unas notas que guardé porque el caso me quedó atravesado.

Me enseñó una fotografía de la búsqueda. Reconocí a mi padre, a Evaristo y a Teresa.

—Yo llevaba tres años destinado aquí —dijo—. No era quien dirigía nada. Hice rastreos, tomé algunas manifestaciones y acompañé a la familia.

—¿Se registró la casa de Teresa?

—No como registro judicial. Se habló con ella y se miraron fincas, cobertizos, pozos. Que yo recuerde, nadie pensó que el chaval hubiera estado escondido dentro.

—¿Por qué no?

—Porque la cronología decía que tú lo habías visto después, en El Robledal.

La respuesta era tan simple que me dejó sin nada que decir durante unos segundos.

—¿Recuerda mi declaración?

—Más que la tuya, recuerdo a tu madre. Estaba preocupadísima porque decía que te estábamos haciendo repetir la historia demasiadas veces. Con razón, probablemente.

—¿Y mi padre?

—Iba y venía con Evaristo. Eran amigos.

—¿Se comprobó su coche por el aviso de La Granda?

Álvaro apoyó una mano sobre la carpeta.

—Sí. Y otros cuantos. El testigo no dio matrícula completa y tampoco era un testigo ideal.

—¿Por qué?

—Porque mintió sobre qué hacía allí.

—¿Quién era?

—Vicente Riego. Todavía vive, que yo sepa.

—¿Qué hacía?

Álvaro sonrió con cansancio.

—Cazando donde no debía. Primero dijo que pasaba por la carretera. Luego descubrimos que estaba dentro de una finca con una escopeta y sin permiso. Eso hizo que su declaración perdiera bastante fuerza.

—¿Qué dijo exactamente del coche?

—Renault verde, matrícula de Oviedo, pasó hacia la cantera y luego lo volvió a ver salir. No pudo asegurar conductor ni ocupantes.

—¿A qué hora?

—Entre ocho y media y nueve y algo. En aquel momento chocaba con tu avistamiento. Si Samu estaba ya en el bosque, un coche en La Granda parecía otra cosa.

—¿La cantera se registró?

—La parte accesible. Había zonas cerradas y otras peligrosas. Se hizo una inspección superficial al principio y otra después. No apareció nada.

Abrí mi libreta.

—¿Teresa dijo algo raro?

Álvaro me observó antes de responder.

—Teresa dijo muchas cosas. Se culpaba de no haber protegido al chaval. Unos días después quiso volver a hablar con nosotros, pero se marchó sin formalizar una declaración nueva.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Dijo que Samu había estado en su casa?

—A mí no.

—¿Mencionó a mi padre?

Álvaro negó.

—No que recuerde.

Cerró la carpeta y la empujó hacia mí para que viera otro recorte. Era de 1997, un año después de la desaparición. Teresa aparecía entre vecinos en un acto por Samu.

—Tu tía siguió preguntando mucho tiempo —dijo—. Más que la mayoría.

—¿Usted creía que sabía algo?

—Yo creía que se sentía culpable de algo. No es lo mismo.

Otra distinción que importaba. Antes de irnos le pedí el contacto de Vicente Riego. Álvaro dudó.

—No le presiones. Tiene ochenta y tantos y bastante mala leche.

—No tengo autoridad para presionar a nadie.

—A veces la familia de una desaparición presiona más que un uniforme.

—Yo no soy familia de Samu.

Álvaro me miró con una expresión que no supe interpretar.

—No. Pero estabas en la historia desde el primer día.