CAPÍTULO 16
—Trae café —me dijo—. El archivo viejo está abajo y hace frío hasta en agosto.
—No era un hueco improvisado —dijo, extendiendo la copia sobre una mesa—. Formaba parte de la distribución original, al menos desde los años cincuenta.
—¿Y en el noventa y seis?
—Dos días después lo cerraron —dije.
—Eso pone en tu factura.
—¿Te parece normal pedir permiso para anular cuatro metros cuadrados utilizables sin una razón técnica?
Marta se encogió de hombros.
—La gente hace cosas raras con sus casas. He visto tapiar puertas porque entraba corriente y eliminar ventanas porque daban a un vecino. Lo raro no es suficiente para explicar nada.
Me gustó que todos los profesionales con los que hablaba tuvieran una versión distinta de la misma prudencia.
Fotografié el expediente. En el margen de la solicitud había una nota a lápiz que no pertenecía a Teresa: «Confirmar que no afecta ventilación».
Debajo, un visto bueno firmado por un técnico. Nada más.
—¿Hay planos de La Granda? —pregunté.
Marta levantó la cabeza.
—¿La cantera?
—Sí.
—Eso es otro archivo. ¿Qué buscas?
—Todavía no lo sé.
No me hizo explicar el Renault. Buscó en el inventario y encontró referencias a la concesión minera, varios cierres de seguridad y una restauración parcial de los años dos mil. Los planos detallados no estaban digitalizados.
—Puedo pedirlos —dijo—, pero tardarán unos días. Parte del fondo está en un almacén externo.
—Hazlo, por favor.
—Lucía, ¿esto tiene que ver con Samu?
Asentí. Marta miró alrededor antes de bajar la voz, aunque estábamos solas.
—Mi padre participó en la búsqueda. Siempre decía que el problema fue que durante las primeras horas todo el mundo iba por su cuenta. Se pisaron caminos, se movieron coches, aparecieron rumores. Cuando organizaron el dispositivo ya había demasiadas versiones.
—¿Habló alguna vez de la cantera?
—No que yo recuerde. Pero tampoco era de los que contaban mucho.
Antes de marcharme, me entregó copias selladas de los expedientes.
En el coche comparé las fechas otra vez.
Teresa pidió anular el ropero diez días después de la desaparición.
No alegó humedad. Ordenó no sacar nada. Y, según la nota que encontré dentro, alguien identificado como J.
había dicho que Samu salió de un coche antes de «llegar» a algún sitio.
Cada dato por separado admitía explicaciones inocentes.
Juntos empezaban a dibujar un recorrido.
Llamé a Irene y le conté lo de la solicitud de obra. Me pidió la copia.
—¿Ha encontrado algo más en las cajas?
—No desde el sábado.
—Bien. Mañana puedo pasar con un compañero y revisar documentación.
—¿Has hablado con mi padre?
La pausa fue mínima.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no tengo obligación de informarle de cada diligencia. Y porque su padre es un testigo de un expediente, no una extensión de usted.
Me sentí reprendida y, después de unos segundos, admití que tenía razón.
—¿Dijo algo nuevo?
—No voy a resumir su declaración por teléfono.
—Irene...
—Lucía, si de verdad quiere saber qué ocurrió, necesita permitir que algunas cosas se comprueben sin que usted las interprete antes.
Colgué más enfadada de lo razonable. En el fondo sabía que mi impaciencia se parecía demasiado a la de cualquier cliente que me llamaba tres veces durante una obra porque no veía el resultado final detrás del yeso. Guardé los planos en el asiento del acompañante y conduje hacia Oviedo.
Durante el trayecto pensé en el cuarto como había sido antes de que Teresa lo cerrara: una puerta ordinaria, una balda, mantas y útiles escolares. Ningún espacio nace secreto. Se convierte en secreto cuando alguien decide que lo que contiene no debe volver a verse.