CAPÍTULO 15
El hijo de Manolo Arboleya se llamaba Sergio y conservaba el antiguo almacén de su padre en una nave a las afueras de Nava.
Fede consiguió que nos recibiera el lunes por la tarde con la advertencia de que no esperáramos un archivo digno de una empresa de rehabilitación.
La nave estaba llena de estanterías metálicas, restos de azulejos de los noventa, catálogos de sanitarios que ya no fabricaba nadie y herramientas que parecían haber sobrevivido a varias generaciones de obras.
Sergio, un hombre de cincuenta y pocos con gafas de cerca colgadas al cuello, nos condujo hasta un altillo y examinó la factura del cierre del ropero.
—La letra de la fecha es de mi padre —dijo—. Yo tenía veintidós años y trabajaba con él, pero hacíamos cinco o seis casas por semana. La de Teresa me suena porque era la maestra.
—¿Recuerdas cerrar una habitación?
Sergio se quitó las gafas y volvió a mirar la factura antes de responder.
No podía reconstruir la obra como si la hubiera terminado el día anterior, pero sí recordaba una conversación de su padre que llevaba años asociando a una casa de Fontenosa.
Manolo había vuelto enfadado porque la propietaria insistía en que cerraran un cuarto sin desmontar la puerta original y, sobre todo, sin mover lo que había dentro.
—Decía que tuvieron que trabajar alrededor de una manta, unas cajas y no sé qué más, como si aquello fuera un museo. Le parecía absurdo, pero si el cliente pagaba y no había peligro, hacía lo que le pedían.
Fede y yo intercambiamos una mirada. El marco original seguía exactamente donde Sergio describía y la manta continuaba dentro treinta años después.
—¿Estás seguro de que era Teresa? —pregunté.
—Seguro, no. Mi padre contaba historias de obras todo el tiempo y han pasado muchos años. Pero la fecha, lo de la maestra y lo de dejar una puerta dentro de la pared me encajan. Si me preguntas si recuerdo verla firmar esta factura, te diré que no.
Aquella cautela me resultó más útil que otra certeza tardía. Le expliqué lo imprescindible sobre Samu y Sergio se quedó sentado en una caja, con la factura entre las manos.
—Joder.
Era la segunda vez que un albañil resumía mejor que yo lo que habíamos encontrado.
—¿Tu padre comentó por qué quería Teresa cerrar el cuarto de esa manera?
—No. Solo que no les dejó sacar nada. Si era esta obra, claro.
No necesitábamos otro papel para confirmar que el tabique existía: ya teníamos la factura, la fecha y la propia pared.
Lo nuevo era la voluntad de Teresa de conservar el interior sin alterarlo.
En el coche de vuelta, Fede conducía mientras yo intentaba entender qué clase de decisión podía llevar a una mujer a sellar cuatro metros cuadrados de su casa y a mantener intactos los objetos que había dentro.
—Podía haber metido las cosas en una caja —dije—. O devolvérselas a la familia de Samu.
—Sí.
—En cambio quiso dejarlo todo como estaba.
Fede tardó un momento en responder.
—También puede ser que no quisiera que nadie supiera que Samu había estado allí.
—Eso la convertiría en alguien que ocultó información de una desaparición.
—O en alguien que lo había protegido antes y que luego tuvo miedo de explicar por qué.
Miré por la ventanilla. Los prados se sucedían bajo una luz limpia después de varios días de lluvia. Pilar había contado que Teresa ofreció refugio a Samu, pero esa explicación solo servía para unas horas. Seguía sin explicar treinta años de silencio.
—No sabes si se calló todo ese tiempo —dijo Fede cuando se lo señalé.
Tenía razón. Hasta ese momento yo estaba tratando la ausencia de una denuncia conocida como si equivaliera a la ausencia de cualquier intento de hablar, y no eran lo mismo. La diferencia se me quedó dando vueltas hasta que llegamos a Fontenosa.
Mi padre estaba sentado en el muro frente a la verja, con el coche aparcado unos metros más abajo.
No me había avisado de que vendría. Fede redujo la velocidad y me preguntó si quería que se quedara; incluso se ofreció a fingir que tenía que revisar el canalón otra vez.
Le dije que su canalón imaginario empezaba a dar pena y conseguí que sonriera antes de marcharse.
Julián se levantó en cuanto bajé del coche.
—No me cogías el teléfono.
—Estaba en una nave sin cobertura.
—He hablado con la inmobiliaria de Infiesto.
—¿Por qué?
—Porque quedamos en vender la casa.
—Quedé yo. Es mía.
—Perfecto. Pues te he hecho un favor y he pedido una valoración.
Abrí la verja y avancé hacia la puerta, pero me detuve antes de entrar.
—Ahora no quiero que venga nadie a valorar nada.
—Lucía, esto se está convirtiendo en una obsesión.
Me volví hacia él. Sergio acababa de confirmar, con todas las reservas de un recuerdo antiguo, que Teresa había exigido conservar el interior del ropero. La factura fijaba la obra doce días después de la desaparición y mi padre seguía tratando todo aquello como una excentricidad sin importancia.
—Teresa ordenó cerrar ese cuarto sin sacar una sola cosa doce días después de que desapareciera Samu. ¿De verdad no te sugiere nada?
Julián dejó de avanzar.
—Me sugiere que mi hermana llevaba doce días sin dormir y estaba alterada.
—¿Tú la viste?
—Claro que la vi.
—¿El veintinueve de agosto?
Abrió la boca, se tomó un segundo y respondió que no sabía el día. Cuando le pregunté si había visto el cuarto antes de que lo cerraran, su paciencia se acabó.
—Lucía, basta.
No gritó. Precisamente por eso la palabra recuperó de golpe la autoridad con la que me daba órdenes de adolescente. Metí la llave en la cerradura y, antes de entrar, lo miré de nuevo.
—No. Todavía no.