La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Nuria Valdés contestó a mi mensaje con un «¿Eres TÚ tú?

» y tres signos de interrogación. No hablábamos desde hacía veinte años, aunque durante varios veranos habíamos sido inseparables.

Las amistades de infancia tienen esa extraña capacidad para parecer definitivas mientras duran y desaparecer casi sin ceremonia en cuanto cambian las vacaciones, los estudios o las ciudades.

Nuria vivía ahora en Avilés, tenía dos hijos y trabajaba en una asesoría.

Aceptó quedar el domingo en una cafetería de Oviedo y llegó con la curiosidad de quien sabe que una antigua amiga no reaparece después de dos décadas para preguntarle por su vida laboral.

—Estás igual —mintió al sentarse.

—Tú también.

—Fatal empezamos.

Nos reímos y durante diez minutos hablamos de personas que yo apenas recordaba.

Berto se había marchado a León, Fede seguía en el pueblo, la hermana mayor de Nuria vivía en Bruselas.

Había algo agradable y a la vez incómodo en aquella conversación: dos mujeres adultas buscando a las niñas que habían compartido bicicletas, helados y secretos ridículos.

Cuando le expliqué lo del cuarto, Nuria dejó la taza sin beber y me pidió que repitiera que allí habían aparecido cosas de Samu.

—Entonces tú tenías razón —dijo cuando terminé.

Noté que se me tensaban los hombros.

—¿Sobre qué?

—Sobre que había estado allí.

—Fede recuerda que dije algo parecido.

—Lo dijiste más de una vez. Y tampoco te acordabas entonces de muchas cosas.

La frase se parecía demasiado a la de Beatriz, pero esta vez no la dejé pasar.

Nuria apoyó los antebrazos en la mesa y trató de explicarse sin dar a sus recuerdos una precisión que no tenían.

Después de la desaparición, me vio más alterada que al resto de los niños.

Cuando me preguntaban qué había ocurrido, unas veces decía que Samu había estado en casa de Teresa; otras, que lo había visto desde una ventana.

Más tarde apareció la versión que todos acabaron conociendo: lo había encontrado cerca de El Robledal y él me había dicho que iba a dar una vuelta.

El ruido de la cafetería siguió alrededor de nosotras, aunque durante unos segundos me costó prestarle atención.

—¿Desde qué ventana?

—Ni idea. Yo era una cría, Lucía.

—¿Dije quién estaba con él? ¿Mencioné a mi padre?

Nuria negó despacio y añadió que no, o al menos ella no lo recordaba.

Agradecí que distinguiera una cosa de la otra.

Después le pregunté por el final de aquel verano y confirmó que mi madre había ido a buscarme antes de tiempo.

Teresa y Ana discutieron ese día dentro de la casa mientras Nuria y yo estábamos fuera, cerca del cobertizo.

—Recuerdo que Teresa decía algo como «no puedes pedirle que diga eso» —explicó—. Tu madre respondió que te dejaran en paz.

Me quedé mirándola y Nuria frunció el ceño, consciente de lo peligroso que era convertir una conversación oída con doce años en una transcripción literal.

—De «dejarla en paz» estoy bastante segura. De lo otro, no. También podría haber dicho «no puedes pedirle que recuerde eso». No quiero que apuntes una frase exacta porque yo no la tengo exacta.

—¿Qué pasó después?

—Salió tu madre, te llamó y tú no querías irte.

Le dije que Fede recordaba justo lo contrario, que yo repetía que no quería volver a casa de Teresa.

Nuria no vio ninguna contradicción: podía no querer entrar y tampoco querer marcharme.

Lo único que conservaba con claridad era que estaba llorando y que los adultos discutían sobre mí sin explicarme nada.

La conversación cambió de tono cuando le pregunté si recordaba que me hubiera negado a subir al coche de Julián después de la desaparición. Esta vez reaccionó antes de responder.

—Eso sí. Estábamos delante de la tienda y tu padre vino a buscarte. Montaste un espectáculo tremendo porque no querías sentarte atrás.

—¿Por qué?

—Decías que olía mal.

—¿A qué?

Nuria dudó. Primero habló de polvo y después de piedra, pero al verme reaccionar se corrigió de inmediato.

Podía estar añadiendo esa palabra ahora, influida por mi cara o por todo lo que acababa de contarle.

Saqué la libreta y no escribí hasta que ella dejó claro qué parte sí consideraba fiable: yo no quise subir al Renault y mi madre acabó llevándome andando. Eso fue lo único que anoté.

Seguimos hablando casi una hora. Nuria recordaba a Evaristo participando en las búsquedas y a su padre definiéndolo como «demasiado gritón».

Recordaba también a Teresa caminando sola por el pueblo después de que oscureciera, llamando a Samu, y la forma en que los adultos bajaban la voz cuando los niños se acercaban durante aquellas semanas.

—Todo el mundo tenía miedo de decir algo incorrecto —resumió— y, al mismo tiempo, todo el mundo hablaba.

Antes de despedirnos me preguntó qué pensaba hacer con la casa. Le dije que venderla seguía siendo el plan y ella observó que Teresa no se la había dejado a mi padre. Respondí que Julián nunca la había querido, pero Nuria negó con una expresión incómoda.

—Quizá no es que él no quisiera la casa. Quizá Teresa no quería que la tuviera.

No contesté. Ella pidió perdón enseguida por haber cruzado un límite que ninguna de las dos sabía todavía dónde estaba.

Nos despedimos en la calle y, mientras volvía al estudio para recoger unas muestras que había olvidado, pensé otra vez en la discusión entre Ana y Teresa: «No puedes pedirle que diga eso» o quizá «que recuerde eso».

Dos versiones separadas por una palabra y treinta años.

En una historia escrita para conducir al lector hacia una solución, esa palabra habría sido una pista perfecta.

En mi vida podía ser, sencillamente, el recuerdo incompleto de una mujer de cuarenta y dos años que había oído discutir a dos adultas cuando tenía doce.

Lo anoté precisamente por eso, con una interrogación al lado y sin convertirlo todavía en nada más.