CAPÍTULO 13
Pilar Suárez vivía en un piso pequeño de Gijón, cerca del parque de Isabel la Católica.
Beatriz me había dado su número después de consultárselo y me advirtió que no fuera esperando una confesión.
«Mi madre ha pasado media vida aprendiendo a no hablar», me dijo.
«No se desaprende en una tarde.» Fui el sábado por la mañana con esa frase en la cabeza y la sensación incómoda de estar a punto de pedirle a una mujer que regresara al peor día de su vida para resolver preguntas que pertenecían también a mi familia.
Mientras preparaba café, me ofrecí a ayudar. Negó con un gesto y colocó las tazas con unas manos que temblaban apenas.
—Tú eras la niña de Teresa —dijo al sentarse.
—Su sobrina.
—Ya. Pero entonces todos decíamos «la niña de Teresa» porque estabas allí cada verano.
No recordaba que nadie me llamara así y se lo dije antes de explicar por qué había ido. Le recordé que yo fui quien declaró haber visto a Samu cerca del bosque. Pilar apretó los labios, no con hostilidad, sino como si necesitara escoger con cuidado una respuesta que llevaba demasiado tiempo dentro.
—Eso dijeron.
—¿Usted no lo creyó?
—Creí muchas cosas porque necesitaba creer alguna. Los primeros días cada persona que decía haberlo visto me parecía una puerta. Luego todas se cerraban.
Saqué el móvil y le enseñé las fotografías generales del cuarto, reservando las imágenes más cercanas de la pared hasta preguntarle si quería verlas. Pilar reconoció el remate azul de la manta y, cuando apareció la peonza, acercó el teléfono a la cara.
—La hizo mi padre con un trozo de haya. Samu la llevaba en el bolsillo aunque ya se le había quedado pequeña para jugar.
Le pregunté cómo podían haber terminado aquellas cosas en casa de Teresa. Pilar dejó la taza en el plato y mantuvo los ojos bajos unos segundos.
—Porque Teresa sabía.
—¿Qué sabía?
—Que Evaristo tenía mala mano.
La expresión era tan suave que casi ocultaba lo que significaba.
Beatriz ya me había contado que su padre pegaba a Samu, pero oírlo de Pilar colocaba la violencia en otro lugar.
Me explicó que Evaristo también la golpeaba a ella y que con Beatriz ocurría menos porque su hija mayor le plantaba cara.
Samu reaccionaba de otro modo: se quedaba quieto cuando tenía miedo, y aquella pasividad parecía enfurecer aún más a su padre.
—¿Lo sabía mi padre? —pregunté.
Pilar levantó los ojos hacia mí.
—Tu padre y Evaristo eran amigos desde críos.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que te puedo dar. Yo no sé qué veía Julián cuando venía a casa. Iba bastante. Jugaban a las cartas, arreglaban cosas, se ayudaban con los coches. Tu padre era más educado que Evaristo. A mí me caía bien.
El pasado de aquel «caía» me dolió sin que tuviera derecho a tomármelo como algo personal.
Pregunté entonces por Teresa y Pilar admitió que la maestra la había abordado una vez porque Samu llegaba a clase con moratones y ofrecía explicaciones distintas.
Pilar le dijo que se caía, que era un niño.
Teresa no la creyó y, con el tiempo, acabó ofreciéndole ayuda también a él.
—Le dijo que, si alguna vez necesitaba salir de casa y yo no estaba, podía ir con ella —explicó Pilar—. Samu me lo contó y yo me enfadé. Le dije que no fuera contando intimidades fuera de casa.
Se llevó una mano a la frente y respiró antes de continuar.
—Eso es de las cosas que una repite durante treinta años aunque sepa que no sirve para nada.
No intenté consolarla. Cualquier frase habría sonado demasiado pequeña. Le pregunté qué ocurrió realmente el día de la desaparición y su mirada se desplazó hacia la fotografía de Samu en la estantería.
—Evaristo había bebido. Samu rompió una radio que estaba intentando arreglar y él le dio. No una bofetada. Le dio con el cinturón. Yo me metí y también me empujó. Samu salió corriendo.
—En la prensa dijo que se marchó porque no le dejaron ir a una fiesta.
—Evaristo me dijo lo que tenía que contar. Y yo lo conté.
Durante años había leído aquella explicación como un dato del caso.
Ahora tenía delante a la persona que la había pronunciado y entendía que también aquella primera versión había nacido del miedo.
Pilar reconoció que no la corrigió después porque seguía viviendo con el hombre que había pegado a su hijo y temía que todo el mundo concluyera que Samu se había marchado por culpa de ellos.
«Era por nuestra culpa», añadió con una sonrisa sin alegría.
Evaristo empezó a buscar al niño poco después de las siete, aunque Pilar no quiso fijar una hora exacta. Iba y venía, algunas veces solo y otras acompañado. Cuando le pregunté por Julián, volvió a medir sus palabras.
—Tu padre apareció temprano, antes de que fuéramos a denunciar. Habló con Evaristo fuera.
—¿Recuerda a qué hora?
—No. Y no voy a inventarla ahora porque tú necesites una hora.
La firmeza de la respuesta me hizo respetarla más.
Le enseñé entonces la nota de Teresa: «No llegó.
J. dice que salió del coche. No sé si creerle.
» Pilar la leyó sin tocar el teléfono y se negó también a convertir una inicial en una certeza.
Podía ser Julián, pero en el pueblo había más hombres cuyo nombre empezaba por J y que tenían relación con Samu: José Manuel, el panadero; Joaquín, el de la ferretería; Javier Noriega, primo de Evaristo.
«En un sitio así no puedes resolver un nombre con una letra», dijo. Irene habría aprobado la frase.
Antes de irme, Pilar me acompañó hasta la puerta. Yo ya estaba en el rellano cuando me llamó por mi nombre y esperó a que me volviera.
—Samu no se fue al bosque porque estuviera enfadado por una fiesta.
—Lo sé.
—No. Sabes que le pegaron. Es distinto. Él conocía ese bosque desde que aprendió a andar. Si quería esconderse de su padre, no habría escogido un sitio donde Evaristo sabía buscarlo.
—¿A dónde habría ido?
Pilar cerró los ojos un instante antes de responder.
—A casa de alguien que creyera que podía protegerlo.
No dijo Teresa. A aquellas alturas ya no hacía falta.