CAPÍTULO 12
Regresé a Fontenosa al atardecer. Había empezado a llover en Nava y la carretera se oscureció antes de lo normal, con esa luz gris de Asturias que no necesita decidir entre tarde y noche.
Cuando llegué, la casa estaba fría. Encendí la calefacción, preparé algo de cenar y subí al cuarto con una linterna, guantes y el móvil cargado.
Lo abrí. Había ejercicios de lengua, problemas de matemáticas, dibujos en los márgenes.
La letra era redonda y apretada. En una página, Teresa había corregido una redacción titulada «Mi lugar favorito».
Samu había escrito sobre el cobertizo de su abuelo, donde le dejaban desmontar radios viejas.
La última frase decía: «Cuando sea mayor quiero arreglar cosas porque si sabes cómo están hechas no dan miedo cuando se rompen.
» Me quedé mirando aquellas palabras demasiado tiempo.
No quería convertir cada frase del niño en una profecía. Era un ejercicio escolar, no un mensaje. Aun así, entendí por qué Teresa lo había conservado.
Bajé a buscar un reproductor. Teresa conservaba uno en la cocina, un aparato gris con radio y doble pletina que yo había visto miles de veces. Lo enchufé, pulsé «play» y el motor emitió un zumbido cansado, pero la cinta no giró. Probé a rebobinar. Nada.
—Perfecto —murmuré.
La dejé junto al reproductor sin insistir.
No iba a destrozar una cinta de treinta años por impaciencia.
Escribí a Eva para preguntarle si conocía a alguien que digitalizara casetes antiguos y me respondió con un contacto de un estudio de sonido en Oviedo acompañado de un «¿VES?
VETE A DORMIR A TU CASA». Ignoré la segunda parte. Volví arriba.
Dentro de la tercera caja había cartas y dibujos.
La mayoría no tenían relación con Samu. Eran felicitaciones de alumnos a Teresa, postales de antiguos compañeros, pequeñas notas.
Encontré una hoja doblada cuatro veces. No estaba dirigida a nadie y solo contenía tres líneas: «No llegó.
J. dice que salió del coche. No sé si creerle. » La letra era de Teresa.
Sentí un golpe seco en el pecho, no tanto por lo que decía como por el modo en que mi cabeza intentó completar la inicial de inmediato. Julián.
Podía ser José, Juan, Joaquín, Javier. En un pueblo de doscientas personas habría docenas de nombres con J. Me obligué a colocar la hoja sobre la balda y hacer una fotografía antes de tocarla otra vez. «No llegó.» ¿A dónde?
Recordé la pregunta que Teresa hizo a Beatriz en 2004: si Samu habría aceptado que alguien lo llevara a la Guardia Civil.
Me senté en el suelo del dormitorio, fuera del cuarto. La lluvia golpeaba la ventana con más fuerza y durante unos minutos escuché únicamente eso. No llegó.
Si Teresa había escondido a Samu y después lo había puesto en manos de alguien, el cuarto dejaba de ser el final de su recorrido. Era solo una estación intermedia.
Guardé la nota en una funda transparente que había llevado para documentos y llamé a Irene. Eran casi las nueve. Dudé antes de pulsar, pero contestó.
—Perdona la hora.
—Dígame.
Le leí las tres líneas.
—No mueva el original de la casa —dijo—. Envíeme una fotografía y mañana pasaré a recogerlo.
—¿La J puede ser mi padre?
—Puede ser muchas personas. No quiero que decida eso antes de saberlo.
—Teresa preguntó a Beatriz por la Guardia Civil. ¿Y si alguien tenía que llevar a Samu y no llegó?
—Es una hipótesis. Anótela como hipótesis.
Su disciplina empezaba a irritarme y a protegerme al mismo tiempo.
Después de colgar, abrí la última caja, donde había una manta de picnic, una linterna oxidada, dos pilas sulfatadas y un paquete de galletas vacío.
En el fondo, pegado a una esquina, encontré un pequeño trozo de papel cuadriculado con un dibujo infantil: una casa, un coche verde y tres figuras, una junto a la puerta, otra delante del vehículo y la tercera dentro, visible a través de una ventanilla desproporcionadamente grande.
En una esquina figuraban dos letras, L. A.
, y tardé un instante en aceptar que eran mis iniciales.
No sabía si lo había dibujado yo, pero la escena hizo que me doliera la cabeza con una presión conocida.
Cerré los ojos y volvió la imagen del cristal.
Esta vez había una mano infantil apoyada en una ventanilla trasera.
Abrí los ojos antes de que mi mente añadiera algo más.
Fotografié el dibujo y lo dejé exactamente donde estaba.
Luego cerré el cuarto, o lo más parecido a cerrarlo que permitía una pared abierta, y bajé a la cocina.
La cinta seguía junto al reproductor. La etiqueta «AGOSTO 96» parecía mucho más importante que una hora antes, pero no tenía intención de escucharla hasta que alguien pudiera hacerlo sin dañarla.
Me preparé una infusión y me senté frente a la ventana.
Por primera vez formulé la pregunta sin apartarla enseguida.
Si Samu había salido de aquella casa con alguien, ¿por qué había pasado treinta años creyendo que lo vi alejarse solo hacia el bosque?