La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El viernes intenté volver a mi vida normal.

Mi estudio estaba en la planta baja de un edificio de la calle Cervantes, a quince minutos andando de casa y lo bastante cerca del centro para que los clientes pensaran que pagaban por una ubicación mejor de la que realmente teníamos.

Compartía el espacio con Eva Montero, arquitecta técnica y mi socia desde hacía seis años.

Ella se ocupaba de presupuestos, licencias y de recordarme que las soluciones bonitas también debían cumplir normativa; yo llevaba la parte de interiorismo y dirección estética.

Habíamos sobrevivido a una pandemia, a una subida de materiales que convirtió cada presupuesto en una amenaza y a un cliente que decidió declararse insolvente después de estrenar una cocina de treinta mil euros.

Nuestra amistad dependía, en gran medida, de saber cuándo no preguntar demasiado.

A las nueve y media Eva me miró por encima del monitor.

—Llevas veinte minutos intentando colocar el mismo mueble en un plano.

—Estoy probando opciones.

—Has probado la misma tres veces.

Aparté la mano del ratón.

—Me he distraído.

—Ya.

Conocía lo de Teresa y la herencia, pero no el cuarto. Se lo conté porque necesitaba decirlo en un sitio donde nadie hubiera vivido el verano de 1996. Eva escuchó sin interrumpirme, salvo para preguntar qué tipo de tabique habían encontrado y si la Guardia Civil había precintado la habitación.

—¿Tú te acuerdas del niño? —preguntó al final.

—Sí y no.

—Respuesta poco tranquilizadora.

Le expliqué el recuerdo del bosque, las noticias, la frase que atribuían a Samu y la falta absoluta de memoria sobre la declaración. Eva se quitó las gafas y se las dejó sobre la mesa.

—Mi primer recuerdo es de caerme de un columpio —dijo—. Lo he contado toda la vida. Hace unos años mi hermana me dijo que yo no me caí. Se cayó ella y yo estaba mirando.

—No es exactamente lo mismo.

—No. Solo digo que los recuerdos familiares son una obra colectiva y no siempre respetan la autoría.

—Eso suena a frase de arquitecta.

—Te la facturo luego.

Sonreí por primera vez en toda la mañana.

Trabajamos hasta la una. Teníamos una reunión con una pareja que quería reformar un piso en La Corredoria y la conversación sobre cocinas abiertas, almacenaje y suelo radiante me obligó a concentrarme.

Durante casi dos horas pensé en tabiques sin pensar en el de Teresa.

Fue un alivio tan concreto que al terminar me quedé unos minutos sola en la sala de reuniones, mirando muestras de madera como si fueran tranquilizantes. Luego me llamó Irene.

—Hemos confirmado que el camión pertenecía probablemente a Samuel —dijo—. La hermana ha aportado fotografías donde aparece con él. No es una identificación científica, claro, pero la pegatina y las imágenes coinciden.

—¿Y eso cambia algo?

—Cambia que podemos vincular con bastante seguridad un objeto suyo al cuarto. Quiero hacerle unas preguntas más sobre su tía.

—Cuando quieras.

—También he revisado su declaración de 1996.

Me incorporé en la silla.

—¿Qué dice?

—Prefiero que venga y la leamos aquí. Hay anotaciones, una ampliación y firmas de sus padres.

—¿Una ampliación?

—Declaró dos veces. La primera fue informal, la noche de la desaparición. Al día siguiente se recogió una manifestación más detallada.

Yo solo sabía de una.

—¿Estaban mis padres?

—Sí. Su madre en las dos. Su padre figura en la segunda.

Recordé la comida del día anterior. «Te preguntamos qué había ocurrido.» Esta vez no había contradicción, pero sí una precisión que él no había querido darme.

—¿Puedo ir el lunes?

Quedamos a las diez. Al colgar, Eva seguía en la puerta. Le resumí la llamada y ella no intentó aconsejarme. Se limitó a preguntar si pensaba volver a Fontenosa esa tarde.

—Sí. Quiero revisar las cajas del cuarto con Irene ya enterada. No voy a mover nada sin fotografiarlo.

—¿Y el fin de semana?

—También estaré allí.

—Lucía, tienes una casa en Oviedo con calefacción, ducha y cero habitaciones tapiadas.

—La otra también tiene ducha.

—No es el punto.

Lo sabía. Desde que encontré el cuarto había dormido en Fontenosa todas las noches, aunque al principio pensaba ir y venir.

No estaba segura de si me quedaba porque quería entender la casa o porque temía que, al marcharme, alguien pudiera entrar y alterar algo.

Esa segunda idea me pareció paranoica y no se la dije.

Antes de salir del estudio pasé por mi piso para recoger ropa.

En el armario del dormitorio conservaba una caja con cosas de mi madre que no había abierto desde que murió: cartas, fotos, dos pañuelos, una agenda de teléfonos y un perfume casi vacío.

La vi al buscar una bolsa de viaje y me quedé delante unos segundos.

Hasta aquella semana había pensado en Ana Villamil como la persona que mejor conocía mis miedos infantiles.

Mi madre sabía que yo no soportaba dormir con la puerta cerrada, que durante años me daba asco la leche caliente y que a los doce me despertaba algunas noches convencida de que alguien me llamaba desde fuera de la casa.

Ella decía que empezó después de la desaparición de Samu. Nunca me explicó qué soñaba.

Abrí la caja. Entre fotografías familiares encontré varias de Fontenosa. En una, mi padre lavaba su Renault 19 delante de la casa de Teresa. El coche era verde oscuro. La fotografía estaba fechada a mano por mi madre: «Agosto 95». La matrícula se veía completa.

O-8427-BJ.

Recordé la referencia de prensa: O-84**-B. Me senté en el borde de la cama con la foto en la mano. La coincidencia no probaba nada. Cuatro caracteres comunes no convertían el coche visto junto a la cantera en el de mi padre. Pero ya no podía pensar en aquel Renault como uno entre miles.

Fotografié la imagen y se la envié a Irene con un mensaje breve: «Matrícula del coche de mi padre en 1995. ¿Coincide con lo que consta?» No respondió de inmediato.

Guardé la fotografía aparte y seguí revisando la caja.

Encontré una cinta de vídeo de una comunión, entradas antiguas, un folleto de vacaciones y una fotografía mía con doce años sentada en el asiento trasero del Renault.

Estaba de perfil, mirando por la ventanilla.

Detrás de mí se veía una manta doblada y una bolsa de supermercado.

La misma disposición que había aparecido como un destello al volver del bosque.

Esta vez no intenté recordar más. Metí la foto en la carpeta junto a la otra.

Cuando ya estaba cerrando la caja, Irene respondió.

«La referencia del testigo era incompleta, pero sí: es compatible.

No significa identificación. Hablamos el lunes.

» Leí el mensaje dos veces. Después llamé a mi padre. No contestó.