CAPÍTULO 10
Mi padre me invitó a comer el jueves. Dijo que tenía lentejas y que había hecho demasiadas, una explicación doméstica para una convocatoria que los dos sabíamos que no tenía nada que ver con las lentejas.
Julián vivía en el piso de Oviedo donde yo había crecido, un cuarto con vistas a un patio grande y a la parte trasera de varios edificios de los años setenta.
Mi madre había llenado el salón de plantas, fotografías y muebles que se negaba a cambiar porque «todavía estaban buenos».
Después de su muerte, mi padre retiró las plantas en menos de un mes, cambió las cortinas y donó el sofá.
Conservó, en cambio, un aparador demasiado oscuro para el espacio y una lámpara de pie que siempre había detestado.
Nunca entendí qué criterio seguía para decidir qué cosas pertenecían al duelo y cuáles al trastero.
Llegué a la una y media. Había puesto la mesa para dos y abierto una botella de vino, lo que confirmaba que quería hablar.
—¿Cómo va la obra? —preguntó mientras servía.
—Ahora mismo no hay obra. Hasta que la Guardia Civil termine de revisar el cuarto no voy a tocarlo.
—Eso puede tardar meses.
—Entonces tardará meses.
Se sentó frente a mí. Tenía ojeras y parecía haber dormido mal, aunque habría preferido arrancarse una muela antes que admitirlo.
—He estado pensando en Teresa —dijo.
—Yo también.
—No quiero que saques conclusiones equivocadas sobre ella por lo que has encontrado.
—Todavía no he sacado ninguna.
—Mejor.
Probé las lentejas. Estaban buenas. Mi padre cocinaba mejor desde que vivía solo, una de esas adaptaciones de las que mi madre se habría reído con una mezcla de orgullo y resentimiento.
—¿Cuándo crees que tapió el cuarto? —pregunté.
Él siguió comiendo.
—Ni idea.
—¿Antes o después de que desapareciera Samu?
—Lucía, ya te he dicho que no lo recuerdo.
—Intenta situarlo. Ese verano yo dormía arriba. ¿La puerta estaba abierta cuando llegué en julio?
—Supongo que sí, si tú dices que existía.
—Yo no he dicho que la recuerde.
Levantó la vista.
—Entonces no sé qué quieres que te conteste.
—Lo que recuerdas, no lo que encaja.
La frase lo molestó. Dejó la cuchara y se limpió la boca con la servilleta.
—Recuerdo una casa llena de chavales, a tu tía metiéndose en problemas que no eran suyos y un verano espantoso en el que desapareció un niño.
Recuerdo a Evaristo y a Pilar destrozados.
Recuerdo a tu madre sin dormir porque tú también estabas hecha polvo.
Y recuerdo a Teresa culpándose por no haber visto venir algo que nadie vio.
Si me preguntas en qué fecha levantó una pared, no tengo la menor idea.
—La obra se hizo el veintinueve de agosto de 1996.
Mi padre se quedó quieto. No fue más de un segundo, quizá menos, pero llevaba demasiados días observándolo como para no verlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Hay una factura.
—Pues ya tienes la respuesta.
—Doce días después de que desapareciera Samu.
—También arreglaron la bajante ese verano. ¿Eso forma parte de la conspiración?
—No he dicho conspiración.
—Todavía.
Respiré y me obligué a bajar el tono. No había ido allí para ganar una discusión.
—Beatriz reconoce una manta y una peonza de Samu. Dice que Teresa le preguntó años después si él habría aceptado ir a la Guardia Civil con alguien.
—Ya lo hablamos.
—No. Tú dijiste que Teresa estaba obsesionada. No me explicaste por qué.
—Porque se sentía responsable. Era maestra, conocía al crío, sabía que en esa familia las cosas no iban bien.
—¿Sabía que Evaristo le pegaba?
Mi padre miró el plato.
—Creo que lo sospechaba.
—El otro día dijiste que eso se supo después.
—Una cosa es saberlo y otra sospecharlo.
—¿Tú sospechabas?
—No.
La respuesta volvió a salir demasiado firme.
—Erais amigos.
—Precisamente. Evaristo podía ser un bruto, tenía mal genio, bebía más de la cuenta algunas temporadas. De ahí a pensar que pegaba a un niño hay un trecho.
—Beatriz dice que también pegaba a Pilar.
—Beatriz ha tenido treinta años para ordenar los recuerdos como le ha dado la gana.
—Qué curioso que digas eso.
—¿El qué?
—Que los recuerdos se ordenan. Llevas toda la semana diciéndome que el mío no vale porque tenía doce años, pero el de Beatriz tampoco te sirve porque ha tenido demasiado tiempo para pensarlo.
Julián se recostó en la silla.
—¿Qué quieres de mí?
La pregunta me desarmó más que su enfado.
—Quiero saber qué pasó.
—La policía tampoco lo supo.
—Ahora hay un cuarto que nadie investigó.
—Y puede que no cambie nada.
—Eso no lo sabes.
—Tú tampoco.
Nos quedamos callados. En el patio interior alguien sacudía una alfombra y dos pisos más abajo sonaba una radio. La normalidad del edificio hacía que nuestra conversación pareciera todavía más fuera de lugar.
—¿Mamá me ayudó a preparar la declaración? —pregunté.
Mi padre tardó en responder.
—Te ayudó a recordar.
—No es lo mismo.
—Tenías doce años, estabas asustada y habías visto a un niño que luego desapareció. Te preguntamos qué había ocurrido. Eso es todo.
—En la prensa dicen que Samu me dijo «voy a dar una vuelta». No recuerdo esa conversación.
—Pues entonces la habrás olvidado.
—También dicen que lo vi entre las siete cuarenta y cinco y las ocho. Yo no llevaba reloj.
—La hora se calcula con otras cosas. A qué hora cenaste, a qué hora volviste, cuándo llamó alguien. Estás convirtiendo detalles normales de una declaración en una prueba de que tus padres te metimos frases en la cabeza.
La formulación me hizo mirarlo con atención. Yo no había dicho «meter frases en la cabeza».
—¿Eso crees que estoy pensando?
—No sé lo que piensas. Llevas cuatro días mirándome como si yo tuviera una respuesta escondida en un cajón.
Apartó el plato y se levantó para recoger.
Me sorprendió ver que le temblaba ligeramente la mano derecha al coger la fuente.
Mi padre tenía temblor esencial desde hacía años; no era una señal de culpa.
Me repetí ese dato porque empezaba a resultarme demasiado fácil transformar cualquier gesto en significado.
—Papá —dije—. ¿Estuviste en casa de Teresa el día que desapareció Samu?
Se volvió con la fuente entre las manos.
—Estuve allí muchos días aquel verano.
—Ese día.
—No lo recuerdo.
—¿Y en La Granda?
La expresión cambió, esta vez sin duda.
—¿Qué tiene que ver la cantera?
—En el periódico aparece un Renault verde visto allí entre las ocho y las nueve. Tú tenías uno.
—Y media Asturias. ¿Sabes cuántos Renault 19 se vendieron en aquellos años?
—No.
—Pues muchos.
Entró en la cocina. Fui detrás, pero no seguí interrogándolo. No tenía sentido empujarlo hasta que todas sus respuestas fueran defensivas; así solo conseguiría que incluso la verdad sonara a mentira. Antes de irme, Julián me acompañó a la puerta.
—Vende la casa —dijo.
—Eso pienso hacer.
—Hazlo pronto. Arregla lo imprescindible y ciérralo. Teresa llevaba años viviendo demasiado dentro de aquella historia.
—¿Qué historia?
Mi padre bajó la mirada hacia las llaves que yo tenía en la mano.
—La de Samu.
La puerta del ascensor se abrió detrás de mí.
Entré sin despedirme con otro beso. Mientras bajaba, pensé que había conseguido al menos una respuesta.
Julián podía no recordar cuándo Teresa tapió un cuarto, pero sabía perfectamente que su hermana había seguido viviendo dentro de la desaparición de Samu.