CAPÍTULO 9
Fede encontró la factura del tabique en una caja que yo había revisado dos veces.
Llegó el miércoles después de comer para terminar de retirar los restos de obra alrededor del hueco, pero antes de empezar quiso ver los papeles que había separado en el comedor.
Buscaba referencias a reformas anteriores porque, según dijo, «las chapuzas antiguas suelen avisar de dónde está la siguiente».
Media hora después levantó una hoja doblada que estaba pegada al interior de una carpeta por una mancha de humedad.
—¿Esto te sirve?
—Así que sí sabemos cuándo lo cerró.
Fede tomó la hoja por una esquina y la leyó de nuevo.
—Parece que sí.
—¿Te acuerdas de esta empresa?
—Mi padre trabajó con ellos alguna vez. El dueño era Manolo Arboleya. Murió hace años, pero su hijo vive en Nava.
—¿Crees que recordará una obra de hace treinta años?
—Ni de broma. Pero igual conserva papeles.
Fotografié la factura y se la envié a Irene. Tardó menos de cinco minutos en responder: «Recibido. Guarde original.» Fede se apoyó en el respaldo de una silla.
—Lucía, tengo que decirte una cosa y no sé si te va a servir de algo.
—Eso suele ser una introducción estupenda.
—Ayer me preguntaste si me acordaba de aquel verano.
—No exactamente, pero adelante.
—Yo me acuerdo de que dejaste de venir de golpe.
—Mi padre dice que porque empecé el instituto.
—Puede ser después. Pero ese mismo agosto te llevaron a Oviedo antes de tiempo.
Lo miré.
—¿Cuándo?
—No sé el día. Después de que desapareciera Samu. A la semana o así. Mi madre dijo que te habías puesto mala.
No tenía ningún recuerdo de estar enferma.
—¿Qué me pasó?
—Ni idea. Tendríamos doce años. A nosotros nos dijeron que te había dado fiebre.
—¿Y volví ese verano?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí, porque las fiestas de final de agosto las pasé con Berto y con Nuria, y normalmente estabas tú. Además... —Se rascó la barba, incómodo—. Antes de irte estabas rara.
—¿Rara cómo?
—No sé. No quería decirlo así.
—Pues ya lo has dicho.
Fede dejó escapar una risa breve que no llegó a convertirse en sonrisa.
—Te enfadabas por todo. Un día te encontramos llorando detrás del cobertizo y no quisiste decir por qué. Y repetías que no querías dormir arriba.
Sentí frío en los brazos pese a que el comedor estaba templado.
—¿En qué habitación dormía?
—En la del fondo, la tuya.
—Entonces no dormía junto al ropero.
—No. Pero estaban en la misma planta.
—¿Dije algo de Samu?
Fede pensó antes de responder.
—Una vez dijiste que había estado aquí.
La frase cayó entre nosotros con una sencillez que la hizo más inquietante.
—¿Aquí, en casa de Teresa?
—Eso entendí yo. Estábamos fuera, junto al columpio viejo. Berto dijo que Samu se habría largado a Francia porque su padre le pegaba. Tú te pusiste hecha una furia y dijiste que no se había largado, que había venido aquí.
—¿Y después?
—Nada. Teresa salió a buscarnos para cenar y tú te callaste.
—¿Se lo contaste a alguien?
—No me acordaba hasta ayer. O creía que no me acordaba. Ya sabes cómo funciona esto: aparece una pared, sale un nombre y de repente todo parece importante.
Agradecí que dudara de sí mismo. Con otra persona habría sonado a excusa; en aquel momento era exactamente lo que necesitaba escuchar.
—¿Podría haberse referido a otro día? Samu venía a casa.
—Claro. Por eso no te digo que significara nada.
Subimos a la habitación. Fede quería retirar el resto de ladrillo alrededor de la puerta sin tocar el interior.
Mientras trabajaba, yo me senté en una de las camas y observé el marco oculto.
La madera tenía arañazos, restos de pintura verde y un pequeño agujero donde había estado el pomo.
El tabique no se había construido para crear un escondite: se había levantado para borrar una puerta que ya existía.
—¿Por qué dejaría Teresa las cosas dentro? —pregunté.
Fede apagó la herramienta.
—Si eran de Samu, quizá porque no quiso tirarlas.
—Podía guardarlas en una caja.
—Sí.
—Podía dárselas a la familia.
—También.
—En cambio cerró el cuarto entero.
—Eso ya no es una pregunta de albañil.
Debajo, «LUCÍA NO MIRES» era más pequeña y tenía otra inclinación, aunque treinta años de humedad y una superficie irregular hacían absurdo sacar conclusiones sobre la mano que la escribió. Tomé varias fotografías con luz lateral para que se viera el grafito.
—¿Tú sabes cómo escribía yo de niña?
—Con faltas. Como todos.
—Muy útil.
Fede sonrió. Cuando terminó, la puerta antigua quedó casi completa, aunque seguía bloqueada desde el otro lado.
El cuarto parecía menos secreto y más real.
Eso, paradójicamente, me inquietó más. Un hueco oscuro podía pertenecer a cualquier historia; una puerta con sus bisagras, una balda de sábanas y un vaso de naranjas pertenecía a una tarde concreta en la que alguien había decidido que Samu podía quedarse allí.
Bajamos a recoger. Antes de marcharse, Fede señaló la factura.
—Llama al hijo de Arboleya si quieres. Yo puedo conseguirte el número.
—Hazlo.
—¿Y tu padre? ¿Le has dicho la fecha?
—Todavía no.
—¿Por qué?
No supe responder de inmediato. Hasta entonces había llamado a Julián cada vez que encontraba algo. Aquella tarde, por primera vez, preferí ver qué decía antes de contarle lo que yo sabía.
—Porque quiero preguntarle cuándo cree él que se cerró el cuarto.
Fede me miró con una mezcla de aprobación y preocupación.
—Eso ya suena menos a reforma.
—Hace dos días que dejó de serlo.