CAPÍTULO 8
La hemeroteca de la biblioteca de Infiesto conservaba los periódicos locales que internet había digitalizado a medias, y el martes por la mañana fui allí con una libreta, el portátil y la desagradable sensación de estar investigando una versión infantil de mí misma.
La bibliotecaria, una mujer llamada Celia que debía de rondar mi edad, conocía el caso.
No hizo preguntas innecesarias cuando le expliqué qué buscaba; me condujo a un lector de microfilm y me enseñó cómo localizar las fechas.
Después se alejó con la discreción de quien lleva años viendo a personas buscar necrológicas, accidentes y noticias familiares que no suelen terminar bien.
En varios artículos mi declaración era tratada como el último punto fiable de la cronología.
Ninguno decía mi nombre, pero algunos añadían datos: «una niña que pasa el verano en casa de familiares», «de doce años», «conocida del menor».
Uno afirmaba incluso que «la testigo habló brevemente con Samuel antes de que este continuara hacia el bosque». No recordaba ninguna conversación.
Cerré los ojos y traté de recordar el coche.
El interior olía a tabaco aunque él aseguraba que solo fumaba con la ventanilla abierta.
Los asientos eran grises. En la parte trasera yo llevaba una bolsa con cintas de casete y una manta para los viajes.
La matrícula no aparecía en ninguna imagen de mi memoria.
—¿Necesitas otra bobina? —preguntó Celia.
Levanté la cabeza.
—Todavía no. ¿Tienes algún archivo de las fiestas de Fontenosa de ese año? Programas, fotografías, cosas así.
—Puede que haya algo en el fondo municipal. ¿Por Samu?
—Sí.
Dudó antes de hablar.
—Yo tenía trece años. Me acuerdo de la búsqueda.
—¿Eras de aquí?
—De Sevares. Vinimos dos tardes con mis padres. Había muchísima gente. Durante semanas se hablaba de lo mismo.
—¿Recuerdas a mi tía Teresa Arce?
La pregunta le hizo fruncir el ceño.
—La maestra.
—Sí.
—No me dio clase, pero la conocía. Era... —Buscó una palabra—. Muy seria.
—¿Sabes si participó en la búsqueda?
—Todo el mundo participó. Ella también, supongo.
No era información útil, pero agradecí que no intentara convertir un recuerdo vago en una certeza.
Pedí la siguiente bobina. En el cuarto día encontré una nota sobre la ampliación del rastreo a varios pozos y un antiguo cargadero de piedra.
La cantera de La Granda aparecía citada en una lista de lugares revisados «sin resultado».
Eso pareció restar importancia al Renault.
Si el lugar había sido registrado, ¿qué podía significar que un coche pasara por allí?
Seguí hasta finales de agosto. La cobertura disminuía. Una semana después de la desaparición se mencionaba que la familia consideraba posible una retención por parte de un adulto. Dos semanas después, la noticia ocupaba apenas un recuadro. Encontré algo sobre mí en el ejemplar del 3 de septiembre.
«Fuentes próximas a la investigación mantienen la validez del testimonio de la menor que situó a Samuel en la entrada del Robledal.
La niña, cuya identidad se preserva, habría reconocido el jersey que vestía el desaparecido y recordado que este le dijo que «iba a dar una vuelta».
» Volví a leer la frase. Iba a dar una vuelta.
Lo que apareció en mi memoria no tuvo forma de escena, sino la voz de mi madre.
«Dijo que iba a dar una vuelta, ¿te acuerdas? »
La oí con una claridad incómoda. No sabía dónde estábamos ni cuándo lo dijo, solo reconocí el tono: suave, paciente, el que utilizaba cuando quería ayudarme a llegar a una respuesta que ella ya conocía. Anoté la frase en la libreta y marqué al lado: ¿MAMÁ?
A la hora de comer salí a tomar un café y llamé a Irene. Le conté lo del Renault. La sargento ya había visto la referencia en el expediente.
—Se comprobó —dijo—. La persona que dio el aviso no pudo aportar matrícula completa y habló de un coche que pasó por la zona entre las ocho y las nueve. Había varios vehículos similares.
—Mi padre tenía uno.
—Eso también consta.
Me apoyé en la barra de la cafetería.
—¿Consta?
—Se tomaron datos de vehículos de familiares y vecinos. No significa que se sospechara de él.
—¿Puedo saber si declaró?
—Lucía, entiendo que ahora todo le parezca relacionado, pero no voy a reconstruir por teléfono un expediente de treinta años. Cuando tenga revisados los documentos que pueda enseñarle, hablamos.
—Mi testimonio dice que Samu me dijo que iba a dar una vuelta. Yo no recuerdo haber hablado con él.
—Eso sí me interesa. Anótelo exactamente como lo está haciendo. Y no fuerce el recuerdo.
—¿Cómo se fuerza un recuerdo?
—Leyendo versiones, mirando fotos y preguntándose cien veces qué pasó hasta que el cerebro rellena huecos. Usted misma puede acabar convencida de algo que solo leyó ayer.
La advertencia coincidía con lo que yo temía.
Volví a la biblioteca y pasé otra hora revisando fotografías.
En una imagen de la búsqueda aparecía mi padre.
Estaba junto a Evaristo Noriega, los dos mirando un mapa apoyado sobre el capó de un coche.
Julián llevaba una chaqueta clara y Evaristo una sudadera oscura.
Parecían dos hombres preocupados por un niño desaparecido.
Nada en la fotografía permitía leer otra cosa.
En otra, Teresa estaba al fondo de un grupo de voluntarios. No miraba hacia el fotógrafo. Tenía los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara a alguien fuera de encuadre. Guardé las imágenes y cerré el ordenador. Antes de marcharme, Celia apareció con una carpeta marrón.
—He encontrado programas de fiestas y algunas fotos donadas por vecinos. No puedes llevártelas, pero puedes mirarlas aquí.
Le di las gracias. Entre recibos de rifas y fotografías de verbenas apareció una imagen de julio de 1996.
Yo estaba sentada en un muro junto a Samu y otros cuatro niños.
Él no llevaba jersey rojo. Llevaba una camiseta verde y se reía con la cabeza echada hacia atrás.
Me quedé mirándolo un buen rato. En mis recuerdos posteriores a su desaparición, Samu siempre se había quedado de espaldas.