La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Aquella tarde caminé hasta El Robledal por primera vez desde que era adolescente.

No fue una decisión solemne. Llevaba más de una hora intentando trabajar en el salón y había corregido tres veces el mismo presupuesto sin enterarme de lo que hacía.

Cada vez que levantaba la vista veía la escalera, y detrás de la escalera imaginaba el hueco abierto en la pared.

A las cinco cerré el portátil, me puse las botas que había dejado en el coche y salí por la puerta de la cocina.

El camino comenzaba detrás de las últimas casas, bordeaba un prado y cruzaba un arroyo por un puente de hormigón que en mis recuerdos era de madera.

El cambio me irritó de una manera absurda.

Yo necesitaba que el lugar fuese igual para comprobar si mi memoria tenía sentido y el pueblo, con muy poca consideración, había seguido existiendo durante treinta años.

Caminé despacio. Había llovido la noche anterior y las zonas de sombra conservaban barro, aunque el cielo estaba despejado.

En septiembre los castaños empezaban a soltar hojas marrones y erizos verdes que crujían al pisarlos.

El olor húmedo era familiar. También el sonido del agua bajo el puente y una curva del camino donde dos troncos crecían casi pegados. Allí apareció el recuerdo.

Samu con el jersey rojo, unos metros por delante. Yo le decía algo que no conseguía oír. Él no se giraba. Después una rama me golpeaba en la cara, yo apartaba hojas con una mano y, cuando volvía a mirar, ya no estaba. Me detuve.

La escena era tan clara que durante años la había tratado como una fotografía.

El problema era que, al intentar ampliarla, no aparecía información nueva.

No sabía qué había dicho. No sabía de dónde veníamos ni por qué estábamos allí.

No veía su cara. Ni siquiera podía asegurar que aquel jersey fuese rojo; podía ser granate, naranja o el color que acabó fijándose porque la prensa repitió durante días que Samu llevaba un jersey rojo cuando desapareció.

Saqué el móvil y abrí una de las noticias que había guardado. Según la descripción oficial, llevaba «jersey de punto rojo con franja azul marino». En mi memoria no había ninguna franja.

Seguí andando hasta el punto donde el sendero se dividía.

A la derecha se internaba en una zona más cerrada del bosque; a la izquierda bajaba hacia una pista por la que ahora circulaban tractores.

Recordaba haber declarado que Samu tomó la derecha.

O quizá recordaba haber oído a mi madre decirlo tantas veces que ya no sabía quién había construido la frase.

Me senté en una piedra húmeda y llamé a mi padre.

—¿Dónde estoy? —pregunté cuando contestó.

—Espero que no sea una adivinanza.

—En El Robledal.

Suspiró.

—Lucía.

—Solo quiero preguntarte una cosa. ¿Recuerdas qué hora era cuando dije que vi a Samu aquí?

—Ya te he dicho que no recuerdo los detalles.

—En el periódico aparece poco antes de las ocho.

—Pues sería eso.

—¿Cómo lo sabía yo?

—¿Cómo sabías qué?

—La hora.

Hubo ruido al otro lado, una puerta o un cajón cerrándose.

—Porque mirarías un reloj. Porque Teresa te habría mandado volver a cenar. Porque lo dijiste aproximadamente y la policía acotó la hora. No sé. Estás buscando un problema donde quizá no lo hay.

—¿Mamá estaba conmigo cuando declaré?

—Seguramente.

—¿Y tú?

—Creo que también.

Era la primera vez que se incluía en la escena. El día anterior había dicho que suponía.

—¿Me hicisteis preguntas antes?

—Claro. Había desaparecido un niño al que tú habías visto. ¿Qué querías que hiciéramos, dejarte tranquila hasta que se nos olvidara?

Su irritación me devolvió durante un instante a la adolescencia: la certeza de que había formulado mal una pregunta y que, por tanto, cualquier enfado posterior era responsabilidad mía.

—Beatriz ha venido esta mañana.

—Ya te dije que lo haría.

—Dice que Teresa le preguntó años después si Samu habría aceptado que alguien lo llevara a la Guardia Civil.

Esta vez el silencio duró más.

—Teresa se obsesionó durante años.

—¿Con qué?

—Con haber podido hacer algo.

—¿Qué podía haber hecho?

—Lucía, no lo sé. Le daba clases, conocía a la familia. Cuando desaparece un niño todo el mundo se pregunta qué señal no vio.

—Beatriz dice que Evaristo le pegaba.

—Eso se supo después.

—Tú eras amigo suyo.

—Era amigo de medio pueblo. No significa que supiera cómo trataba a sus hijos en casa.

Podía ser cierto. La violencia doméstica tenía una enorme capacidad para convivir con saludos, partidas de cartas y barbacoas sin filtrarse al exterior.

Aun así, pensé en Evaristo dando palmadas a mi padre en la espalda y en la rapidez con la que Julián había querido cerrar aquella conversación desde el principio.

—Voy a colgar —dijo—. Tengo que salir.

—Vale.

—Y no te quedes por ahí cuando anochezca. Los caminos están peor de lo que recuerdas.

Cortó. La advertencia habría podido ser cariñosa si no hubiese llegado envuelta en todo lo anterior.

Continué hasta la parte alta del sendero.

La prensa de 1996 decía que yo vi a Samu «internarse en una zona boscosa en dirección norte».

A los doce años no tenía ni idea de dónde estaba el norte.

La frase no podía ser mía, aunque evidentemente un agente podía haber traducido mi indicación a lenguaje de informe.

Me obligué a no convertir cada detalle en una prueba de manipulación.

Esa era otra forma de engañarse: decidir primero la respuesta y obligar después a los hechos a encajar.

Lo hacía con clientes que juraban que una habitación era «imposible de amueblar» y solo aceptaban medidas que confirmaran su impresión.

Yo les pedía el plano, colocaba cotas y empezaba de nuevo.

Necesitaba hacer lo mismo con mi recuerdo.

En el camino de vuelta me desvié hacia el puente antiguo. Desde allí se veía, entre árboles, la parte trasera de la casa de Teresa. La distancia me sorprendió. De niña había pensado que el bosque quedaba lejos; en realidad podía llegar caminando en menos de diez minutos.

Me quedé mirando la ventana de mi antiguo dormitorio, una pequeña mancha clara entre el verde. A su izquierda estaba la ventana del cuarto de las dos camas. Detrás de esa pared quedaba ahora el espacio abierto.

La imagen de Samu volvió, pero esta vez no apareció entre los árboles. Vi un cristal empañado y un reflejo verde. Un coche.

Fue apenas un destello sin continuidad y me negué a llamarlo recuerdo. Podía haberlo provocado cualquier cosa: la conversación con mi padre, las fotografías, el color de la verja.

Al entrar en casa anoté en una libreta dos columnas.

En la primera escribí «LO QUE RECUERDO».

En la segunda, «LO QUE SÉ POR OTROS». Bajo la primera puse: bosque, humedad, jersey rojo, Samu alejándose, rama en la cara.

Bajo la segunda: poco antes de las ocho, dirección norte, última testigo, salió enfadado de casa, búsqueda en El Robledal. Después añadí una tercera columna.

«LO QUE NO SÉ.»

La lista fue mucho más larga.