CAPÍTULO 6
La Guardia Civil se llevó únicamente dos cosas: una de las fotografías donde aparecía Samu y el camión de plástico con las iniciales en la base.
Irene explicó que, de momento, no iban a tratar el cuarto como una escena criminal porque no había indicios de que allí se hubiera cometido un delito, pero sí convenía documentar el hallazgo y comprobar el origen de los objetos.
—El expediente se cerró sin resolver —me dijo en el salón—. Esto no significa que vaya a reabrirse formalmente mañana. Primero hay que saber si aporta algo nuevo.
—¿Un niño desaparecido estuvo escondido en una habitación que se tapió después y eso puede no aportar nada?
—No sabemos si estuvo escondido. Sabemos que hay objetos probablemente suyos en un espacio de una casa que frecuentaba. La diferencia importa.
Me gustó que no dramatizara. También me irritó.
—¿Y mi declaración?
—La consultaré completa.
—¿Puedo verla?
—Tendremos que ver qué se puede facilitar y cómo. Han pasado treinta años y usted era menor. Déjeme mirarlo.
Mi padre se marchó poco después que ellos. Antes de subir al coche me pidió que no hablara con periodistas si aparecía alguno, como si Fontenosa hubiera quedado rodeada ya por unidades móviles de televisión.
—No tengo intención.
—Y ten cuidado con Beatriz.
—¿Beatriz Noriega?
—Sí. Si se entera, vendrá. No le faltan motivos para estar enfadada con medio mundo.
—¿Qué problema tienes con ella?
—Ninguno. Pero ha pasado su vida buscando responsables. Para ella cualquiera que sepa algo y no se lo haya contado es culpable.
—Quizá porque alguien sabía algo y no se lo contó.
Mi padre cerró la puerta del coche sin responder.
Beatriz llegó al día siguiente a las diez y media.
Yo estaba en la cocina hablando por teléfono con una clienta cuando vi un Seat gris detenerse junto a la verja.
Bajó una mujer alta, de pelo oscuro con mechones blancos en las sienes, vaqueros y una chaqueta verde.
La reconocí por las fotografías antes de que llamara al timbre.
A los quince años se parecía mucho a Samu; a los cuarenta y cinco, el parecido seguía en los ojos.
Terminé la llamada lo más rápido posible y abrí.
—Lucía Arce.
No era una pregunta.
—Sí.
—Soy Beatriz Noriega.
—Lo sé.
Asintió, como si eso confirmara algo que no me explicó.
—La Guardia Civil me llamó anoche. Quiero ver el cuarto.
No pidió permiso con cortesía, pero tampoco intentó entrar. Se quedó al otro lado de la verja esperando mi decisión. Pensé en mi padre diciéndome que tuviera cuidado y aquello bastó para que abriera.
—Pasa.
Subimos sin hablar. El plástico seguía en la abertura y la luz del dormitorio hacía que el interior pareciera aún más oscuro. Beatriz se detuvo antes de entrar. La vi tensar la mandíbula y apoyarse un segundo en el marco.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
Entró despacio. No tocó nada. Miró la manta, los tebeos, el vaso, las cajas, y cuando llegó a la peonza se cubrió la boca con una mano.
—Esa era suya.
—¿Estás segura?
—Mi abuelo se la hizo. Mira debajo.
Me agaché sin cogerla. En la base, casi borradas, había dos pequeñas marcas quemadas en la madera: una S y una N.
—La tenía siempre en casa de mi abuela —dijo—. Se la llevaba a todas partes durante una temporada. Después dejó de jugar con ella porque decía que ya era de pequeños.
Su voz se quebró apenas, no lo suficiente para convertir la escena en un llanto. Se agachó junto a la manta y examinó el borde.
—Y esto era de casa.
—No tiene etiqueta.
—No hace falta. Mi madre tenía dos iguales. Las cosió ella con lana azul en las esquinas porque se deshilachaban.
Señaló un remate irregular. Yo no había reparado en él.
—¿Cómo han llegado aquí? —preguntó.
—No lo sé.
Beatriz se incorporó y me miró por primera vez con una hostilidad abierta.
—Tu tía sí lo sabía.
—Mi tía está muerta.
—Ya.
La palabra me golpeó más de lo que debería. No había elegido que Teresa muriera antes de que apareciera el cuarto, pero entendí la injusticia de que para Beatriz todas las preguntas volvieran a quedarse delante de una persona que no podía responder.
—Yo encontré esto anteayer —dije—. Llamé a la Guardia Civil en cuanto entendí quién podía ser Samu. No estoy intentando ocultar nada.
—No he dicho que tú lo ocultes.
—No hace falta.
Beatriz miró de nuevo la pared. Leyó «SAMU» y después la frase con mi nombre.
—¿Lo escribiste tú?
—No lo recuerdo.
—Siempre dices eso.
Me quedé quieta.
—¿Perdona?
—En el noventa y seis tampoco recordabas bien. Un día dijiste que lo habías visto cerca del puente y al siguiente que era en el camino del bosque.
—Yo declaré que lo vi en El Robledal.
—Eso acabaste declarando.
El verbo me puso a la defensiva.
—Tenía doce años.
—Yo quince. No éramos bebés.
—No sé qué quieres que haga con eso.
Beatriz soltó el aire y se apartó de mí. Durante unos segundos examinó una de las fotografías que aún quedaban sobre la balda.
—Quiero saber dónde estuvo mi hermano desde que salió de casa hasta que desapareció. Toda la vida nos dijeron que huyó enfadado, que se metió en el bosque, que quizá alguien se lo llevó después. Y ahora resulta que parte de sus cosas estaban aquí, detrás de una pared.
—La pared se levantó después. El cuarto existía antes.
—¿Cuánto después?
—No lo sé todavía.
—¿Y Teresa nunca te habló de él?
—No.
—¿Nunca?
—No.
Se volvió hacia mí.
—A mí sí.
Sentí una presión incómoda en el estómago.
—¿Cuándo?
—En 2004. Me paró a la salida de la farmacia. Me preguntó si seguíamos buscando, si mi madre seguía viviendo con mi padre y si yo creía que Samu habría ido a la Guardia Civil si alguien le hubiese ofrecido llevarlo.
—¿Qué le dijiste?
—Que claro. Que cualquier sitio habría sido mejor que volver a casa aquella noche.
—¿Te explicó por qué preguntaba?
—No. Se marchó. Dos días después fui a buscarla y negó haber querido decir nada. Dijo que llevaba años dándole vueltas y que no tenía pruebas.
Bajamos al salón. Beatriz no quiso café, pero aceptó agua. Se sentó en el borde del sofá como si no quisiera acomodarse demasiado.
—Mi padre pegaba a Samu —dijo sin rodeos—. También a mi madre. A mí una vez. Eso no aparece en casi ninguna noticia porque en el noventa y seis mi madre lo negó y yo también. Teníamos miedo.
No supe qué contestar. En mis recuerdos, Evaristo Noriega era un hombre grande que conducía una furgoneta de taller y saludaba a mi padre con palmadas en el hombro. Habían sido amigos.
—Mi padre conocía bien a Evaristo —dije.
Beatriz me sostuvo la mirada.
—Demasiado bien.
Cuando se marchó, me quedé junto a la verja viendo cómo su coche descendía por la pista.
Por primera vez desde que abrimos el tabique, el cuarto dejó de parecer una rareza de la casa y se convirtió en algo mucho más concreto: un lugar donde un niño asustado había podido sentirse a salvo. Y alguien había decidido cerrarlo.