La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Mi padre llegó antes que la Guardia Civil.

No le había pedido que viniera. Lo llamé después de hablar con Irene porque, si la policía aparecía en casa de Teresa y terminaba enterándose por otra persona, Julián convertiría el agravio en un asunto paralelo que yo no tenía ninguna gana de gestionar.

Le conté lo esencial: el cuarto, las fotografías, el nombre de Samu.

Al otro lado hubo un silencio tan largo que comprobé la pantalla por si se había cortado la llamada.

—¿Papá?

—Sí. Estoy aquí.

—Van a venir esta tarde a verlo.

—Voy para allá.

—No hace falta.

—Lucía, voy para allá.

Treinta y cinco minutos después oí su coche en la pista.

Julián cumplía setenta y dos en noviembre, aunque se movía con la energía impaciente de alguien que lleva toda la vida convencido de que los demás tardan demasiado en hacer las cosas.

Entró sin quitarse la chaqueta, me dio un beso rápido y miró hacia la escalera.

—Enséñamelo.

—Hola a ti también.

—No estoy para bromas.

—Yo tampoco.

Subimos. Al ver la abertura, frunció el ceño como si la obra en sí le molestara. No quiso entrar en el cuarto. Se quedó a un metro del plástico, con las manos en los bolsillos, mientras yo le enseñaba desde fuera las fotografías y la inscripción de la pared.

—¿Te acordabas? —pregunté.

—De ese hueco, vagamente.

—Esta mañana dijiste que podía ser una despensa.

—Lucía, han pasado treinta años. No llevo un inventario de las habitaciones de tu tía.

—Pero sí sabías que estaba cerrado.

—Claro que estaba cerrado. Lo estoy viendo.

No era una respuesta y él lo sabía. Se inclinó un poco hacia la abertura, sin atravesarla.

—¿Has tocado las cosas?

—Al principio. Después he llamado a la Guardia Civil.

—No entiendo para qué.

Me reí, más por incredulidad que por humor.

—Hay objetos de un niño desaparecido dentro de una habitación tapiada en casa de tu hermana.

—Hay objetos que podrían ser suyos. Samu venía por aquí, como venían muchos chavales. Teresa daba clases de repaso, les dejaba entrar, les daba merienda. No conviertas cuatro juguetes viejos en otra cosa antes de saber qué significan.

—Su nombre está en la pared.

—Los niños escriben sus nombres en las paredes. Tú escribiste el tuyo en el garaje de casa y casi matas a tu madre del disgusto.

La referencia me desconcertó porque era verdad. Yo había escrito «LUCÍA» con rotulador azul detrás de una estantería a los nueve años. Mi madre lo descubrió al cambiar los muebles y me obligó a limpiarlo hasta que desapareció la pintura.

—También pone mi nombre —dije.

Desde que había llegado no me había mirado así: no parecía asustado, sino atento a algo que yo todavía no comprendía.

—¿Qué?

Le señalé la frase. Julián entrecerró los ojos, pero no se acercó.

—Eso puede haberlo escrito cualquiera.

—Ya.

—¿Tú lo recuerdas?

—No.

—Entonces no te hagas daño buscando un significado que quizá no tiene.

Bajó antes que yo. Lo encontré en la cocina sirviéndose agua del grifo. Conocía todavía la casa lo suficiente para saber dónde estaban los vasos sin abrir dos armarios. Me apoyé en la encimera y esperé a que hablara.

—La desaparición de ese chico fue horrible —dijo al fin—. Para los padres, para el pueblo, para todos. Tu tía se quedó muy tocada.

—¿Por qué?

—Porque le daba clases alguna vez y porque Teresa era así. Se hacía responsable de todo.

—Yo no recordaba que Samu viniera a casa.

—Tenías doce años.

—Precisamente por eso. Recuerdo a Fede, a Nuria, a Berto, a media pandilla entrando y saliendo. De Samu recuerdo el bosque, no esta casa.

Julián dejó el vaso en el fregadero.

—La memoria no funciona como un vídeo. Tú lo sabes.

Me molestó que utilizara una idea razonable para cerrar la conversación.

Mi oficio consistía, en parte, en desconfiar de la primera impresión: una habitación podía parecer pequeña por el color y no por las dimensiones; una pared podía parecer estructural y ser una partición; una casa podía contar una historia falsa si solo mirabas los acabados. La memoria, supuse, no era más fiable.

—¿Por qué dejé de venir después de ese verano?

—Porque empezaste el instituto, querías estar con tus amigas y ya no te apetecía pasar agosto en un pueblo. Lo normal.

—Fede dice que durante un tiempo repetía que no quería volver a casa de Teresa.

La frase salió sin que yo hubiera previsto utilizarla todavía. No era exactamente lo que Fede había dicho; esa conversación aún no había ocurrido. Solo tenía la impresión de que él recordaba cosas que yo no. Mi padre frunció el ceño.

—¿Fede te ha dicho eso?

Me di cuenta de mi error.

—No. Era una forma de hablar.

—Pues no inventes recuerdos con la ayuda de la gente. Bastante hubo ya entonces.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que durante semanas todo el mundo tenía una versión. Uno había visto una furgoneta, otro había oído gritos, otro juraba que Samu se quería escapar de casa. La gente hablaba y hablaba. A ti te interrogaron varias veces. Tu madre terminó harta.

—¿Tú estabas cuando declaré?

—Supongo.

—¿Supones?

—No lo recuerdo, Lucía.

Repitió la frase con cansancio, pero yo empezaba a notar que su manera de no recordar tenía bordes muy precisos.

Ignoraba quién estuvo conmigo al declarar, pero sabía que me interrogaron varias veces.

No recordaba para qué servía el cuarto, pero sabía que Teresa recibía a Samu allí.

Podía ser normal. Treinta años desordenaban cualquier historia.

El timbre sonó a las cuatro y diez. Irene Castañón llegó con un guardia joven que se presentó como David.

Les enseñé el cuarto, respondí otra vez a preguntas y dejé que fotografiaran todo con calma.

Mi padre permaneció abajo al principio, pero Irene le pidió también sus datos y quiso saber qué recordaba de la obra.

—Muy poco —dijo él—. Mi hermana cambiaba cosas sin avisar.

—¿Sabe si Samuel Noriega estuvo alguna vez en esta vivienda?

—Sí, seguramente. Teresa daba apoyo escolar a varios niños.

—¿Sabe si estuvo aquí el día de su desaparición?

Julián negó con la cabeza.

—No.

Irene lo observó unos segundos y tomó nota. No había acusación en su expresión. Quizá por eso me fijé más en la respuesta. No había dicho «no lo sé». Había dicho «no».