CAPÍTULO 4
Fede se marchó poco después de las once.
Antes de irse cubrió el hueco con un plástico sujeto al marco de la puerta para que el polvo no se extendiera por la planta y me hizo prometer que no tiraría nada del cuarto hasta saber qué era aquello.
Me habría reído de la advertencia si no hubiese notado que necesitaba formularla también para sí mismo.
—Tengo una obra en Villamayor hasta las cinco —dijo en el recibidor—. Si quieres que vuelva luego, vuelvo.
—No hace falta.
—¿Vas a quedarte sola?
—Fede, llevo quince años entrando sola en pisos donde hay gente que cree que un tabique de carga se puede quitar porque molesta al sofá. Creo que sobreviviré a una casa vacía.
Sonrió, pero no insistió. Al cerrar la verja, el sonido de la furgoneta descendiendo por la pista se perdió enseguida entre los árboles.
Me quedé en el salón con el portátil abierto, una taza de café y la sensación poco razonable de que la casa había cambiado de tamaño desde que sabíamos que existía el cuarto. Busqué todo lo que pude sobre Samu.
La digitalización de prensa regional era irregular.
Algunos artículos podían leerse completos; otros solo aparecían como imágenes borrosas o referencias en índices.
Encontré la noticia del día posterior a su desaparición, varias piezas publicadas durante la primera semana de búsqueda y un reportaje del décimo aniversario.
Samu tenía diez años, medía un metro treinta y ocho, llevaba pantalón vaquero, zapatillas blancas y un jersey rojo.
Había salido de su casa sobre las seis y media de la tarde.
Su madre afirmó entonces que se enfadó porque no le dejaban ir a las fiestas de un pueblo vecino y que probablemente se marchó para asustarlos.
Me sorprendió lo familiar que resultaba aquella versión. Durante años yo también había pensado en Samu como un niño que se había ido después de una rabieta.
Los equipos de búsqueda rastrearon El Robledal, las orillas del río, varios caminos forestales y dos cuadras abandonadas, con vecinos, guardias civiles, voluntarios y perros que también revisaron pozos y zonas de monte difícil.
Dos días después ampliaron el perímetro hacia el norte porque un hombre afirmó haber visto a un niño junto a la carretera, pero aquella pista terminó descartándose.
Más adelante se consideraron otras hipótesis, incluida la posibilidad de que Samu hubiera subido a un coche, aunque nunca apareció una prueba sólida y, en todo aquel recorrido de noticias, no encontré una sola mención a casa de Teresa.
Abrí el reportaje de 2006 y encontré una fotografía de la familia Noriega.
La madre, Pilar, parecía mucho mayor que en las imágenes de 1996; el padre, Evaristo, miraba a la cámara con los brazos cruzados.
Junto a ellos estaba Beatriz, la hermana de Samu, que entonces tendría veinticinco años.
El texto decía que la familia seguía esperando noticias y que rechazaba la teoría de una huida voluntaria.
También mencionaba «una testigo infantil» cuya declaración situó al niño cerca de El Robledal poco antes de las ocho de la tarde. Poco antes de las ocho.
Me levanté y fui a la cocina sin saber muy bien por qué.
Abrí el grifo, llené un vaso y miré el reloj del microondas, que seguía marcando una hora absurda porque Teresa nunca aprendió a programarlo.
Intenté recordar dónde estaba yo a las ocho de aquella tarde.
No apareció una secuencia, sino el fragmento que me había acompañado durante años: árboles oscuros, tierra mojada, el jersey rojo alejándose.
Lo extraño era que siempre había asociado la escena a una tormenta y, según las noticias, el temporal empezó más tarde, alrededor de las nueve. Volví al portátil.
En una pieza del tercer día se citaba a un portavoz de la búsqueda: «La referencia de la menor es coherente y permite acotar una franja temporal».
Aquella frase me incomodó. A los doce años yo no llevaba reloj.
Teresa tenía uno de pared en la cocina, pero no recordaba haberlo consultado.
Mis recuerdos de infancia se ordenaban por comidas, dibujos animados, luz del día y órdenes de los adultos, no por minutos exactos.
Seguí buscando mi nombre. La prensa de la época no lo publicaba, pero en un foro antiguo dedicado a desapariciones alguien había copiado, años después, una referencia a «L. A., de 12 años, veraneante en Fontenosa». Cerré la pestaña. No necesitaba más confirmación.
A mediodía llamé al cuartel de la Guardia Civil que correspondía a la zona.
No dije que hubiera encontrado «la habitación de un niño desaparecido», porque al formularlo así incluso a mí me parecía una frase diseñada para que me tomaran por exagerada.
Expliqué que había descubierto un espacio tapiado en una vivienda de mi propiedad y que dentro aparecían objetos posiblemente vinculados a Samuel Noriega.
Me pasaron con una sargento que se presentó como Irene Castañón. Me pidió que describiera lo que había visto y que no moviera nada más de lo necesario. Su tono era práctico, ni alarmado ni indiferente.
—¿La vivienda pertenecía ya entonces a su tía?
—Sí.
—¿Y usted vivía allí?
—Pasaba los veranos. Yo fui... —Me costó terminar—. Yo declaré en la búsqueda. Tenía doce años.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—De acuerdo. Eso es importante. Voy a comprobar el expediente y le llamo. De momento haga fotografías generales sin tocar los objetos, si puede hacerlo desde fuera del hueco.
—Ya entré.
—No pasa nada. Solo le pido que a partir de ahora lo deje como está.
Anotó la dirección y mi teléfono. Cuando colgué, me sentí ridícula por el alivio que me produjo haber trasladado una parte del problema a alguien con uniforme, aunque todavía no supiera si aquello era un problema real.
Fotografié el cuarto desde la abertura. Luego bajé al salón y abrí una caja de documentos que había dejado sin revisar.
Buscaba algo relacionado con obras: facturas, permisos, presupuestos.
Teresa guardaba papeles con una disciplina extraña.
Podía conservar durante veinte años el recibo de una estufa y, al mismo tiempo, escribir un número de teléfono importante en la parte trasera de un sobre usado.
No encontré todavía la fecha del tabique, pero sí varias fotografías sueltas. En una aparecía yo con Teresa en la cocina, probablemente aquel verano. Me senté en el suelo para mirarla mejor.
Tenía doce años, el pelo más corto de lo que recordaba y una camiseta blanca con un dibujo de Snoopy. Teresa estaba detrás, con una mano apoyada en mi hombro. Las dos sonreíamos. En el margen inferior había una mancha oscura que podía ser el respaldo de una silla.
Dimos por hecho durante años que yo dejé de ir a Fontenosa porque me hice mayor. Aquella fotografía demostraba otra cosa que no sabía explicar: antes de que terminara agosto de 1996, yo parecía cómoda en esa casa. Después dejó de ser así.
Irene me llamó a las dos menos cuarto. Había localizado la referencia del expediente y quería pasar por la tarde con un compañero para ver el cuarto.
Me hizo varias preguntas sobre Teresa, sobre quién había tenido acceso a la casa y sobre cuándo se hizo la obra.
Contesté lo que sabía y admití lo que no.
—Una cosa más —dijo antes de colgar—. En la declaración de 1996 consta que usted fue la última testigo conocida que vio al menor.
—Lo sé.
—¿Recuerda esa declaración?
Miré la fotografía que seguía en el suelo junto a mí.
—Recuerdo haber visto a Samu en el bosque.
—No le pregunto qué recuerda del hecho. Le pregunto si recuerda declarar.
La diferencia me dejó callada.
—No —dije al final—. La declaración no.