CAPÍTULO 3
Tardamos veinte minutos en abrir un paso suficientemente grande para entrar.
Fede trabajó despacio, retirando el revestimiento y parte del ladrillo sin tocar el marco antiguo que apareció detrás.
La puerta original seguía allí, aunque habían quitado el pomo y la habían bloqueado desde el lado del dormitorio antes de levantar el tabique.
Eso explicaba la sensación extraña que me había producido el rodapié: no habían eliminado el cuarto; lo habían encerrado.
—Esto se hizo a conciencia —dijo Fede mientras dejaba un ladrillo en el suelo—. Podían haber desmontado la puerta y aprovechar el hueco. En cambio la dejaron dentro y construyeron delante.
—¿Es raro?
—Es más trabajo.
Esa respuesta me pareció peor. Me puse una mascarilla que Fede me tendió y encendí la linterna del móvil.
El cuarto mediría poco más de un metro de ancho y unos tres de largo.
No tenía ventana. En el techo había una bombilla sin tulipa y un interruptor de baquelita junto a la puerta antigua, pero la instalación estaba cortada.
El suelo conservaba baldosas hidráulicas pequeñas, blancas y grises, distintas a las del dormitorio.
A la izquierda había una balda corrida con sábanas dobladas, dos cajas de cartón hundidas por el peso de los años y un tarro lleno de botones.
Aquello podía ser, sin dificultad, el antiguo ropero que indicaba el plano.
Lo que no encajaba era lo que había en el suelo.
Una manta azul estaba extendida junto a la pared, doblada dos veces como si alguien hubiera preparado un sitio para tumbarse.
Encima había un cojín pequeño sin funda.
Cerca de la esquina descansaban un camión de plástico rojo, una peonza de madera, tres tebeos deformados por la humedad y un vaso de duralex con un dibujo de naranjas.
—¿Tenía hijos tu tía? —preguntó Fede.
—No.
—¿Guardaba juguetes tuyos?
—Puede ser.
Lo dije sin convicción. Yo nunca había tenido aquel camión. Tampoco recordaba la peonza, aunque eso no significaba nada. En una casa donde habían pasado sobrinos, vecinos y alumnos de Teresa podía haber juguetes de cualquiera.
Entré con cuidado. La anchura obligaba a caminar casi de lado si querías evitar las cosas del suelo. Fede se quedó en la abertura, quizá porque no cabíamos los dos o quizá porque entendió antes que yo que aquello empezaba a ser mío de una forma desagradable.
Sobre la balda había cuatro fotografías sujetas con una goma reseca.
Las cogí. En la primera aparecían siete niños delante de la iglesia de Fontenosa, todos con camisetas de colores y la cara quemada por el sol.
Yo estaba en un extremo, con el pelo recogido en una coleta alta y las rodillas llenas de costras.
Reconocí a Fede dos puestos más allá. Él se inclinó desde la puerta.
—Esa es de las fiestas del noventa y seis —dijo—. O del noventa y cinco.
En la segunda estábamos en el río. La tercera mostraba la parte trasera de la casa y a Teresa sentada en una silla plegable.
La cuarta era más pequeña y estaba algo borrosa.
Un niño miraba a la cámara junto a la verja, con una bicicleta azul apoyada en la cadera.
Sentí que el cuarto se estrechaba un poco más.
—¿Le reconoces? —pregunté.
Fede tardó en contestar.
—Creo que sí.
Yo también. Samu Noriega tenía diez años cuando desapareció.
En mis recuerdos, sin embargo, nunca lograba verle bien la cara.
Siempre estaba de espaldas, entre árboles, corriendo o girándose demasiado tarde.
La fotografía lo mostraba quieto. Pelo oscuro, orejas un poco separadas, una cicatriz fina junto a la ceja derecha.
Sonreía como si quien hiciera la foto acabara de decirle algo.
Di la vuelta a la imagen. Teresa había escrito una fecha: 3-VIII-96.
—Dos semanas antes —dijo Fede.
No pregunté «antes de qué». Los dos lo sabíamos.
Dejé las fotografías sobre la balda y seguí mirando.
Había una caja metálica de galletas con lápices de colores, canicas y cromos.
En el borde de la manta encontré una etiqueta cosida con hilo azul.
No tenía nombre. El camión, en cambio, llevaba una pegatina rectangular en la base.
La tinta estaba desvaída, pero se distinguían dos letras: S.N.
—Fede.
Entró hasta donde pudo. Se agachó, miró la pegatina y soltó el aire lentamente.
—Puede ser de cualquiera con esas iniciales.
—¿De cuántos Samuel Noriega había aquí?
No respondió. Fue entonces cuando vi la pared del fondo. En la pintura amarillenta, a unos setenta centímetros del suelo, alguien había escrito con lápiz una palabra en mayúsculas grandes y torcidas.
SAMU.
Debajo había una línea y, más pequeña, otra inscripción que costaba leer. Acerqué el móvil.
LUCÍA NO MIRES.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué pone? —preguntó Fede.
Me aparté para que lo viera.
—Hostia.
No suelo agradecer los tacos en una obra, pero en aquel momento fue la reacción más sensata que podía tener cualquiera.
Pasé el pulgar cerca de las letras sin tocarlas. La grafía de «SAMU» parecía infantil. La segunda frase era más pequeña y apretada, como si quien la hubiera escrito hubiera tenido menos espacio, pero no tenía manera de saber si pertenecía a la misma mano, a otro niño o a mí.
—¿Te acuerdas de esto? —preguntó Fede.
—No.
La respuesta salió limpia, demasiado fácil. Cerré los ojos un instante y traté de buscar el cuarto en mi memoria. Encontré un pasillo oscuro, el olor de las manzanas almacenadas, una tormenta golpeando los cristales. Nada que pudiera colocar allí con certeza.
—Lucía, si esto era de Samu...
—Ya lo sé.
—La policía buscó por todas partes.
—También lo sé.
Me molestó que me hablara con cuidado. Salí del cuarto, me quité la mascarilla y abrí la ventana del dormitorio. Necesitaba aire, aunque fuera húmedo y oliera a hierba mojada. Desde allí se veía la ladera del bosque, casi igual que en 1996.
—No deberíamos seguir tocando nada —dijo Fede detrás de mí.
Asentí. Mi cabeza profesional había empezado a funcionar por su cuenta: fotografiar antes de mover, registrar posición, no limpiar, no tirar. La otra parte, la que todavía tenía doce años en aquella casa, quería cerrar el agujero y marcharse.
—Voy a llamar a mi padre.
—¿No sería mejor llamar primero a la Guardia Civil?
Me giré.
—¿Por un juguete y un nombre escrito en una pared?
—Por un cuarto tapiado doce días... —Se interrumpió—. Ni siquiera sabemos cuándo lo tapiaron.
—Exacto.
Pero mientras lo decía recordé la reacción de Julián cuando le conté que pensaba abrir el espacio. «Haz lo que quieras. Es tu casa.» No parecía una frase importante. Podía no serlo.
Saqué otra vez el móvil, pero antes de marcar abrí el buscador y escribí «Samuel Noriega Fontenosa 1996».
Apenas tuve que esperar. El primer resultado era una noticia digitalizada de un periódico regional.
El titular apareció en la pantalla con una fotografía en blanco y negro del mismo niño que acababa de ver apoyado en una bicicleta.
DIEZ AÑOS SIN RASTRO DE SAMUEL NORIEGA, EL NIÑO DESAPARECIDO EN PILOÑA.
Debajo, el primer párrafo resumía lo que yo creía recordar: Samu había sido visto por última vez la tarde del 17 de agosto de 1996 en las proximidades del bosque de El Robledal.
Una niña de doce años, hija de una familia que veraneaba en la zona, declaró haberlo visto caminar solo en dirección a un sendero.
No hacía falta que el artículo publicara mi nombre. La niña era yo.