CAPÍTULO 2
Fede Mier llegó el lunes a las nueve y siete, con una furgoneta blanca llena de herramientas y la misma costumbre de hablar mientras descargaba que tenía a los quince años.
No nos veíamos desde hacía más de una década, aunque en Fontenosa eso parecía importar poco.
Me dio dos besos, miró la fachada y anunció que el canalón del lado norte estaba «pidiendo la jubilación» antes de preguntarme cómo estaba.
—Bien —respondí.
—Respuesta de funeral.
—¿Hay otra?
—No que yo conozca.
Fede había sido uno de aquellos chicos con los que coincidía cada verano sin llegar a ser amiga del todo.
Su familia vivía dos casas más abajo y él aparecía en las tardes de bicicleta, en las fiestas del pueblo y en las excursiones improvisadas al río.
A los dieciocho se marchó a Gijón, volvió años después y terminó montando una pequeña empresa de rehabilitación.
Lo sabía porque Teresa me lo había contado alguna vez por teléfono, del mismo modo que me informaba de quién se casaba, quién vendía una finca o quién había cambiado el tejado, como si yo siguiera formando parte de un lugar al que casi nunca regresaba.
Entramos en la casa y le expliqué lo que quería hacer: reparar humedades, revisar cubierta, pintar, comprobar instalación eléctrica y dejarla presentable sin convertir una venta razonable en una reforma integral.
Fede escuchó, tomó fotografías y fue poniendo caras distintas según lo que encontraba.
La humedad de la cocina le preocupó menos de lo que yo esperaba; el cuadro eléctrico, bastante más.
—Tu tía arreglaba solo lo que se rompía delante de ella —dijo.
—Eso hace media España.
—Sí, pero media España no tenía una sobrina interiorista.
—Mi tía no pedía ayuda hasta que el agua le llegaba por la rodilla. En eso tampoco era original.
Subimos con el medidor láser. Yo había llevado el mío del estudio y Fede sacó otro de una bolsa que parecía haber sobrevivido a varias obras de guerra.
Medimos el pasillo, el dormitorio de Teresa y la habitación del fondo.
Cuando entramos en el cuarto de las dos camas, me quedé junto a la puerta y marqué el punto de la pared que me había llamado la atención el día anterior.
—Aquí han hecho algo.
Fede se agachó y examinó el rodapié.
—Sí. Esto es posterior.
—¿Cuánto?
—A ojo, veinte o veinticinco años. Puede tener treinta. Depende de la madera y de quién lo pintara.
Medí la estancia. Tres metros sesenta y dos desde la pared de la puerta hasta la pared exterior. Luego salimos al pasillo, tomamos la medida equivalente desde la fachada y restamos el grosor razonable de los muros. Repetí la operación porque el resultado no me gustó.
—Nos falta un metro treinta y ocho —dije.
Fede volvió a medir.
—Uno cuarenta, más o menos.
—No puede ser un patinillo. No hay bajante aquí.
—Ni chimenea. La chimenea va por el otro lado.
Apoyé la palma en la pared. Sonaba maciza al golpearla cerca de la esquina, pero a unos cuarenta centímetros del armario el sonido cambiaba. Más hueco. Fede lo oyó también.
—Tabique de ladrillo fino o pladur antiguo —dijo—. Detrás hay espacio.
—¿Cuánto?
—Si las medidas están bien, una franja de metro y pico por casi tres de ancho.
La idea de que una casa tuviera una habitación que yo no recordaba debería haberme parecido normal.
En viviendas antiguas aparecían despensas anuladas, huecos de escalera, antiguos baños de servicio o armarios que acababan integrados en otra estancia.
Lo que me incomodó fue distinto: yo conocía aquella casa.
Había pasado veranos enteros corriendo por ese pasillo, escondiéndome en los armarios y buscando lugares donde leer sin que Teresa me mandara bajar a comprar pan.
Si allí había existido un cuarto, ¿por qué no lo recordaba?
—¿Quieres que miremos los planos antes de tocar? —preguntó Fede.
—Sí.
Bajamos al salón. Teresa guardaba los papeles de la casa en un aparador bajo, dentro de carpetas que había organizado por décadas.
Encontré escrituras, recibos del IBI, facturas de calefacción y un plano de una reforma de 1984 en el que la distribución del piso superior aparecía dibujada con una claridad aceptable. Fede extendió la hoja sobre la mesa.
—Aquí lo tienes.
Detrás del cuarto de las dos camas figuraba un espacio estrecho, identificado como «ropero». Tenía una puerta que comunicaba con el dormitorio y otra, más pequeña, hacia un hueco que parecía continuación del armario empotrado. En el plano, la habitación medía casi cinco metros de profundidad.
—Así que no me lo he inventado —dije.
—No. Había un cuarto.
—¿Y por qué lo tapiaría?
Fede se encogió de hombros.
—Humedad, bichos, una obra mal resuelta, ganas de no verlo. La gente tapa cosas por motivos mucho menos interesantes de lo que parece.
Sonreí, aunque la frase me dejó una sensación incómoda. Volvimos arriba y apartamos una de las camas. La pared tenía dos capas de pintura y, al mirarla desde un ángulo lateral, se apreciaba una línea vertical muy fina donde la superficie cambiaba ligeramente de textura.
—Si quieres vender, yo lo abriría —dijo Fede—. Primero porque hay que saber si detrás hay humedad. Segundo porque perder casi cuatro metros cuadrados en una casa así es una tontería.
—¿Puedes hacerlo sin montar un desastre?
—Puedo hacer un desastre muy contenido.
Le pedí que esperara mientras llamaba a mi padre. No necesitaba su permiso; la casa era mía, aunque todavía me costaba pensar en ella de ese modo. Quería saber si recordaba el antiguo ropero. Julián contestó a la tercera llamada.
—Estoy con el médico —dijo en voz baja—. ¿Pasa algo?
—Nada grave. ¿Te acuerdas de un cuarto pequeño junto al dormitorio de las dos camas, en casa de Teresa?
Hubo una pausa breve.
—¿Un cuarto?
—En los planos figura como ropero. Lo tapiaron en algún momento.
—Ah, sí. Algo había. Una despensa, creo.
—Arriba no había despensa.
—Pues un armario grande. No sé, Lucía. Han pasado muchos años.
Miré a Fede, que fingía revisar el nivel de una ventana.
—¿Sabes por qué lo cerró?
—Humedad, seguramente. Teresa hacía esas cosas. Pregúntale a algún albañil del pueblo, que se acordarán mejor que yo.
—Eso estoy haciendo.
—¿Vas a abrirlo?
La pregunta salió demasiado rápida. No alarmada, pero sí inmediata.
—Sí. Si está seco, recupero el espacio.
Otra pausa.
—Haz lo que quieras. Es tu casa.
Se despidió porque lo llamaban y yo guardé el teléfono. Fede levantó las cejas.
—¿Qué?
—Nada. Mi padre no se acuerda.
—Tu padre nunca se acordaba de nada que no le interesara.
—Tú sí que te acuerdas.
—De algunas cosas.
No añadió nada más y yo tampoco pregunté.
Marcamos con lápiz una zona junto al armario donde el detector no encontraba cables ni tuberías.
Fede sacó una multiherramienta, cortó un rectángulo pequeño en el revestimiento y retiró el primer fragmento.
Detrás apareció una cámara oscura y un aire frío que olía a tela guardada. Se inclinó con una linterna.
—Hay algo ahí.
—¿Humedad?
—No.
Apartó un poco más de yeso y volvió a mirar.
—Una manta.
Me acerqué. A través del hueco solo distinguí un trozo de tela azul sobre el suelo y, detrás, la pata de lo que parecía una silla infantil.
—Abre más —dije.
Fede se volvió hacia mí.
—¿Seguro?
No supe por qué me lo preguntaba. Quizá por mi cara.
—Sí.
El ruido de la herramienta llenó la habitación. Mientras el hueco crecía, una parte de mí empezó a reconocer aquel olor antes de reconocer el espacio.