La casa al final de la calle (Secretos tras la puerta 1)
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CAPÍTULO 1
La casa de mi tía Teresa estaba al final de una calle que, en realidad, nunca había sido una calle.
Era una pista estrecha de asfalto cuarteado que subía entre cuatro viviendas, un prado inclinado y un muro de piedra cubierto de musgo antes de terminar frente a la verja verde de la finca.
De niña me parecía larguísima. A los cuarenta y dos años, después de aparcar el coche junto al castaño y recorrer a pie los últimos metros porque una furgoneta ocupaba el ensanche, calculé que desde la carretera principal no habría más de ciento cincuenta metros.
Llevaba toda la mañana haciendo ese tipo de cálculos. Anchura de la fachada, altura aproximada de la cornisa, pendiente del terreno, estado de los canalones. Era una costumbre profesional y, además, una forma bastante eficaz de no pensar en que había enterrado a Teresa dos días antes.
Abrí la verja y tuve que empujar dos veces porque la hoja derecha se había vencido sobre el suelo.
La casa seguía siendo blanca, aunque el salitre y la humedad habían convertido la parte baja en una franja grisácea, y los postigos verdes que yo recordaba estaban ahora pintados de un azul oscuro demasiado brillante para el resto del edificio.
Teresa debió de cambiarlos hacía pocos años.
Me sorprendió que no lo supiera. Después recordé que llevaba más de tres sin entrar allí.
—La llave grande para la puerta de delante y la pequeña para la cocina —me había dicho mi padre al salir del tanatorio—. Si necesitas algo, llámame.
Lo había dicho con la eficacia seca que mantuvo durante todo el funeral: flores, sacerdote, certificados, entierro, llamada a la compañía de la luz.
Julián Arce llevaba dos días resolviendo cada trámite antes de que nadie se lo pidiera.
Le sentaba mejor organizar una muerte que hablar de ella, y yo no tuve entonces ganas de preguntarle nada más.
La cerradura de la puerta principal se resistió al principio.
Levanté un poco la hoja, giré la llave y entré en un recibidor frío donde olía a madera vieja, manzanas y casa cerrada.
El olor me llevó a un verano concreto con tanta rapidez que me quedé quieta, todavía con la mano en el pomo.
Vi una toalla amarilla colgada junto a la escalera, mis sandalias embarradas debajo de una silla y a Teresa gritándome desde la cocina que no dejara la puerta abierta porque se llenaba todo de moscas.
La imagen duró poco y no venía acompañada de nada más.
En eso consistían casi todos mis recuerdos de Fontenosa: escenas muy nítidas rodeadas por zonas en blanco.
Dejé el bolso sobre la consola y abrí las contraventanas del salón.
La luz de septiembre entró oblicua, levantando el polvo que flotaba sobre los muebles.
Teresa había vivido allí hasta el final y, sin embargo, la casa llevaba dos meses pareciendo deshabitada.
Después del ictus la trasladaron al hospital de Arriondas y, de allí, a un centro de recuperación cerca de Oviedo.
Mi padre estaba convencido de que volvería.
Teresa también, al parecer. En la nevera seguían pegados con imanes el horario del autobús y una lista de la compra en la que había escrito «café, yogures, lejía, pilas».
Murió sin necesitar ninguna de aquellas cosas.
El notario confirmó lo que mi padre ya sabía y yo no: Teresa me dejaba la casa a mí.
—Siempre fuiste su favorita —dijo Julián cuando se lo conté, con una sonrisa que pretendía quitar importancia al asunto.
No era verdad. O, al menos, no lo había sido durante los últimos treinta años.
De niña pasaba aquí julio y parte de agosto porque mis padres trabajaban y Teresa era maestra.
Después del verano de 1996 dejé de venir con regularidad.
No hubo una discusión, ni una escena, ni siquiera una decisión que yo recordara.
Empezamos a pasar las vacaciones en Ribadesella, luego en Portugal, más tarde yo crecí y dejé de ir con mis padres a ninguna parte.
Teresa aparecía en cumpleaños y Navidades, siempre correcta, siempre algo apartada.
Cuando mi madre murió, ocho años atrás, la vi llorar en la iglesia con una intensidad que no esperaba y que tampoco supe preguntarle.
Me quité la chaqueta y recorrí las habitaciones anotando mentalmente lo urgente.
Había humedad en la pared de la cocina, una ventana del piso de arriba no cerraba bien y el suelo del pasillo estaba levantado junto al baño.
Nada grave para una casa de más de setenta años.
Yo trabajaba como interiorista en Oviedo y llevaba quince años entrando en pisos que sus propietarios describían como «para actualizar» y que ocultaban instalaciones eléctricas de otra época, bajantes imposibles y tabiques levantados por alguien que nunca había tenido que dibujar un plano.
Aquella casa, al menos, estaba bien construida. O eso creía.
Había decidido venderla. No porque necesitara hacerlo con urgencia, aunque el estudio no estaba precisamente para rechazar un ingreso, sino porque no me veía viviendo en Fontenosa ni convirtiendo la casa en una segunda residencia que usaría dos fines de semana al año.
Mi padre estuvo de acuerdo antes incluso de que terminara la frase.
—Es lo más sensato. Vendes, repartes lo que quieras guardar y se acabó.
La expresión me molestó entonces y volvió a hacerlo mientras subía al piso de arriba. Se acabó. Como si una casa pudiera cerrarse igual que un expediente.
En el rellano había tres puertas. La de la izquierda correspondía al dormitorio de Teresa, la de la derecha a una habitación pequeña con dos camas y, al fondo, quedaba el cuarto donde dormía yo de niña.
Abrí primero el de Teresa. La cama estaba hecha, sobre la mesilla había una novela de misterio boca abajo y unas gafas plegadas encima.
No quise tocar nada. Me limité a abrir la ventana y a comprobar que no hubiera humedad en el techo.
En mi antiguo dormitorio seguía el armario empotrado de madera clara y la ventana daba al prado trasero.
Las paredes, que antes habían sido amarillas, estaban pintadas de blanco.
Recordaba una cómoda junto a la puerta y una estantería con libros escolares, pero ya no estaban.
A cambio, Teresa había colocado un escritorio estrecho bajo la ventana y una butaca azul que no pegaba con nada.
Me acerqué al cristal. Al fondo del prado empezaba una hilera de avellanos y, más allá, la ladera subía hasta un bosque de castaños.
Durante años pensé que mi malestar con Fontenosa procedía de aquel bosque.
No de algo concreto, sino de una sensación persistente: humedad en las zapatillas, ramas arañándome los brazos, la voz de alguien llamando desde lejos.
El recuerdo más claro era el de un niño con un jersey rojo que se alejaba entre los árboles. Samu.
No había pensado en ese nombre en mucho tiempo. En realidad, llevaba años evitando pensar en casi todo lo relacionado con aquel verano. Samuel Noriega desapareció en agosto de 1996. Yo tenía doce años y fui una de las últimas personas que dijo haberlo visto.
Aparté la vista del bosque. No quería convertir la primera tarde en la casa en una excavación sentimental, así que saqué el móvil, fotografié el dormitorio y anoté las medidas aproximadas para preparar un presupuesto de reforma mínima antes de ponerla a la venta.
Largo, ancho, hueco de ventana, posición del radiador.
No llevaba cinta métrica, de modo que calculé a ojo y seguí recorriendo la planta.
La habitación pequeña, la de las dos camas, me llamó la atención porque recordaba que era más profunda.
Podía ser una impresión infantil; de niña los espacios parecían crecer a voluntad.
Abrí el armario, comprobé la pared del fondo y pasé la mano por un rodapié que no era igual al del resto de la planta. Aquello sí era un dato, no un recuerdo.
El tramo final estaba hecho con una moldura más nueva y tenía un empalme demasiado visible junto a la esquina.
Me agaché, toqué la junta y sonreí casi sin querer.
Alguien había levantado un tabique en algún momento y había intentado disimularlo sin demasiado oficio.
No pensé en Samu. Todavía no. Pensé que al día siguiente traería el medidor láser.