La carta perdida Capítulo 13
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Capítulo 13

C omo si un paseo en carruaje no fuera lo bastante peculiar de por sí, Sylvia tenía sentados enfrente a Sebastián y a lady Harker. Uno no decía absolutamente nada y la otra se esforzaba al máximo por llenar el silencio con una sucesión interminable de comentarios banales.

No comprendía qué hacían en Londres, y mucho menos por qué habían ido a visitarla. Sebastián ya no iba nunca a la ciudad, ¿cierto? De hecho, pensaba que jamás abandonaba Pershing Hall. Y, aun así, ahí estaba. Primero en Cheapside y en ese momento en…

Bueno, Sylvia no tenía ni la más mínima idea de dónde estaban. Llevaban bastante tiempo en el carruaje, recorriendo las calles de la ciudad y, por lo que alcanzaba a apreciar en los breves vistazos por la ventana, no estaban cerca de nada que se pareciese a un parque.

—No lo entiendo —dijo Sylvia cuando lady Harker hizo una pausa para tomar aliento—. ¿Qué hacen aquí? ¿A qué han venido? Creí haberme explicado bien… —Paseó la mirada del uno al otro con aire de impotencia—. ¿No encontraron la nota?

—¿La que dejó en la almohada cuando desapareció sin decir nada? —preguntó Sebastián.

Eran las primeras palabras que le dedicaba desde que pronunció su nombre en el salón de los Dinwiddy. A Sylvia le latió el corazón con desenfreno como respuesta. Pensaba que no lo vería nunca más, ni volvería a oír su voz.

—Sí —dijo él—. La encontramos y leímos el motivo por el que decidió dejarnos. Aunque lo consideré de lo más insuficiente.

Sylvia entreabrió los labios. Sintió ganas de responderle con un comentario mordaz, pero no encontró las palabras.

Tenía un mal presentimiento, algo no iba bien.

La sensación se intensificó cuando el carruaje se detuvo; se asomó por la ventana y de inmediato se giró hacia sus dos acompañantes con una mezcla de asombro e indignación en el rostro.

—¡Estamos en Grosvenor Square!

Lady Harker esbozó una sonrisa luminosa.

—Sí. Tomaremos el té junto a un fuego acogedor. ¿No te parece maravilloso?

Un lacayo abrió la puerta del carruaje antes de que Sylvia tuviera tiempo de contestar.

Sebastián salió sin decir una palabra. Ayudó a su hermana a bajar y luego tendió una enorme mano enguantada en dirección a Sylvia.

Todos los sirvientes los observaban. No podía armar un escándalo.

Ni tampoco soportaría encontrarse con alguno de sus antiguos conocidos.

—¿A quién pertenece esta casa? —preguntó en un susurro.

Sebastián tenía el rostro tenso.

—Al conde de Radcliffe.

Sylvia dio un paso atrás por instinto.

—Oh, pero sabe que no puedo…

—No es nada indecente. Mi hermana está presente, como ve. Es una mujer casada muy respetada. Puede estar tranquila. Ahora, si me permite. —Sebastián le tendió la mano de nuevo.

Esta vez Sylvia la aceptó y le dejó que la ayudará a bajar del carruaje. Le latía tan rápido el corazón que creía que iba a desfallecer. ¿Tomar el té? ¿En la residencia de Sebastián? Era mala idea.

—La chimenea de la biblioteca está encendida —dijo lady Harker mientras avanzaban por el vestíbulo de suelos de mármol.

Una escalera de caracol se curvaba con elegancia hacia los pisos superiores y una magnífica lámpara de araña colgaba de los altos techos—.

El ambiente será muy agradable. —Se quitó el gorrito y los guantes y se los entregó a un mayordomo de aspecto altivo.

Sylvia hizo lo mismo, alisándose el alborotado cabello con una mano temblorosa mientras seguía a lady Harker por el pasillo. Sebastián caminaba tras ellas a cierta distancia; no volvió a cruzarse con él hasta que entraron a la biblioteca.

Era, en efecto, una atmósfera agradable, y los muebles sofisticados y las paredes revestidas de madera oscura la hacían parecer aún más.

Cuando lady Harker le hizo una seña, Sylvia se sentó en un sofá de seda de damasco tapizado a rayas.

La vizcondesa se acomodó a su lado, y Sebastián se sentó frente a ellas en una enorme butaca, con el semblante rígido.

Así que no era ella la única que estaba nerviosa, pensó Sylvia. Al menos era algo.

—¡Oh, cielos! —Lady Harker se levantó de un saltito con un frufrú de las enaguas almidonadas—. ¡Acabo de acordarme de que falta la confitura para acompañar el té! Voy a hablar con el cocinero. Disculpe un momento, señorita Stafford. Vuelvo enseguida.

Sylvia la miró atónita cuando salió disparada de la estancia. La pesada puerta se cerró tras ella con un suave pero sonoro clic. Observó la puerta cerrada durante unos instantes, demasiado aturdida para hablar.

—No va a volver, ¿verdad?

—No —reconoció Sebastián—. No hasta que yo la avise.

Sylvia lo contempló con una mirada de reproche.

—¿Y qué quiere decir con eso exactamente? Me aseguró que su hermana estaría presente…

—Olvídese de mi hermana —dijo Sebastián con voz tranquila y firme—. Tenemos que hablar.

—Podíamos haberlo hecho en el carruaje. O en el salón de los Dinwiddy. No era necesario que me trajera aquí…

—Tenemos que hablar a solas, sin que nadie nos interrumpa. Es la única razón por la que he venido a Londres.

Sylvia tenía los brazos descansando a ambos lados del cuerpo. Al oír sus palabras, aferró el almohadón del sofá con los dedos.

—¿Ha venido hasta la ciudad solo para hablar… conmigo?

—No me dejó otra opción. Si tan solo se hubiese quedado unas horas más en Pershing Hall…

Le confieso que hubiese preferido hacerlo allí.

No entraba en mis planes volver a poner un pie en Londres; lo cierto es que quería quedarme en la hacienda para siempre.

Si supiera el sufrimiento que he atravesado para verla de nuevo…

—No tendría que haber venido.

—Señorita Stafford…

—Es demasiado para mí. ¿No lo comprende? Ya no formo parte de su mundo. Estar con usted… en su propia casa y rodeada de todas estas cosas me hace terriblemente infeliz. Y me he esforzado tantísimo por no serlo… No llega a imaginarse cuánto.

—No deseo ser el causante de su infelicidad.

—Pues le suplico que llame a su hermana. Y por favor, pida el carruaje para que me lleve de nuevo a Cheapside.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Si es lo que desea, lo haré sin dudar —dijo—. Pero primero escuche lo que tengo que decirle.

Sylvia juntó las manos en el regazo.

—Nada de lo que vaya a decirme me hará cambiar de opinión.

La miró durante un largo rato con el rostro sombrío.

Sylvia se percató de que vestía igual que cuando solía encontrárselo por la ciudad; llevaba un elegante pantalón negro de lana con un chaleco a conjunto, una impecable camisa blanca de lino y una ajustada levita negra que acentuaba la magnífica amplitud de sus hombros, que estaban rígidos por la tensión.

—He averiguado lo que sucedió con las cartas —dijo Sebastián.

Clavó la mirada en él, atónita. Había esperado que le hiciera una oferta formal para tratar de convertirla en su amante. ¿No era aquel el motivo por el que había ido a Londres?

—¿Cómo dice?

—Me dijo que su doncella se encargó de llevarlas al servicio postal. Ahora trabaja para lady Ponsonby.

—Button —dijo Sylvia. Casi no reconocía su propia voz.

Él asintió.

—Envié a Milsom a Londres para que investigara; regresó ayer tras hablar con ella. Al parecer, su padre le pidió que quemara todas las cartas dirigidas a mí.

Las palabras atravesaron a Sylvia como una puñalada. Se llevó una mano al vientre, tratando de respirar.

—¿Quemó las cartas?

—Todas salvo una —aclaró Sebastián —. La conservó por si la necesitaba para un futuro chantaje. Según Milsom, su antigua criada se está esforzando mucho para garantizar su jubilación en una casita de campo en Hampshire.

Sylvia tragó saliva.

—¿Cuál? —preguntó.

Sebastián le sostuvo la mirada llena de inquietud.

—La primera.

Cerró los ojos durante unos instantes mientras el calor invadía su rostro.

—La primera —repitió—. Pues claro que iba a ser esa.

—Milsom se la compró por cincuenta libras y la trajo a Pershing Hall; la leí ayer por la mañana.

Y ahora estoy aquí, señorita Stafford, he venido a decirle que…

el viaje transcurrió con normalidad. Mi nuevo caballo se adaptó a la perfección, aunque lamento darle la mala noticia de que lo perdí en el asalto de Jhansi.

La quiero. Siempre la he querido. Y nos casaremos tan pronto como desee.

Renuncié a mi cargo, así que ya no será la esposa de un oficial, pero espero de corazón que acepte ser mi condesa.

No le pedí matrimonio aquella noche en el jardín porque temía que me rechazara, maldita sea.

No fue una descarada y el beso que me dio fue lo que me ha ayudado a sobrevivir estos dos años infernales.

—Hizo una pausa, visiblemente afectado—.

Perdóneme, me expuse al peligro. Sé que llego tres años tarde y con un aspecto terrible, pero yo…

Sylvia no se había percatado de que lloraba hasta que Sebastián interrumpió su discurso con una maldición entre dientes.

En segundos, estaba a su lado en el sofá, rodeándola con sus fuertes brazos antes de que el primer sollozo le estremeciera todo el cuerpo.

Volvió el rostro hacia su hombro y lloró.

—Oh, mi amor —susurró Sebastián.

El cariño que teñía su voz ronca provocó que las lágrimas se desbordaran.

—¿Cómo se atrevió? —tartamudeó entre sollozos—. Todo ese tiempo… Cuando sabía que se me estaba rompiendo el corazón en mil pedazos.

Sebastián le acarició la espalda.

—Tu padre quería lo mejor para ti.

«Y para él mismo». Las palabras sin pronunciar flotaron en el aire entre los dos.

Su padre le dijo que podía casarse con quien deseara, pero todo había sido mentira.

Jamás había tenido intención de dejar que se desposase con un oficial, ni siquiera con el segundo hijo de un conde.

No. Él había querido un yerno lo suficientemente rico para pagar sus deudas de juego.

«Lo apostó todo en aquella última partida», le había dicho a Sebastián aquella tarde en el alfeizar de la ventana. «Creo que me habría apostado a mí también si se le hubiese ocurrido a tiempo».