La carta perdida Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Pero sí que lo tuvo presente. Desde el principio. Había apostado con su vida, con el futuro de su propia hija. Como si fuera una mano de cartas. Todo para que pudiera conseguir a alguien mejor. Pero no para sí misma, sino para él.

—Jamás hubo nadie mejor que usted —dijo entre lágrimas—. Nunca lo hubo.

Sebastián la estrechó entre los brazos. Sylvia sentía el atronador latido de su corazón contra el pecho. La estaba tranquilizando, pero él no estaba calmado en absoluto.

—Me siento honrado.

—Es la verdad. Pero puede que padre no lo viera de la misma forma. Si estaba decidido a que me casara con alguien rico tendría la mirada puesta en otro lugar. En lord Goddard, supongo.

—Es muy probable.

Se alejó de él entre hipidos, buscando a tientas un pañuelo. Antes de que pudiera localizar el suyo en el ridículo, Sebastián le puso uno enorme en la palma de la mano. Lo utilizó para secarse el rostro y sonarse la nariz. El romanticismo del momento desapareció con ese gesto.

—Le he destrozado la corbata —dijo.

—Al cuerno con la corbata —contestó él.

Sylvia lo miró parpadeando. Tenía una expresión muy seria, como si esperara algo más.

—Lord Goddard me propuso matrimonio antes de que padre muriera —confesó Sylvia.

Un destello de sorpresa apareció en el rostro del conde.

—¿Lo hizo?

—Le respondí que no podía casarme con él.

Que estaba enamorada de otra persona. «Del coronel Conrad, supongo», me dijo él.

Y le contesté que sí. Que estaba esperando a que regresara usted a casa.

—Se enjugó las lágrimas que se agolpaban en sus ojos—.

Si hubiese aceptado, si no le hubiese esperado…

Quizá padre no se hubiese visto obligado a tomar medidas tan drásticas.

Lord Goddard podía haber saldado todas sus deudas. Puede que siguiera vivo si yo…

—Dudo mucho que eso hubiera cambiado algo. Y al final… si hubiese aceptado su proposición, ¿habría sido feliz como lady Goddard?

—Habría sido una desgraciada.

Sebastián alargó la mano para apartarle un mechón de pelo rebelde que se le pegaba en la mejilla húmeda.

—¿Sería feliz siendo lady Radcliffe?

Sylvia dejó escapar un suspiro vacilante.

—Ahora soy institutriz.

—No me importa.

—Aquella noche en la biblioteca le importó.

—¿Que fuera institutriz? Cielos… No seguirá creyendo que lo que pasó entre nosotros…

—Me negaba a hacerlo, pero… Si me hubiese considerado digna de casarme con usted se habría declarado aquella noche. En vez de eso, dijo que… que quería que fuera su amante.

Sebastián se apartó, estupefacto.

—¡Y un cuerno!

Su reacción fue tan genuina que Sylvia sintió un leve atisbo de duda.

—Es cierto —insistió—. Mencionó un acuerdo y regalos y…

El rostro de Sebastián se iluminó con lentitud al entenderlo.

—¿Por eso se fue de Hertfordshire?

—Sí —admitió con un titubeo en la voz—. No sabía qué más hacer.

—Debería haber acudido a mí.

Sylvia negó con la cabeza.

—No confiaba en mí misma. No después de lo que sucedió entre nosotros.

Sebastián suavizó la expresión. Parecía comprenderla, incluso empatizar con ella.

—Estaba muy alterada —dijo—. Y por eso mismo no abordé el tema aquella noche. —Posó una mano en su mejilla—. Sylvia… no quería que fuese mi amante. Quería convertirla en mi esposa. Siempre he querido que sea mi esposa. Si se hubiera quedado hasta por la mañana, ya lo sabría.

Bajó la mirada, conteniendo una nueva oleada de lágrimas.

—No puede casarse conmigo. Tengo un empleo en casa de los Dinwiddy y tras todo lo que le sucedió a padre… Ahora es usted conde y yo soy…

—Es la mujer a la que quiero —dijo con voz áspera.

—Habrá habladurías.

—¿Piensa que me importa algo lo que diga el resto? ¿Lo que piensen?

—No, pero…

—Además —continuó—, tengo un plan.

Sylvia fijó la vista en sus ojos.

—¿Qué tipo de plan?

—Sir Roderick fue un completo sinvergüenza y su muerte supuso un escándalo, pero aun así era barón, y sigue siendo su hija.

—Le quitó la mano del rostro y apretó la mandíbula con determinación—.

Mi intención es restablecerla en la sociedad para la que nació y para la que fue educada.

Lord Harker y mi hermana nos ayudarán, pero hay más gente que también está dispuesta a hacerlo.

Julia ha sugerido empezar por ir al teatro y a algunas fiestas de sociedad pequeñas y después, en el apogeo de la temporada, a un baile.

A un baile de compromiso, si… si acepta casarse conmigo.

—¿Harías eso por mí? —susurró con la voz temblorosa.

—¿Hacer qué? ¿Dejarme ver en sociedad?

Sylvia asintió.

—Si es necesario.

—¿Es lo que quieres?

—Dios, no. No me importa lo que piense la sociedad acerca de que hayas sido institutriz durante los últimos dos años.

Y todavía me importan menos las habladurías sobre tu padre.

No necesitas redimirte ante mis ojos. Si solo dependiera de mí, me casaría contigo mañana por la mañana y te arrastraría de vuelta a Pershing Hall.

A Sylvia le retumbaba el corazón en el pecho.

—¿Mañana? Santo cielo.

Sebastián la observó con intensidad.

—Sylvia… —Un tenue rubor le subió por el cuello.

De repente, aunque fuera sorprendente, parecía estar inseguro de sí mismo—.

Sé que no soy lo que era… que las cicatrices han hecho que mi rostro sea difícil de contemplar…

pero en el pasado estabas enamorada de mí.

Dijiste que era muy especial para ti. Si me das una oportunidad, si aceptas convertirte en mi esposa, te prometo que te daré todo lo que siempre has deseado.

Haré todo lo que esté a mi alcance para…

Sylvia le puso un dedo en los labios para acallarlo.

—Eres un necio… —dijo—. Qué poco me conoces. —Alzó una mano para acunarle la mejilla—. Eres todo lo que siempre he deseado.

Un destello de emoción cruzó el rostro de Sebastián.

—¿Sigues deseando lo mismo? —preguntó en un susurro ronco.

Durante años, se había jurado a ella misma que si alguna vez volvía a encontrarse en una situación similar se comportaría de forma comedida.

Respetable. Que jamás volvería a confesar sus verdaderos sentimientos como había hecho en aquella carta.

Pero cuando se acercó más a Sebastián y el familiar aroma a bergamota especiada y a lino almidonado le llegó a la nariz, aquellas promesas se desvanecieron en el aire.

Penélope Mainwaring estaba equivocada. Algunos caballeros, incluso los más fuertes y valientes, necesitaban cierta certeza de vez en cuando.

Y en aquel momento se la ofreció con todo su corazón.

—Sí —le dijo—. Mi amor, sí. Eres tan especial para mí como lo eras antes.

Y las cicatrices simbolizan todo lo que has tenido que sufrir para volver a mi lado, y por ello te quiero todavía más.

Pero, por mucho que lo desee, mañana por la mañana es imposible.

La señora Dinwiddy necesitará al menos una semana para buscar una nueva institutriz.

Sebastián se quedó inmóvil, agudizando la mirada.

—¿Qué intentas decir?

—Digo que sí… me casaré contigo. Y te amo, Sebastián. Nunca he dejado de hacerlo, por mucho que lo haya intentado. Pero si de verdad me quieres… y no te importa…

Sus palabras se desvanecieron cuando el conde posó la boca sobre la suya.

Sylvia dejó escapar una leve exclamación de sorpresa.

Y entonces le rodeó el cuello con los brazos y relajó los labios bajo los de él.

Sabía que debía tener un aspecto espantoso, con los ojos hinchados y la cara roja de tanto llorar.

Y sus besos tendrían sabor a lágrimas. Pero a él no parecía importarle.

Primero la besó en los labios, luego en la mejilla y finalmente en la sien, sin aflojar su firme abrazo.

Oyeron un golpecito suave en la puerta.

Sebastián se detuvo a mitad del beso.

—Julia —masculló—. ¡Maldita sea!

Sylvia se apartó de él al oír el pomo de la puerta.

—¿No se suponía que no volvería hasta que la llamaras?

—Eso creía.

La puerta se abrió con un crac y lady Harker asomó la cabeza. Estaba radiante.

—¡No he podido evitar escucharlo todo! —Entró en la biblioteca, cerrando tras ella—.

¿Es cierto, Sylvia? ¿Vas a casarte con mi hermano?

Caramba, ¡has estado llorando! —Corrió a su lado—.

¿Y ahora que le has hecho, Sebastián? ¿No te tengo dicho que tienes que ser amable con ella y decirle solo cosas dulces?

La miró con ganas de estrangularla. Sylvia le tomó la mano en un impulso; sintió cómo cerraba los dedos alrededor de los de ella.

—Son lágrimas de felicidad —dijo—. Tu hermano me escribió desde la India, ¿lo sabías?

—Sí, pero no quiere decirme qué te dijo. Y al parecer tú también le escribiste, aunque no me ha confiado el contenido de las misivas. No sé cómo se supone que voy a ser de ayuda si no me contáis nada.

—Bueno, ahora te necesitamos —dijo Sebastián—. La señorita Stafford y yo nos casaremos en una semana. Puedes colaborar con los preparativos.

—¡En una semana! —Lady Harker se llevó las manos al pecho—. ¿Tan pronto? ¡Debo empezar cuanto antes a organizar el banquete! Y Harker será tu testigo, Sebastián. Y yo seré la tuya.

Sylvia sonrió.

—Me encantaría.

A Julia le resplandecía el rostro por la emoción.

—¡Todo ha salido maravillosamente! —declaró, caminando con rapidez hacia la puerta—.

Y si no hubiese ido a Londres a buscarla habríais estado toda la vida sin saber nada sobre esas estúpidas cartas.

Pero eso ahora ya no importa, gracias a Dios.

—Abandonó la estancia. Oyeron su parloteo incesante incluso cuando cerró tras ella.

Sylvia miró a Sebastián y soltó una carcajada.

—Así es mi hermana —sentenció con disgusto.

Y tras ello, esbozó una sonrisa.

FIN