La carta perdida Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Por supuesto que no —coincidió Julia.

—Y aunque hubiese insistido, la señorita Stafford no estaba en condiciones de decir mucho más.

Si tan solo hubieran oído su voz al enumerar sus cualificaciones…

¡sonaba tan frágil y débil! Me contó que tenía experiencia en geografía, en pintura y que hablaba un francés aceptable.

Pobrecita. No dejaba de temblar. Estaba hundida en la tristeza.

¡Y además no tuvo tiempo de hacer el duelo!

El primer año le permití vestir de negro, por supuesto, aunque el señor Dinwiddy no lo aprobara.

Julia se inclinó hacia adelante, dedicándole a la mujer una mirada comprensiva.

—¿La encontró muy apenada?

—Muchísimo. ¡Y estaba tan delgada y demacrada!

«Esta joven tiene que engordar», le dije al cocinero.

—La señora Dinwiddy sonrió con nostalgia ante el recuerdo—.

Es una chica muy agradable. Y tiene muy buena mano con las niñas.

Siempre me ha dado lástima que no tuviera a nadie con quién pasar la Navidad y que tampoco recibiera visitas. Pero ella asegura que es feliz así.

Sebastián escuchaba en silencio mientras la señora Dinwiddy describía las condiciones en las que Sylvia acudió a ellos.

Lo recorrió la misma furia impotente que sintió cuando Milsom le dijo que la doncella había quemado casi cien cartas.

Se percató de que Sylvia no había sido del todo honesta con él.

Pero ¿por qué iba a serlo? Para ella no era más que un hombre indigno de confianza que la rechazó con crueldad.

¿Para qué iba a importunarlo contándole que la tristeza la había consumido y paralizado?

—Se mantiene ocupada en todo momento —continuó la mujer—. Ayer, sin ir más lejos, acompañó al mercado a Millie, nuestra ama de llaves. Y anteayer, por difícil de creer que suene, subió toda la ropa que había para remendar a su habitación y a la mañana siguiente, ¡bajó con todo terminado!

«La melancolía y el trabajo no son compatibles», le había dicho Sylvia. ¿Así que eso es lo que hacía ahora? ¿Mantenerse ocupada a todas horas como una maldita criada para evitar el sufrimiento que le provocaba su nueva situación?

—Debemos convencerla de que se tome un descanso —dijo Julia con firmeza—. Empezaremos por un paseo en carruaje esta tarde. Debe insistirle en ello, señora Dinwiddy.

La mujer asintió con la cabeza, obediente.

—Se lo diré, milady. Había esperado que se quedara más tiempo en el campo, pero no negaré que su regreso a casa fue un regalo del cielo.

Tengo migrañas, ya sabe. Y la señora Poole no sabe manejar tan bien a las niñas.

Y a menudo… —se interrumpió ante el inconfundible sonido de la puerta de la entrada principal al abrirse—.

¡Ah! —exclamó aliviada—. ¡Deben de ser ellas al fin!

A Sebastián se le aceleró el pulso. Se levantó del sofá y se alisó el chaleco de color negro con un ademán demasiado exagerado.

No era propenso a ponerse nervioso. De hecho, le habían acusado con frecuencia de tener hielo en las venas.

Pero al oír el eco de la voz de Sylvia en el vestíbulo, y sabiendo todo lo que le había escrito en aquella carta, sintió más nervios que en toda su vida entera.

—¿Tenéis la hoja intacta? —preguntaba Sylvia en aquel momento.

Como respuesta se oyeron unos grititos agudos, seguidos de un inconfundible sollozo infantil de angustia.

—Oh, cielo —dijo la voz de Sylvia—. No te preocupes. Te la cambio por esta. ¿Ahora entiendes por qué he recogido dos más? Siempre hay que estar preparada para este tipo de catástrofes.

La señora Dinwiddy se levantó de la silla y caminó hasta la puerta del salón. La abrió de sopetón.

—¿Señora Poole? Lleve a Clara y Cora al aula. ¿Señorita Stafford? Acompáñenos, si es tan amable.

Sylvia entró unos segundos después, acalorada. Llevaba el pelo recogido en una trenza despeinada, y el dobladillo de su sencillo vestido gris estaba algo manchado de tierra. Su mirada voló directa a Sebastián. Se quedó inmóvil, y el rubor le cubrió las mejillas.

—¡Lord Radcliffe!

Sebastián estaba paralizado en el sitio.

—Señorita Stafford —pronunció. Y le dedicó una ligera inclinación de cabeza. No era capaz de moverse más.

Gracias a Dios que Julia estaba allí. Antes de que el silencio se volviera incómodo, se puso en pie y se acercó corriendo a Sylvia con los brazos extendidos.

—Oh, mi querida Sylvia —La tomó de las manos y le dio un beso en la mejilla—. ¿Esas dos eran las niñitas a las que enseña? ¡Parecen rebosantes de energía! Pero ¿cuál era el problema? Espero que nadie haya resultado herido.

Sylvia la miró con desconcierto.

—¿Herido? Oh, no, lady Harker, en absoluto. Estábamos… estábamos buscando hojas para nuestro proyecto de arte de esta tarde. La de Cora se le hizo pedazos entre las manos. Estaba un poco triste… —Volvió a clavar los ojos azules llenos de incertidumbre en Sebastián—. Disculpen, pero no esperaba que…

—Lady Harker y lord Radcliffe han venido a visitarla —la interrumpió la señora Dinwiddy con una risita forzada—. Y se han visto obligados a esperar en mi compañía durante el último cuarto de hora.

—Queremos que venga de paseo con nosotros, señorita Stafford —aclaró Julia—. ¿Necesita cambiarse el vestido o arreglarse el pelo antes de irnos? ¿Quiere que la acompañe arriba para ayudarla?

—¿Un paseo? ¿Con ambos? —preguntó Sylvia con voz débil. Volvió a mirar a Sebastián, y su rubor se intensificó hasta alcanzar un tono escarlata. Y en aquel breve instante Sebastián supo, sin atisbo de duda, que estaba rememorando los apasionados besos que compartieron en la biblioteca.

Le mantuvo la mirada hasta que ella apartó los ojos.

—Es del todo aceptable —le aseguró Julia—. Y la señora Dinwiddy ha insistido en que nos acompañe.

—Así es —corroboró la mujer—. Y no se preocupe por las niñas. La señora Poole se hará cargo de ellas mientras esté fuera.

Sebastián examinó el rostro de Sylvia, en el que se reflejó la lucha interna entre los modales aprendidos durante toda una vida y su instinto de conservación. Cuando su expresión se convirtió en una máscara de educada cortesía, supo que lo primero había ganado.

—Por supuesto —le dijo a Julia—. Es muy amable. ¿Me concede un momento para que me cambie? Me he ensuciado la falda durante el paseo con las niñas.

Julia le aseguró jovial que disponían de todo el tiempo del mundo. Unos segundos después abandonó la habitación junto a Sylvia, charlando animadamente durante todo el camino.

Sebastián soltó un suspiro de alivio.