Capítulo 12 #2
Pero ahí estaba el quid de la cuestión. Si quería que su plan funcionara, necesitaría el apoyo de su familia y amigos, y en aquel preciso momento escaseaban.
—La tía Araminta y la tía Sophie estarán en la ciudad —dijo Julia, como si le leyera la mente—.
Y también María, la hermana mayor de Harker.
Y lord y lady Wilding. Ahora mismo no se me ocurren muchos más.
—Se acomodó la manta de viaje sobre la falda de volantes—.
Haré una lista y les escribiremos. Todos querrán hablar contigo. Ahora eres el conde.
—Así es —sentenció.
* * *
Llegaron al atardecer. El reducido personal les dio la bienvenida, disimulando como mejor pudieron su consternación por la aparición inesperada del conde de Radcliffe.
Hacía tres años que Sebastián no pisaba Londres.
La última vez que estuvo en la casa de la ciudad su padre seguía siendo el conde y su hermano, el heredero.
Sintió una punzada de dolor al contemplarlo todo, pero no había tiempo para la melancolía.
Fue hasta la cámara del conde para refrescarse y cambiarse, y permitió que Julia adoptara el papel de señora de la casa.
Geoffrey Randall, el vizconde Harker, llegó dos horas después para cenar con su esposa. Sebastián no se unió a ellos, pero cuando terminaron compartió con Harker una copa de oporto en la biblioteca.
No participó en las negociaciones matrimoniales entre su padre y lord Harker; sin embargo, tenía la gran sospecha de que el difunto conde había querido casar a su única hija con un caballero de carácter serio y austero que pudiera manejar de cierto modo el comportamiento irrefrenable de su hermana.
Para un ojo inexperto, Harker reunía las condiciones necesarias.
Tenía treinta y cinco años, quince más que Julia, y era un respetado miembro del parlamento.
Pero Sebastián había evaluado el comportamiento de los hombres bajo su cargo durante la última década y, aunque reconocía el mérito de su cuñado, saltaba a la vista que Harker era la última persona sobre la faz de la tierra capaz de controlar a Julia.
Aquel pobre idiota la amaba y se lo consentía todo con una facilidad alarmante.
No le extrañaba en absoluto que tuviese la libertad de deambular por la ciudad y que pudiese visitar sin más a una institutriz en Cheapside, además de disponer del tiempo para idear la historia de que él mismo pensaba en quitarse la vida.
Sebastián no tenía ni idea de si su hermana correspondía los sentimientos de su esposo.
Cuando era más joven, estaba embelesada con la belleza dorada de Thomas Rotherham; sin embargo, Harker era un hombre de aspecto mediocre, y eso era ser muy generoso.
Tenía una continua expresión triste y alicaída en el rostro que hacía pensar en un sabueso melancólico.
—Supongo que tendré que quedarme aquí —dijo Harker, mirando la copa con el ceño fruncido—. Si Julia no quiere venir a casa, no puedo obligarla, ¿cierto?
—La necesito, Harker —respondió Sebastián—. Sin ella aquí…
—Muy bien. Muy bien. Lo comprendo a la perfección—. Harker levantó la cabeza—. Pero no quiero que le grites, Radcliffe.
Sebastián ya había oído antes aquel discurso en concreto; no era la primera vez que Harker lo atosigaba con ese tema.
—Tengo mal humor —admitió—. Ha empeorado desde que volví de la India, pero jamás le haría daño ni a mi hermana ni a ninguna otra mujer.
Aquella afirmación pareció contentar a Harker.
—Lo mejor que puedes hacer es casarte, Radcliffe. Proporciona paz mental. Un hogar. Amor. Esa clase de cosas. Me alegra oír que… —Hizo una pausa, frunciendo el ceño de nuevo—. Pero no quiero adelantarme, la situación que propones es… complicada.
—Doy por hecho que recuerdas el escándalo.
—Naturalmente. Fue una situación muy lamentable.
Acusaron a Stafford de todo tipo de cosas después del suicidio.
No sé mucho acerca de su hija, pero no me sorprende que la sociedad la repudiara.
Todos estaban furiosos con Stafford. —Harker se encogió de hombros y bebió un trago de oporto—.
Sin él en escena, su hija era un perfecto chivo expiatorio.
Sebastián abrió y cerró el puño, concentrando la ira que crecía lentamente en él en esta pequeña e inofensiva acción, aunque realmente le apeteciera darle un puñetazo a la pared de madera. Había estado completamente sola. La habría podido ayudar de haberlo sabido.
—Tenía amigos —dijo—, buenos amigos. Lord y lady Mainwaring…
—¿Has dicho Mainwaring? —Harker levantó la vista de la copa—.
Sir Roderick tenía una deuda de un total de veinte mil libras con los Mainwaring.
Algún negocio de inversiones, según tengo entendido.
No conozco los detalles, pero te puedo asegurar que no quería implicarse más en aquel asunto.
No me lo imagino ayudando a la hija de Stafford.
Sebastián bajó la mirada hacia el puño. Nunca le había gustado aquel hombre. Era un barón con aires de duque y hacía negocios como un comerciante. ¿Y qué decir de su hija? Sebastián jamás había conocido a una mujer con una opinión tan elevada de sí misma.
—Por otro lado —prosiguió Harker—, en aquel entonces tenía una hija de la que preocuparse.
—Eso no tendría que haber importado. La señorita Stafford y Penélope Mainwaring eran amigas.
—Ahora es lady Goddard.
—¿Cómo dices?
—La hija de Mainwaring, Penélope. Ahora es lady Goddard. Se casó con el vizconde hace dos años. Poco después del suicido de Stafford, según recuerdo.
—Dios santo, no me lo puedo creer —murmuró Sebastián.
Así que aquel era el motivo, ¿cierto? Con una sola palabra de Penélope, Sylvia podría haberse quedado en Londres en la residencia de lord y lady Mainwaring.
Pero en su lugar, la joven había aprovechado la oportunidad para deshacerse de ella como si fuera una rival.
—¿Qué sucede? —preguntó Harker.
—Hace tres años, Goddard sentía una devoción absoluta por Sylvia.
—Ah. —Harker asintió con la cabeza—. Entonces el exilio de la señorita Stafford se debe a algo más que a las acciones de su padre.
¿Celos, quizá? Con las damas nunca se sabe.
Algunas son tan venenosas como víboras; le hincarían los colmillos tanto un amigo como a un enemigo.
Y lady Goddard es una mujer bastante intimidante.
Diría que forma parte del grupo al que visitarás mañana.
Sebastián se había preguntado por qué lord Goddard no había acudido en ayuda de Sylvia.
Así que era por eso. ¿Había estado Penélope vertiendo veneno en el oído de Goddard?
¿Convenciéndolo de que abandonara a Sylvia y la eligiera a ella?
Habían sido sus amigos. ¡Y ahora ellos vivían en la ciudad, con una buena posición dentro de la sociedad, mientras que Sylvia se contentaba con un puesto de institutriz en Cheapside!
Sebastián podría llegar a matarlos si lo provocaban lo más mínimo.
—Ya la honraré con mi presencia más adelante —escupió con frialdad—. Mi hermana y yo tenemos otro asunto del que ocuparnos mañana.
* * *
A la una y media del día siguiente, Sebastián estaba sentado en el salón principal de una pequeña pero respetable casa en Cheapside.
Julia estaba a su lado en el excesivamente mullido sofá y frente a ellos, la señora Dinwiddy se movía con nerviosismo en un sillón orejero sin reposabrazos.
Era una mujer bajita y regordeta, e iba enfundada en un vestido de seda de color negro cuyas faldas competían en tamaño con las de Julia.
Desviaba la mirada constantemente hacia la parte desfigurada del rostro de Sebastián, quien tuvo la tentación de colocar la cabeza un ángulo en el que sus cicatrices no fueran visibles, pero el orgullo le impedía ceder en lo más mínimo.
En su lugar, miró a su anfitriona directamente a los ojos.
Había llegado diez minutos antes junto a su hermana, montados en un carruaje con el escudo de armas de los Radcliffe.
Otra mujer regordeta, Sebastián asumió que era el ama de llaves, les había abierto la puerta principal.
Se había quedado mirando el rostro del hombre, boquiabierta, antes de casi desfallecer cuando le entregó su tarjeta.
Tras unas dolorosas e incómodas palabras de cortesía, unos intentos de balbucear «Su Gracia» de modo ininteligible, los guio hasta el salón y llamó a la señora de la casa.
—No sé qué las está entreteniendo. —La señora Dinwiddy soltó una risita nerviosa por tercera vez—. Solo estaban dando un paseo por el campo. Debería… —Su mirada voló de nuevo hacia el rostro de Sebastián—. ¿Debería mandar a alguien a buscarlas?
—No se moleste, señora —la tranquilizó Julia—. Esperaremos con gusto.
—Como desee, milady. —La señora Dinwiddy entrelazó las manos con fuerza en el regazo—.
Cuando contratamos a la señorita Stafford jamás imaginé que…
—otra risita nerviosa— ¡jamás creí que tendría a una vizcondesa y a un conde sentados en mi propio salón!
—Señaló a su alrededor, indicando lo inadecuado de la situación; el sofá, los sillones, los cojines bordados y la gran cantidad de porcelana azul y blanca no estaban a la altura—. Está todo hecho un desastre.
Sebastián se había reunido con gente muy diversa mientras estaba en el ejército y no destacaba especialmente en ello, era demasiado brusco para las convenciones sociales.
Pero esa mujer, por muy ridícula y torpe que fuera, había sido amable con Sylvia.
La había acogido en su casa y le había dado un empleo.
Sebastián sintió un escalofrío al pensar qué habría sido de ella de no haber sido así.
—¿Disculpe, pero… no era consciente de que la señorita Stafford es la hija de un barón? —preguntó Sebastián.
La señora Dinwiddy apretó los labios.
—Con respecto a eso, milord… Cuando la contratamos mencionó que solía moverse entre la alta sociedad, sin embargo, me contó que su padre… —bajó la voz hasta convertirla en un susurro— se quitó la vida. —Miró a Julia—. Un asunto espantoso. No quise presionarla con los detalles.