La carta perdida Capítulo 12
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Capítulo 12

Londres, Inglaterra

—¿ Y entonces qué hizo, señorita Stafford? —preguntó Cora Dinwiddy en un susurro, asombrada.

Sylvia miró a las dos niñitas rubias que tenía delante.

Se alegraban de tenerla de vuelta tan pronto.

Su madre era una mujer bondadosa, pero la vitalidad desbordante de sus hijas la abrumaba con facilidad.

Tan solo un día con ellas a su cargo y tuvo que retirarse a la cama, dejándolas al cuidado de la ya sobrecargada ama de llaves.

—¡Llega justo a tiempo, señorita Stafford!

—había exclamado la señorita Poole cuando Sylvia apareció en la puerta tres días antes—.

¡Un mes! Y entonces le dije yo a la señora: «¿Deja que la institutriz se vaya durante todo un mes sin previo aviso?

¿Y qué pasará con la casa mientras yo me dedico a perseguir a esos dos monstruitos?

». Pero ya la conoce. Media hora intentando que esas niñas hagan un poco de costura y tiene que retirarse a descansar a causa de una de sus migrañas.

¿Y quién se ocupa de todo? Pues yo. ¡Yo!

Pero no, a las señoritas no les apetece coser.

¡No! Quieren que les lea un cuento. Y debo hacerlo justo igual que la señorita Stafford. ¿Alguna vez había oído algo parecido?

Sylvia se encontró a las niñas en el aula, jugando con muñecas en medio de un grandísimo desorden.

El viejo piano estaba abierto y los libros de música, esparcidos por todos lados.

Por el suelo había multitud de trozos de papel para dibujar arrugados.

Y alguna de ellas, sospechaba de Cora, había derramado las acuarelas en la raída alfombra Kidderminster, dejando una inmensa y brillante mancha de color púrpura que haría palidecer hasta la última tendencia en tintes.

Tras reprenderlas brevemente por su mal comportamiento y pedirles con amabilidad que ordenaran el aula para que estuviera lista para las lecciones de la mañana, Sylvia las dejó a solas y subió hasta su diminuta habitación a lavarse y a cambiarse de ropa.

Si la casa no hubiera estado en un absoluto estado de caos, alguien le habría preguntado por qué había vuelto a Londres tan pronto o por qué había ido hasta la casa en un cabriolé.

Pero ni una sola persona mencionó nada hasta más entrada la semana.

Y no fue la señora Dinwiddy quien preguntó, aunque lamentara que el breve descanso de Sylvia no hubiera sido como esperaba, sino que fueron las propias Clara y Cora las que la interrogaron.

—Sí, señorita Stafford —alentó Clara—. ¿Y entonces qué hizo?

Sylvia escribió con una tiza una única palabra en la pizarra que sostenía sobre el regazo.

«Conde».

La levantó para que pudieran leerlo con detenimiento.

—¿Cómo hay que comportarse ante un conde? —replicó Sylvia—. ¿Clara? ¿Cora? ¿Cuál es el modo apropiado de saludar a un caballero con ese rango?

Cora frunció el ceño, observando la palabra con consternación.

A Clara, la mayor, se iluminó el rostro de pronto.

—¡Con una reverencia!

Sylvia fingió reflexionar sobre la respuesta.

—Sin duda sería lo correcto si estuviésemos en un salón de baile a punto de comenzar a bailar —contestó—, pero era en un salón justo igual al que hay abajo. ¿Es adecuado saludar así a un conde en ese caso?

—Le estrecharía la mano —dijo Cora con audacia—. Y le diría: «¡Encantada de conocerle!».

Sylvia sonrío.

—Eso sería bastante aceptable, cielo, si se tratase de un conocido del mismo rango o de un rango menor. Sin embargo, un conde pertenece a una posición superior. Es un privilegio que nos tienda la mano.

Clara hizo una mueca.

—No quiero estrecharle la mano.

—De hecho —prosiguió Sylvia—, es muy poco probable que nos la ofrezca. En su lugar, hará una reverencia y como respuesta hay inclinar la cabeza de un modo cortés. Eso será suficiente con cualquier persona de rango superior, a menos que… —añadió con un tono solemne— algún día conozcáis a la reina.

Clara y Cora reaccionaron con entusiasmo. Como siempre, Sylvia trató de convertir su emoción en enseñanzas prácticas.

—De pie, niñas —las animó—. Quiero ver vuestras mejores reverencias. Las necesitaréis si alguna vez os encontráis ante Su Majestad.

Las niñas obedecieron, y tras una breve pero apasionada charla para decidir cuál de las reverencias era más bonita y si algún día llegarían a conocer a la reina, volvieron a sus sitios. Y retomaron el interrogatorio.

Gracias a los cotilleos del servicio y a la deslenguada de su madre, Clara y Cora sabían desde el principio que Sylvia tenía una antigua vida como «señorita».

Sin embargo, esta era la primera vez que en la casa había pruebas indiscutibles de que en otra época la mismísima institutriz se había codeado con vizcondesas y condes.

Sylvia no tenía ni la más mínima idea de qué les habían contado a las niñas acerca de su viaje a Hertfordshire.

No era un secreto en absoluto, pero ella prefería no hablar del tema.

Se había marchado de Pershing Hall envuelta en una neblina emocional, llena de pánico y confundida por lo sucedido con Sebastián.

En lo que a ella respectaba, era mejor olvidar la experiencia.

Con el tiempo esperaba que le doliera un poco menos el corazón.

Hasta entonces, había decidido mantenerse tan ocupada que no tendría ni un solo momento libre para dejarse arrastrar por la melancolía.

—No más preguntas, niñas —zanjó con brío—.

Ya hemos perdido bastante tiempo hablando de la nobleza—.

Borró con un paño la palabra «Conde», que seguía escrita en la pizarra.

En su lugar, escribió una serie de números—.

Por favor, sacad las pizarras; vamos a tratar un tema mucho más interesante. Aritmética.

* * *

La residencia del conde de Radcliffe en Mayfair estaba a menos de cincuenta kilómetros de Pershing Hall.

Era medio día de viaje en carruaje, con alguna parada para cambiar los caballos.

Si hubieran ido en tren habrían llegado cuatro veces más rápido, pero Julia no quería desobedecer los deseos de su marido e insistió en viajar de otro modo.

Sebastián seguía igual de escéptico ante la idea que tenía Harker en relación con la seguridad de su esposa, pero no se opuso.

En su lugar, aprovechó el tiempo adicional para explicarle a su emocionadísima hermana lo que necesitaba que hiciera una vez llegaran a Londres.

—A Harker esto no le hará ni pizca de gracia —dijo Julia mientras movía juguetona los dedos de los pies sobre el calentador que Sebastián le había conseguido la última vez que se detuvieron.

Mientras cambiaban los caballos, se había obligado a salir del carruaje para entrar en la taberna artesanal y pedir una jarra de cerveza.

El dueño fijó la mirada, en su rostro, sin apartar los ojos de las cicatrices incluso cuando Sebastián se dirigió a él.

Había sido una experiencia sobrecogedora; pero al mismo tiempo resultó liberador.

El tabernero lo había observado con una fascinación horrorizada, cierto, pero no parecía tenerle miedo y desde luego no dio muestras de estar en estado de pánico.

Sin embargo, eso no significaba mucho. Sin duda, un rudo tabernero estaba habituado a encontrarse con cosas desagradables. El momento de la verdad llegaría cuando llegasen a la ciudad y Sebastián se viese obligado a interactuar con sus iguales.

—Esperará que regrese a casa —continuó Julia—, y debo explicárselo todo, por supuesto, y me atrevo a decir que lo entenderá.

Pero ya conoces a Harker. Ya lo irritó bastante que regresara a Pershing Hall tan pronto.

Y cuando le diga que me quedaré contigo en tu casa de la ciudad…

—Hizo una mueca—. Sin duda me soltará un sermón.

Sebastián divisaba el paisaje por la ventana del carruaje con la mirada perdida, pero ante esas últimas palabras volvió la cabeza en dirección a su hermana pequeña.

Teniendo en cuenta todas sus tonterías, Julia se había mostrado más que feliz de acompañarle en este viaje impulsivo.

Hasta le escribió una nota a lord Harker para informarle de que no era necesario que fuera hasta Hertfordshire, pues se reuniría con él en Londres.

Para Sebastián su hermana siempre había sido una condenada molestia.

Cuando nació, él ya estaba en Eton. Luego se fue a la universidad y más tarde llegaron las obligaciones del ejército.

Rara vez estaba en casa, y como resultado de ello, nunca había llegado a conocerla de verdad.

Tampoco se había esforzado en hacerlo. Los breves períodos de tiempo que pasaban juntos durante las vacaciones escolares o cuando estaba de permiso, habían sido desagradables en extremo, repletos de parloteos desmedidos y tonterías juveniles.

Su padre y su hermano mayor la habían malcriado, consintiéndola y elogiándola por las mismas cualidades que Sebastián consideraba más insufribles.

Hasta ese momento, no se le había ocurrido pensar en cómo se habría sentido ella al perderlos a ambos al mismo tiempo.

Y tras eso tuvo que afrontar que el único hermano que le quedaba regresara de la India tan destrozado que era imposible reconocerlo.

Aun así, había continuado visitándolo en Pershing, y había permanecido a su lado a pesar de sus protestas y amenazas, y los libros o abalorios que alguna vez había lanzado en su dirección.

Y en el gesto más afectuoso de amor fraternal que había recibido jamás, había localizado a Sylvia Stafford para reunirla con él, y sin proponérselo había resuelto un malentendido mantenido durante tres años que podía, de forma literal, cambiar el rumbo de su vida entera.

—Hablaré con Harker —le dijo.

A Julia se le iluminó el rostro.

—¿De veras? Debo decir que es lo más sensato. Quedan pocos miembros en la familia, ya lo sabes. Y lo mejor será que todos se unan a la causa.

Sebastián volvió de nuevo la cabeza y observó por la ventana el paisaje que atravesaban. Hubiese preferido solucionarlo sin involucrar a nadie; lo que sucediera a partir de ahora solo era asunto de Sylvia y suyo. De nadie más.