La carta perdida Capítulo 11 #3
84%

Capítulo 11 #3

Espero que cuando lea esta carta esté sano y salvo.

He rezado para que el viaje hasta la India no haya sido demasiado arduo para usted y para sus hombres.

¿Su nuevo caballo se ha adaptado bien a las condiciones?

¿O ha demostrado ser tan impetuoso como temía?

El capitán Fellowes me contó con tristeza que el último pereció en batalla.

Lamenté mucho oírlo y sé que para usted debió de ser todavía más doloroso perder a un compañero tan fiel.

Deseo de todo corazón que el nuevo caballo sea tan valiente e incondicional como el anterior.

Como ve, he preguntado por usted, incluso aunque eso haya supuesto humillarme ante el capitán, quien estoy segura de que ahora no me considera más que una jovencita tonta que ha perdido la cabeza por un apuesto oficial de caballería.

He intentado actuar con cautela, pero cada vez es más complicado. Lord Goddard no deja de cortejarme con insistencia y ojalá pudiera decirle la razón por la que debo rechazarlo.

Amor mío, he pensado en usted muy a menudo desde la última vez que nos vimos.

Hay muchísimas cosas que desearía haberle dicho aquella noche en el jardín.

Pero tuve miedo de hablar de más. «¡No debes confesar tus sentimientos ante un caballero!

Pondrá tierra de por medio y se alejará de ti», me advirtió Penélope.

Fui una tonta al seguir su consejo. No me atreví a decirle lo que guardaba en mi corazón.

Y ahora se ha ido lejos y a pesar de que rezo todos los días para que se mantenga a salvo, soy consciente de que es muy probable que jamás le vuelva a ver.

¿Y si le sucediera algo y nunca descubriera hasta dónde llega mi amor por usted?

Le quiero. Ya está, ya lo he dicho. No me importa haber sido la primera en hacerlo.

Le amo. No hay nadie más en mi corazón. Jamás lo ha habido.

Y deseo que nos casemos en cuanto regrese.

No es necesario que se tome toda una semana de permiso.

No tenemos que publicar las amonestaciones matrimoniales en la iglesia; podemos casarnos con una licencia especial y luego me iré usted a la India, donde seré feliz siendo la esposa de un oficial.

No entiendo por qué no me pidió matrimonio en el jardín.

Creí que iba a hacerlo. Pero el momento nunca llegaba, y temí haber hecho algo mal.

¿Fui una descarada? ¿No debí besarle? Escríbame y dígamelo, Sebastián.

Sé que encontrará las palabras adecuadas para tranquilizarme.

No puedo pensar en nada más que en volver a verle. ¿Qué voy a hacer ahora que se ha ido? No soy feliz en ningún sitio. ¿Cómo voy a lucir vestidos preciosos cuando sé que no los verá? ¿O a disfrutar de un baile si no bailo con usted? ¿Qué felicidad me brinda cantar si no está para escucharme?

Mi amor, debe hacer todo lo posible para mantenerse fuera de peligro.

No trate de hacer nada heroico. Prefiero que vuelva a casa de una pieza a que le condecoren con una ridícula medalla o a que le asciendan.

Aunque estaría orgullosísima de usted en cualquiera de los dos casos, entienda que no soporto la idea de perderle.

Se ha convertido en lo único estable y confiable de mi mundo.

Padre dice que tengo que seguir asistiendo a las fiestas de la ciudad y pasear con el vizconde Goddard por el parque de vez en cuando. Dice que no debe notarse, bajo ningún concepto, que extraño a alguien. Pero es que lo hago. Y con desesperación.

Sello esta carta con mil dulces besos. Cuando vuelva a escribirle, le mandaré mil más. Para usted tengo un suministro inagotable, amor mío. Prométame que tendrá cuidado y que regresará pronto a mi lado.

Por siempre suya,

Sylvia Stafford

Sebastián no sabía cuánto tiempo llevaba allí sentado, leyendo una y otra y otra vez la carta. No sabía cuándo había sacado el mechón del bolsillo y, al recuperar la cordura, vio que lo tenía aferrado en la mano, y lo acariciaba con el pulgar de aquella manera tan familiar.

«Le quiero», había escrito. «Y deseo que nos casemos en cuanto regrese».

Así que pensaba que se había distanciado de ella a causa de esas palabras.

Una carta en la que le confesaba los secretos más íntimos de su corazón.

Una carta repleta de palabras cariñosas y ternura.

Lo había llamado «Amor mío». Y «mi corazón».

Era una carta sellada con mil dulces besos, solo para él.

Era un oficial malhumorado y arisco. El segundo hijo de un conde, con una escasa fortuna y una sensibilidad casi inexistente.

Y pese a ello Sylvia lo había amado. Y creía que había permanecido indiferente ante su confesión.

No, era peor todavía. ¡Creía que se había sentido asqueado ante sus palabras!

Maldita fuera Penélope Mainwairing, ella tenía la culpa de todo.

«¡No debes confesar tus sentimientos ante un caballero!

Pondrá tierra de por medio y se alejará de ti».

Maldijo entre dientes. Y luego llamó a Milsom.

—Busca a mi hermana —dijo con brusquedad—. Y después empieza a hacer el equipaje.

Milsom alzó las cejas.

—¿Partiremos a Londres de inmediato, milord? —Se interesó—. ¿O necesita algo de tiempo para escribirle a la señorita Stafford?

El conde le lanzó una mirada amenazadora.

—No seas insolente —dijo mientras guardaba con cuidado la carta y el mechón en el bolsillo—. Pero la respuesta es sí, maldito seas. Nos iremos cuando lady Harker esté lista. Se acabaron las cartas.