Capítulo 11 #2
Sylvia le había escrito. Y hasta había estado pendiente del periódico, preocupada por si resultaba herido o caía en batalla.
Y durante todo ese tiempo, ella creía que él le estaba siendo desleal y que había ignorado todas sus cartas.
Y eso no era lo peor; pensaba que estaba tan ofendido por lo que le había escrito que se había apartado de ella con disgusto.
Pero no tenía ni la más mínima idea de qué podría haber en aquella carta que fuera tan ofensivo. Nada de lo que dijera o hiciera sería suficiente para ahuyentarlo. Estaba obsesionado con ella.
Y pese a ello, cuando hablaron en la galería de arte, Sylvia parecía muy convencida de que su relación había terminado a causa de algo que aparecía en la primera misiva. ¿Pero qué diantres era? ¿Y por qué demonios pensaba que era suficiente para que se alejara de ella? A no ser que…
A no ser que le hubiera confesado algún desliz con otro hombre.
Una sacudida de náuseas lo recorrió de arriba abajo. ¡Por Dios bendito! ¿Así que se trataba de eso? ¿Le confesó algo sobre Goddard o sobre algún otro hombre? ¿Le habían robado un beso? ¿O incluso había llegado más allá con alguien?
La mera idea era devastadora.
Sin embargo, tenía todo el sentido del mundo.
Le dijo que había sido una ingenua y una estúpida. Se disculpó por haberse dejado llevar por la emoción. Y añadió que le avergonzaba muchísimo pensar en ello.
Sebastián apretó el puño hasta que le dolió la mano. No dejaba de repetirse a sí mismo que ya no tenía importancia. Ella no lo quería. Ni siquiera si estar con él suponía convertirse en condesa. Prefería seguir siendo institutriz antes que pasar un segundo más a su lado.
Sin duda era por sus cicatrices; era incapaz de pasar por alto el horror de lo que le había pasado a su rostro. Sentía repugnancia hacia él.
«Era usted muy especial para mí», le había susurrado mientras le acariciaba el cuello.
Esa sola frase se había reproducido en su cabeza una y otra vez durante los últimos dos días.
Lo había conmovido tantísimo que no tuvo más remedio que tomarla entre los brazos y besarla con pasión.
Y ahora, tras la dolorosa partida de Sylvia a Londres comprendía el verdadero significado de las palabras.
«Era usted muy especial para mí».
Lo había dicho en pasado. Se habría percatado al instante de no haber estado tan desatado por la dulzura de sus caricias y el embriagador aroma de su cálida piel con olor a violeta.
En pasado, pensó Sebastián con amargura, porque los sentimientos de Sylvia hacia él eran cosa del pasado.
Pese a todo, tendría que informarla si Milsom daba con alguna prueba que demostrara que sir Roderick tenía algo que ver con el sabotaje de las cartas. Necesitaba saber la verdad sobre todo lo que pasó tanto como él mismo.
Por supuesto, no volvería a verla. No insistiría en un lugar donde su presencia no era bienvenida. Y viajar a Londres estaba fuera de la ecuación. Le bastaba con imaginar la reacción de los miembros de la alta sociedad al ver su rostro para acabar con toda su valentía.
No. No regresaría a la ciudad. Cuando Milsom le contara lo que descubriera, se lo transmitiría a Sylvia por carta. Una última carta que le explicara todo lo que sabía acerca de lo sucedido tres años atrás.
Sería un final de lo más adecuado para toda esta tormentosa historia.
* * *
Sebastián se despertó al oír a Milsom merodeando por la habitación. Estaba haciendo un ruido de mil demonios; golpeaba la jarra contra la palangana, agitaba uno contra otro los instrumentos de afeitar y sacudía las camisas sin necesidad alguna.
—¡Silencio, maldita sea! —gruñó Sebastián—. ¡Y cierra las condenadas cortinas! ¿Tratas de dejarme ciego de ambos ojos?
Sin inmutarse, Milsom le llevó una bandeja en la que no había más que un vaso repleto de un líquido parduzco.
Lo reconoció de inmediato: era uno de los horribles brebajes característicos de su ayuda de cámara, que prometían acabar con las consecuencias de una noche de exceso con la bebida.
Con un exabrupto lleno de furia, se lo bebió de un trago y soltó el vaso vacío con ímpetu en la mano de Milsom.
Una hora después, ya estaba en pie; se había bañado, vestido y, por primera vez en tres días, afeitado. Milsom lo había conseguido, aunque Sebastián no había dejado de mirarlo con expresión de arrogancia durante todo el proceso.
—¡Quítamela! —le ordenó Sebastián mientras le anudaba la corbata.
—¿Milord?
—Has pasado tres días en Londres. A no ser que estuvieras todo el tiempo borracho como una cuba en una taberna o inconsciente en un burdel, espero que le hayas interrogado a Harriet Button.
—En efecto, aunque no estaba completamente seguro de que quisiera saberlo.
Lady Harker me ha informado de que la señorita Stafford se marchó hace tres días.
Y que desde entonces usted ha estado encerrado en sus aposentos.
—Se aclaró la garganta—. «Acabando con las existencias de la bodega», creo que fueron sus palabras exactas.
—Pretendo escribirle a la señorita Stafford —respondió Sebastián con frialdad. Clavó los ojos en los de Milsom a través del espejo del tocador—. Y para ello me gustaría tener la historia completa. Si has averiguado algo, te pido por favor que me lo cuentes antes de que yo mismo te obligue hacerlo.
Milsom se mostraba inmune ante las amenazas.
—Como quiera, señor. —Se mantuvo ocupado recogiendo los instrumentos de afeitar—. Logré hablar con la señorita Button. Aunque no fue sencillo.
—Por eso ha tardado tres días.
—Exacto, señor. Casi nunca se separa de lady Ponsoby.
Las observé de cerca durante los dos primeros días, esperando la oportunidad idónea para acercarme, pero hasta ayer no salió por su cuenta.
Visitó a un boticario en la calle Bond. La abordé y hablé con ella.
Al principio mi estrategia no fue bien recibida.
—Confío en que el dinero que te di fuera de ayuda.
—De una ayuda inmensa.
—¿Y bien? —apremió Sebastián—. ¿Qué te dijo esa condenada mujer?
—Me contó que era cierto que la señorita Stafford le escribía. Dos veces por semana durante más de medio año. Una vez por semana a partir de entonces. Le escribió casi unas cien cartas en total.
Sebastián dejó las manos quietas en la corbata. Respiro profundamente.
—Continúa.
—La señorita Button tenía instrucciones estrictas de quemar cualquier carta dirigida a usted. Las órdenes provenían del mismo sir Roderick Stafford.
Sebastián se esperaba algo por el estilo.
No cabía duda de que se destruyeron, ya fuera la doncella quien lo hiciera o el propio sir Roderick.
Aun así, la enormidad de aquella ofensa lo sacudió por dentro.
Todas aquellas valiosas cartas. Perfumadas.
Selladas con mil besos. Cartas que él había ansiado con muchísima desesperación.
—Entonces las quemó —dijo Sebastián con calma—. Quemó casi unas malditas cien cartas.
—La doncella le era muy leal a sir Roderick —contestó Milsom—, aunque solo hasta cierto punto.
Sebastián detectó un ligero dejo de satisfacción en su voz. Levantó la mirada de golpe, fijando de nuevo los ojos en los de Milsom a través del espejo.
—¿Qué diablos significa eso?
—La señorita Button ya va teniendo una edad, milord —dijo el ayuda de cámara—.
Está preocupada por su inminente jubilación.
Una doncella no gana lo suficiente para ahorrar, ya entiende lo que quiero decir.
Y ella se ha visto obligada a utilizar otros métodos para conseguir fondos y así poder retirarse en una casita de campo en Hampshire.
—¿Otros métodos?
—Chantaje. Al parecer, hace mucho que tiene el hábito de guardar cartas de amor y otras notas incriminatorias de la gente para la que trabaja, y las conserva hasta que le son de utilidad.
Sebastián se dio la vuelta con lentitud para encarar a su ayuda de cámara, con una expresión de sorpresa reflejada en su ojo sano.
—Pero no seguirá teniendo las cartas de la señorita Stafford —dijo—, sir Roderick está muerto y su hija no tiene los medios para hacer frente a un chantaje. No obtiene ningún beneficio. Debe saberlo, no me cabe duda.
—Tiene toda la razón, milord. Y por eso accedió a darme esto por unas ínfimas cincuenta libras. —Rebuscó en el bolsillo interior de la levita y sacó un rectangulito de papel descolorido.
A Sebastián se le secó la boca.
—¿Eso es…?
—Es la única carta que ha guardado. Según tengo entendido, la primera de todas. La señorita Button consideró que era la más valiosa. Que no se haya deshecho de ella en los últimos dos años es una mera casualidad.
—¿La primera carta? —preguntó Sebastián con voz ronca. Extendió la mano y la tomó con una mano que de pronto le temblaba horriblemente.
—La primera. Según afirma la doncella.
Sebastián se quedó absorto contemplando la caligrafía redondeada que componía la dirección de envío. Era la letra de Sylvia Stafford.
—¿La has leído?
—No, milord.
Se llevó el sobre a la nariz e inhaló. Percibió un tenue aroma. Violetas. La apretó entre los dedos.
—Te has superado.
—Gracias, señor. ¿Necesitará algo más?
—No, esto será todo.
Todavía resplandeciente por el triunfo, Milsom hizo una reverencia y salió de la habitación con rapidez.
Sebastián contempló el trozo de papel durante un largo rato.
El corazón le latía con intensidad en el pecho y se le había acelerado el pulso.
Estaba sellada con una gota de cera de lacre roja derramada que llevaba partida mucho tiempo, sin duda la culpable era aquella doncella chantajista.
Sentía terror por abrirla, pero él no era un cobarde.
Y no importaba lo que hubiera escrito Sylvia Stafford en el pasado, pues ya no tenía efecto real en el presente, ¿cierto?
No eran más que palabras. Palabras inofensivas y sin significado.
Desdobló la carta y comenzó a leer.
* * *
Mi queridísimo Sebastián: