Capítulo 11
S ebastián estaba a solas en el salón, frente a la chimenea, repantigado en una butaca acolchada de caoba.
Con la mirada fija en el fuego, balanceaba entre los dedos una copa de brandi llena a la mitad.
Entre las cenizas negras estaban los restos de la nota que Sylvia había dejado antes de marcharse a Londres.
Ya no recordaba exactamente qué decía. Desde que la leyó por última vez, había bebido más de lo que su cuerpo podía soportar.
Y eso era una forma suave de decirlo.
No había salido de sus aposentos en los últimos tres días.
Solo en esas horas había bebido mucho más que durante toda su carrera como oficial de caballería.
Más incluso que en aquellos primeros meses tras su vuelta, después de que le destrozaran el rostro y descubriera que su padre y su hermano estaban ambos muertos.
Pero continuó bebiendo hasta que sintió como si le hubieran partido la cabeza en dos con un hacha.
Hasta que el doloroso recuerdo de Sylvia Stafford se adormeció y los vapores fuertes del alcohol borraron su sabor y su aroma.
No tenía ni idea de lo que había estado haciendo su hermana durante todo ese tiempo, ni tampoco le importaba.
Había crecido en Pershing Hall y tenía amigos en la zona.
¿Quizá había salido a hacer algunas llamadas?
¿Estaba cotilleando con los vecinos? ¿O tal vez había ido a buscar alguna otra dama de su pasado para llevarla hasta Hertfordshire?
Pero no existía nadie más.
Solo había entregado su corazón una vez.
Tampoco es que se hubiera pasado treinta y dos años viviendo como un monje, aunque ciertamente eso podría decirse de los últimos dos.
Jamás había mantenido una amante. Como oficial de caballería, apenas estaba en Inglaterra y cuando regresaba era por períodos breves de tiempo.
Había tenido el típico escarceo con una bailarina de ópera cuando alcanzó la mayoría de edad; era una exuberante pelirroja de dudosa reputación que dejaba bien claro que los favores que le concedía dependían por completo de los regalos que recibiera por su parte.
Tras aquello, había seguido los pasos de los otros oficiales: alguna noche esporádica con una complaciente viuda o visitas puntuales a algún burdel, aunque no disfrutaba con las sórdidas mujeres que acompañaban al ejército y se ocupaban de la mayoría de los soldados.
Y luego, tres años después, regresó a Inglaterra en plena temporada londinense.
Llegó a la ciudad acompañado de otro oficial, el hijo pequeño de la célebre anfitriona de la alta sociedad Marianne Fellowes, condesa de Denholm.
Recibió una invitación para la noche siguiente. Una velada musical, según lady Denholm.
«Nada demasiado formal, coronel Conrad, pero me gusta entretener a los oficiales cuando están en la ciudad», le dijo.
El capitán Fellowes se mostró un poco avergonzado ante esas palabras, pero lo animó y le aseguró cuando estuvieron solos que la noche no sería una completa pérdida de tiempo.
«Mi madre siempre se las arregla para encontrar a una o dos intérpretes notables entre todas las jovencitas insulsas que maltratan el arpa y cantan a voz en grito canciones de amor en italiano», lo tranquilizó el oficial.
Sebastián llegó cuando la velada ya iba por la mitad.
Fue vestido con el uniforme y era consciente de que eso le hacía parecer mucho más corpulento e intimidante.
No estuvo de humor para conversaciones protocolarias sobre la India; había ido por simple cortesía hacia la madre del capitán Fellowes, nada más.
Se sentó al fondo de la sala, con el rostro sombrío, y oyó la pequeña selección de cantantes y músicos; la mayoría eran —como cabía esperar— jovencitas ansiosas por exhibir su escaso talento.
Pero cuando la última de ellas terminó de tocar el piano y se inclinó ante el pequeño grupo reunido, un caballero que estaba por delante se puso en pie.
—Lady Denholm —dijo dirigiéndose a la anfitriona—. ¿Por qué no convence a la señorita Stafford para que nos deleite con su voz?
La mujer intercambió unas breves carcajadas con algunos caballeros del público. Admiradores de la señorita Stafford, asumió Sebastián.
No se equivocó.
No la había visto hasta entonces. Estaba sentada en el extremo derecho, muy por delante de él, y oculta entre los voluptuosos vestidos de noche de las damas de su alrededor.
Se levantó, claramente incómoda por toda la atención, pero sin mostrarse remilgada ni con falsa modestia.
Llevaba la abundante melena de pelo castaño recogida hábilmente con horquillas con joyas incrustadas, y tenía los ojos más azules que Sebastián hubiese visto jamás.
Se dio la vuelta y esbozó una sonrisa frente a la multitud.
Fue una sonrisa genuina que reveló dos hoyuelos cautivadores, a pesar del rubor de su rostro.
Y Sebastián cayó bajo su hechizo. No porque fuera la mujer más preciosa que hubiese visto en su vida, aunque era bastante hermosa, sino por la calidez y la luz que desprendía. Dedicó a sus admiradores un reproche afable y luego, tras intercambiar unas palabras con la anfitriona, se acercó al piano.
—¿Quién quiere acompañarme? —preguntó.
Sin molestarse en esperar a que apareciera otro voluntario, una joven con el cabello de ébano emergió de entre la multitud y se deslizó en la banqueta del piano. Penélope Mainwaring, se enteró más tarde. Un diamante de primera y amiga íntima de Sylvia.
—¿Qué vas a cantar, Sylvia? —preguntó con hastío en la voz, coqueta—. ¿Una balada? ¿Una canción popular ? ¿Una de marineros?
Todos estallaron en carcajadas con la última sugerencia.
—Cantaré una canción tradicional irlandesa —contestó Sylvia—. Créeme, si todos esos preciados encantos. No es muy larga; sé que todos estamos deseando cenar.
Los caballeros protestaron y el más animado le pidió una larga canción de amor. El vizconde Goddard. Un delgado y algo pálido aristócrata cuya elegante silueta hacía que Sebastián pareciese una bestia descomunal.
Pero en aquel momento no sintió celos. No la conocía lo suficiente como para estar celoso. Tan solo estaba embrujado e hipnotizado por ella.
Y entonces empezó a cantar:
Créeme, si todos esos preciados encantos
que hoy contemplo con amor.
Mañana se escurriesen entre mis manos
como si fuesen un tenue fulgor.
Mi mirada no perdería la pasión ni la devoción
aunque se evaporara la brujería.
En tus preciadas ruinas los deseos de mi corazón
se enredarían florecientes todavía.
Tenía una voz susurrante y aterciopelada; alegre y seductora.
Le había lanzado un anzuelo hasta lo más hondo del pecho y había empezado a tirar despacio y de forma implacable.
Sebastián estaba inclinado en el asiento, con los ojos fijos en ella.
Sylvia paseaba la mirada por toda la estancia, sin centrarse en nadie en particular, mientras cantaba:
Cuando la juventud y la belleza te pertenecen
y el rostro aún no ha sido marcado.
Ahí la verdad más profunda del alma no aparece,
pues el tiempo lo vuelve todo más preciado.
No, el corazón que ama de verdad no conoce olvido.
Solo amor que hasta el fin se prueba
igual de fiel y leal que el girasol ha permanecido,
tanto en el ocaso como cuando el sol se eleva.
Cuando la canción terminó, Sebastián se acercó a lady Delholm y le pidió que se la presentara.
Y entonces, durante los dos meses que siguieron, se las ingenió para estar siempre en el mismo lugar que Sylvia Stafford.
Bailes y cenas de sociedad, paseos por los jardines Cremorne, obras de teatro, meriendas en el parque, e incluso visitas a la maldita biblioteca ambulante.
No porque le hubiese llevado dos meses darse cuenta de lo sentía por ella.
Supo que estaba enamorado durante las dos primeras semanas. El resto del tiempo lo pasó tratando de averiguar si sus sentimientos eran correspondidos.
No se atrevió a dar un paso más hasta aquella última noche en el jardín de los Mainwaring. Primero le pidió un mechón de pelo. Luego la besó. Ella le enmarcó el rostro entre sus pequeñas manos, y por poco lo deja sin aliento al devolverle el beso.
«—Me pregunto a cuántas más habrá besado en jardines bajo la luz de la luna —le preguntó.
—Solo a usted, señorita Stafford —le respondió Sebastián Conrad con total sinceridad—. Solo a usted».
Poco después, regresaron juntos a la sala de baile.
Sebastián estaba en un estado total de euforia, que se esfumó cuando los asaltó el vizconde Goddard a quien, al parecer, Sylvia le había prometido el siguiente vals.
Sebastián apoyó la espalda contra la pared en un rincón y los observó, resistiendo la casi insoportable urgencia de agarrar a Goddard del pescuezo y zarandearlo como a un cachorro insolente.
A la mañana siguiente, Sebastián partió hacia Marsella y allí embarcó en la ruta marítima que lo llevaría hasta la India.
Cuando llegó, sus obligaciones lo mantenían ocupado desde que amanecía, y muchas veces hasta bien entrada la noche.
Las contiendas, ya fueran de mayor o menor envergadura, lo dejaban exhausto y casi siempre acababa herido.
Los horrores de la rebelión lo destrozaban mentalmente, pero Sylvia Stafford casi nunca salía de su cabeza.
Una tarde, cuando estaban acampados a las afueras de una ciudad o hacinados en algún cuartel infestado de alimañas, se decidió a escribirle.
Las primeras cartas eran respetuosas, pero luego su desesperación fue en aumento.
Al no recibir respuesta, pensó que Goddard había conseguido conquistarla.
Se atormentaba imaginándolos juntos, rememorando las veces que los había visto bailar o pasear por el parque.
Comprendió que Sylvia nunca había estado interesada en un gigantesco oficial de caballería.
Que lo más probable era que le hubiera impuesto su presencia y ella tenía tan buenos modales que no se atrevía a pedirle que la dejara en paz.
Pero ese no había sido el caso.