La carta perdida Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Unos minutos después, el rugido de la locomotora la sobresaltó, sacándola de su autoflagelación.

Una sensación de resignación se le instaló en el corazón cuando el tren entró traqueteando en la estación.

Se detuvo al lado del andén con un chirrido de metal, y un puñado de pasajeros desembarcaron.

Sylvia esperó junto al resto de viajeros mientras los botones subían el equipaje.

No tardaron demasiado; Apsley Heath no era un destino muy popular, y menos a esas horas del día.

—¡Todos a bordo! —gritó el conductor.

Sylvia agarró con más fuerza la maleta y se dirigió al vagón de segunda clase.

«No hay nada más que pueda hacer», pensó con tristeza.

Cualquier futuro al lado de Sebastián era imposible.

Y la nueva información acerca de las cartas no cambiaba nada.

Ahora eran dos personas diferentes, de dos mundos diferentes.

Lo mejor era que ella regresara al lugar que pertenecía y continuara con su vida como institutriz. Era lo correcto. Y lo menos arriesgado.

Cuando llegó su turno de embarcar, un mozo se acercó y la ayudó a subir, tomándola del codo. Se lo agradeció y tras eso, lanzó una última mirada angustiosa al paisaje de Hertforshire y entró en el tren que la llevaría de regreso a Londres y la alejaría de la vida de Sebastián para siempre.

* * *

Sebastián durmió hasta el mediodía, pues se había pasado la mayor parte de la noche levantado. Cuando se despertó, Milsom ya se había ido.

Igual que Sylvia Stafford.

—Una sirvienta fue a su habitación a las diez y media para llevarle el desayuno —explicó Julia— pero estaba vacía y sus cosas no estaban.

Le ordené a Craddock que averiguara si alguien la había visto y, no te lo vas a creer, descubrió que uno de los mozos de cuadra la llevó a la estación de tren en un carruaje. ¡Al amanecer!

Estaba sentado frente al tocador caoba, tratando de hacerse el nudo de la corbata cuando su hermana había irrumpido en la habitación. Ahora la corbata colgaba suelta alrededor de su cuello, olvidada, y la escuchaba en silencio, estupefacto.

—Ya estará a muchas horas de aquí. Y solo ha dejado esta nota en la almohada como explicación, en la que escribió… —Julia soltó un gritito cuando se la arrancó de las manos.

La desdobló y leyó las palabras de Sylvia con desesperación en la voz.

Mi querida lady Harker:

Regreso a Londres. Perdóneme por no haberme despedido de forma apropiada.

Anoche me di cuenta de que era un error haber venido y tomé la decisión de marcharme a primera hora del día siguiente.

Mi vida ahora está en Londres. Como institutriz.

Hay que dejar el pasado atrás, por mucho que cueste.

Lo único que se obtiene al intentar revivirlo es dolor.

Espero que pueda entenderlo, y le pido que por favor acepte mis disculpas por cualquier inconveniente que pueda haberles causado.

Cordialmente,

Sylvia Stafford

La leyó de nuevo, profundamente afectado.

«Hay que dejar el pasado atrás». Lo mismo que le dijo la noche anterior en la biblioteca.

¿En aquel momento ya sabía que iba a abandonarlo?

¿Alguna vez había tenido la más mínima intención de quedarse?

¿De planear un futuro juntos? Era cierto que todavía no le había pedido matrimonio.

La vio demasiado disgustada. Pero no había duda de que le había dejado claras sus intenciones.

¿Le atraía mucho más ser institutriz que convertirse en su condesa? ¿Y tan monstruoso le resultaba para escapar de él a escondidas con la primera luz del alba?

Por todos los dioses, se sentía como un completo imbécil.

Julia revoloteaba por el vestidor, retorciéndose las manos. Todavía llevaba el pelo recogido en una trenza para dormir y vestía un camisón estampado con muchos detalles y abotonado hasta la garganta.

—Termina de vestirte; puedes preparar un caballo e ir tras ella. Puede que aún la alcances si…

—No voy a ir a buscarla.

Se quedó mirándolo con los ojos como platos, consternada, mientras su hermano se colocaba frente al espejo y se deshacía de la corbata.

—¿Cómo? ¡Pensaba que deseabas que se quedara! ¿Y por qué no te estás vistiendo? Oh, ¿dónde está Milsom? ¡Milsom!

—Ha salido a atender un recado.

—¡Entonces te ayudo yo! ¿Dónde tienes la levita? ¿Y una corbata limpia? Debes darte prisa. Insisto.

—No voy a ir a Londres —dijo Sebastián con brusquedad—. No he salido de la hacienda desde que volví de la India. Y tú sabes muy bien por qué.

Julia se sonrojó.

—Lo sé, pero ahora tienes motivos para hacerlo, si vas podrías conquistar a la señorita Stafford.

Sebastián observó su reflejo en el espejo del vestidor. Con la luz del día, era difícil creer que Sylvia hubiera llenado de besos aquel rostro repleto de cicatrices. De hecho, cuanto más lo pensaba, más le parecía que la noche anterior no había sido más que un sueño esperanzador y desesperado.

—No voy a ir a Londres —repitió.

Julia se dirigió hacia la puerta.

—Entonces iré yo…

La sujetó de la muñeca.

—No vas a hacer tal cosa —sentenció con una calma peligrosa.

Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas de frustración.

—¡Alguien tiene que ir a por ella! Debéis casaros. ¿Y por qué razón rechazaría tal proposición? Sin duda cualquier cosa es preferible a trabajar de institutriz en Cheapside.

Sebastián se estremeció visiblemente.

—¿Qué le has dicho?

—Nada. —No, pensó con amargura. Lo único que había hecho era besarla.

Estrecharla entre sus brazos. Decirle que le importaba muchísimo.

¡Por todos los santos! Se había lanzado sobre ella y había jadeado y gruñido como un animal salvaje.

¿Cómo diablos imaginaba que reaccionaría?

Había salido huyendo de la biblioteca con lágrimas en los ojos, maldita sea.

Probablemente sentía repulsión hacia él.

—¡Has tenido que hacer algo o sino seguiría aquí! Y sé que no le asustan tus cicatrices. Parecía un poco triste, sin duda, pero… —Julia abrió la boca—. ¡Oh, no! ¿Ha sido por mi culpa? ¿Por algo que he dicho? Pero ¿qué ha podido ser?

—¿Tal vez insinuar que podría volarme los sesos en cualquier momento, igual que hizo su padre?

Julia retiró la mano de un tirón, dramatizando mientras se frotaba la muñeca.

—¿Crees que fue porque mencioné que quería que fuera mi hermana? ¿Y que se casara contigo para ayudarte a salir del estado de melancolía en el que te encuentras?

Sebastián gruñó.

—Dios bendito.

—Tengo que admitir que aquello pareció alarmarla.

Aunque la tranquilicé de inmediato y le dije que no era más que una fantasía egoísta.

—Julia juntó las cejas—. ¿Crees que hay otra persona?

Dijo que no estaba casada, pero no dijo nada acerca de no tener un pretendiente.

Y está más guapa que nunca. Es una razón de peso para que vayas a por ella a Cheapside.

Pongo la mano en el fuego por que, si sabe que la convertirás en condesa, dejará plantado a quien sea que la esté cortejando.

Sebastián escondió el rostro entre las manos.

¡De nuevo la sombra de otros hombres! Sus admiradores habían cortado todo lazo con ella tras el suicidio de su padre.

No dejaba de repetírselo desde que se separaron la noche anterior.

Sin embargo, solo porque los caballeros de la alta sociedad hubieran rechazado una relación con ella no significaba que se hubiera resignado a una vida solitaria de solterona.

Ahora era institutriz, cierto. Pero era preciosa y de buena cuna.

Sin duda tendría una larga cola de pretendientes desde Cheapside hasta Mayfair.

Abogados. Doctores. Comerciantes. Maestros.

Sebastián se los imaginó a todos en fila en su mente; magníficos y elegantes, con voces suaves y amables.

—Fuera —bramó.

—Pero la señorita Stafford…

—¡Fuera! —Su voz retumbó en la estancia.

Y cuando su hermana se escabulló del vestidor y de sus aposentos dando un portazo, sintió el mortificante picor de las lágrimas asomando a sus ojos.

Se tragó entre espasmos la amarga oleada de dolor y miseria contenidos durante tanto tiempo.

La ausencia de Sylvia Stafford. La muerte de su padre y de su hermano.

La pérdida de sus amigos y compañeros en la India.

Su rostro desfigurado. El dolor físico y la angustia mental.

Rebuscó en el bolsillo hasta localizar el mechón y lo apretó con ímpetu, como si fuera un salvavidas y él estuviera a punto de ahogarse. Siempre había tenido el poder de traerlo de vuelta desde el abismo. Pero ahora, mientras lo sujetaba contra su mejilla, no sintió nada. Nada en absoluto.

Se dio cuenta de que no era más que un símbolo. Un sustituto sin vida y sin alma de la Sylvia Stafford real.

Y ahora la Sylvia Stafford real se había ido para siempre.