Capítulo 10
C uando Sebastián regresó a su habitación, encontró a Milsom despierto, esperándolo.
Durante los años que pasaron en la India, el leal sirviente había perfeccionado el arte de dormir durante cortos intervalos de tiempo, y lograba despertarse con el mínimo ruido o señal de movimiento.
Como en aquel momento. Salió del vestidor con las cejas alzadas y una expresión bastante impertinente en el rostro.
Sebastián se quitó la camisa, dejando a la vista su espalda y pecho desnudos, plagados de cicatrices. Lanzó la prenda sin ningún cuidado a los pies de la cama.
—¿Y bien?
Milsom recogió la camisa.
—¿Milord?
—Deja de mirarme con esa arrogancia insoportable.
—Eso hago, ¿señor?
—Si tienes algo que decir, dilo ya. —Hizo una pausa—. A no ser que esté relacionado con la señorita Stafford y conmigo. En ese caso, agradecería que mantuvieses la boca cerrada.
Milsom lo miró con diversión.
—No pronunciaré ni una palabra sobre ese asunto, milord.
—Sabia decisión. —Sebastián se sentó para deshacerse de las botas.
—Pero permítame decirle que esta tarde me tomé la libertad de indagar sobre las cartas.
—¡¿Qué?! —El conde puso los ojos en blanco—. ¿Qué has hecho?
—Le pregunté a la señorita Craddock.
—¿La doncella de mi hermana? ¿Qué demonios sabe ella de todo esto?
—No mucho. Y lo que me dijo no es ningún secreto; fue una pérdida de tiempo.
—Continúa.
Milsom se agachó y recogió las botas de Sebastián.
—Según me ha contado, lady Harker se enteró del paradero de la señorita Stafford por una tal señorita Cavendish, quien a su vez lo supo a través de una tal lady Ponsonby. La anterior doncella de la señorita Stafford trabaja para esta última. Responde al nombre de Harriet Button.
Sebastián se puso en alerta al instante.
—Por lo visto —siguió Milsom—, la señorita Button estuvo empleada por la señorita Stafford durante muchos años y confiaba mucho en ella. Sir Roderick Stafford también la tenía en alta estima.
—¿Y cómo descubrió Craddock toda esta información tan fascinante?
—Al parecer lady Harker le pide a la señorita Craddock que le lea el correo cada mañana mientras ella —Milsom carraspeó con discreción—, se baña.
Sebastián hizo una mueca. Muy propio de Julia. Nunca había sido una gran lectora. Y le gustaba que cualquiera dispuesto a hacerlo la colmara de atenciones.
—¿Entonces Craddock le leyó la carta de la señorita Cavendish?
—Así es.
Sebastián se levantó y empezó a desabrocharse los botones del pantalón.
—Tienes razón. No sirve de nada.
—Se lo he dicho, milord.
—Sin embargo… —Sebastián se quitó el pantalón—. Necesito que vayas a Londres mañana a primera hora.
—¿Para hablar con la señorita Button?
—Exacto.
—Pensé que ella podría ser de utilidad, milord.
—Bien hecho —dijo Sebastián. En ropa interior, caminó hasta el lavamanos del vestidor.
—Era Button la encargada de enviar las cartas.
Milsom, que doblaba el pantalón y la camisa de su señor sobre el brazo, se detuvo a mitad.
—¿Cree que manipuló el correo?
—Pues eso parece. —Sebastián vertió una jarra de agua fría en la palangana. Sumergió la cabeza y aguantó unos segundos antes de levantarla y encontrarse al hombre a su lado, ofreciéndole una toalla. Se la arrebató de las manos y empezó a secarse la cara y el pelo.
—Sospecho que las cartas jamás llegaron a enviarse. Me gustaría saber el porqué.
—Para mí el motivo es evidente, señor.
—Y para mí también —estuvo de acuerdo Sebastián—. Pero la señorita Stafford no creerá que su padre estuvo implicado en todo esto sin ninguna prueba. Es leal; incluso con aquellos que no lo merecen.
—¿Quiere que busque pruebas que inculpen a sir Roderick?
—Quiero que descubras la verdad. Sea cual sea.
—Haré todo lo que esté en mi mano, milord.
—Deberías llevarte algo de dinero —agregó Sebastián—. Los antiguos sirvientes de sir Roderick Stafford no tendrán reparos en aceptar un soborno. Me atrevería a decir que lo esperarán. Y, ¿Milsom?
—¿Sí, señor?
—Llega hasta el fondo de todo, sin importar el precio.
* * *
Unas seis horas después, Sylvia estaba en el desierto andén de la estación de Apsley Heath, aferrando con fuerza la maleta entre las manos enguantadas.
Vestía el mismo vestido oscuro que llevó en el viaje de ida desde Londres, la misma capa abotonada alrededor del cuello y el mismo sombrero de seda en la cabeza, ajustado bajo la barbilla en una lazada simple pero firme.
Había resultado sorprendentemente sencillo encontrar a alguien dispuesto a llevarla hasta la estación.
Le bastó con bajar a la cocina al amanecer y preguntar por la cocinera.
La señora Croft era una mujer con un gran instinto maternal.
Una mujer bondadosa. Un simple vistazo a los ojos hinchados de Sylvia y al rostro empapado de lágrimas, y llamó de inmediato a un mozo de avanzada edad que estaba en el establo.
—John —le había ordenado—. Será mejor que prepares el carruaje. Esta jovencita de aquí necesita llegar a tiempo al próximo tren que salga de Apsley Heath.
—Sí, señora —le había contestado él.
Y a los pocos minutos Sylvia estaba sentada detrás del viejo sirviente en un pequeñísimo y destartalado carruaje de un solo caballo precipitándose veloz hacia el pueblo vecino.
No le hizo preguntas, gracias a Dios. Solo habló al llegar a la estación para desearle un buen viaje.
Y tras aquello, se despidió con un gesto de la gorra y desapareció.
Estaba sola de nuevo.
Sola y extremadamente decepcionada consigo misma.
La noche anterior estuvo a un paso de caer en la misma trampa en la que habían sucumbido incontables mujeres antes que ella.
Casi permitió que su reputación quedase arruinada.
Y no por un libertino o canalla cualquiera aprovechándose de una institutriz ingenua; algo que ya hubiera sido bastante horrible de por sí.
Sino por Sebastián Conrad. El caballero que le rompió el corazón tres años atrás.
Y lo peor era que ni siquiera podía culparlo. Era ella quien había propiciado el encuentro desde el principio.
¿Qué creía que ocurriría cuando le acariciara el rostro y le besara las cicatrices?
¡Prácticamente se había arrojado a sus brazos!
Era natural que reaccionara; apostaría lo que fuera a que, si cualquier otra mujer —lo mismo daba si era duquesa o ayudante de cocina— se hubiera insinuado de ese modo habría provocado en él la misma respuesta apasionada.
Sebastián no era más que un hombre, después de todo.
Y ella se había mostrado lista y dispuesta ante él.
¡Y además iba en camisón! Bien podría morirse de la vergüenza.
Caminó una y otra vez de un lado a otro del andén, apretando tan fuerte con los dedos el asa de la maleta que sintió un calambre bajo los guantes.
El viento soplaba con fuerza y las ráfagas heladas revolvían la tierra y el hollín, ensuciando el dobladillo de su sencilla falda.
Pero apenas se percató del frío o de que se le manchaba el vestido.
Tampoco notó la afluencia de gente que comenzaba a deambular por allí; viajeros que, como ella, esperaban al primer tren rumbo a Londres. Estaba demasiado inquieta y alterada.
«Pero por la mañana, usted y yo hablaremos sobre muchísimas cosas. Vamos a llegar a un acuerdo», le había dicho Sebastián.
¡Qué desfachatez! ¿Cómo podía haber pensado que se convertiría en su amante? Como si estuviera tan locamente enamorada de él para conformarse con tenerlo de cualquier forma. ¿Y para que iba a exponerse al escándalo y a esa humillación? ¿Para tener el dudoso honor de ser la amante de un conde?
¿Llegar a un acuerdo? ¡Qué se había creído!
Si dejaba las cosas como estaban, nadie se enteraría jamás de que su reputación había corrido peligro durante su desafortunado viaje a Hertfordshire.
Sin embargo, si accedía a ser la amante de Sebastián, no solo estaría acabada, sino que también arriesgaría su sustento.
Los Dinwiddy no permitirían que una mujer arruinada se hiciera cargo de sus hijas.
Se desharían de ella sin darle ninguna referencia.
¿Y qué sucedería si se quedaba embarazada?
Se le revolvió el estómago solo de pensarlo.
Sería una vergüenza. Todos sus conocidos la repudiarían.
Nadie que se considerara decente querría tener nada que ver con ella.
Y lo peor de todo, dependería al completo de la buena voluntad de Sebastián.
Tendría el poder de echarla a la calle cuando le viniera en gana.
Y teniendo en cuenta sus cambios de humor, eso podría ocurrir en cualquier momento.
Se convenció a sí misma de que las consecuencias de una relación como aquella serían funestas.
Eso podía llegar a entenderlo. Lo que no comprendía es porqué, a pesar de saber que saldría perdiendo con ese intercambio, sentía tanto dolor al pensar en Sebastián.
Y tenía la terrible tentación de regresar a Pershing Hall y vivir a su lado del modo en que él la aceptara o durante el tiempo en el que estuviera dispuesto a tenerla a su lado.
«Eres tan insensata como padre», pensó con desagrado. «Estás sopesando desperdiciar tu vida solo por unos cuantos momentos de emoción, unos pocos momentos de placer».
Había tardado años en sanar su corazón roto la primera vez que Sebastián se lo destrozó.
Años en construirse una nueva vida para ella misma.
No podía volver a pasar por ello. Y no lo haría.
Porque esta vez sería peor, muchísimo peor.
Porque entonces Sebastián solo la cortejó y le dio unos castos besos.
En cambio, la noche anterior, la había aplastado contra su pecho en un feroz y posesivo abrazo.
Se había extasiado con sus labios. Y le había dicho que la deseaba.
El calor le inundó el rostro al recordarlo. Inclinó la cabeza, escondiendo el rubor de la vista ajena tras la protección de la visera del sombrero.