La carta perdida Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—¿Aprovecharse? No. Pero debo admitir que hay una diferencia abismal entre los besos que compartimos cuando era la señorita Stafford de Newell Park y los que acabamos de compartir ahora que soy una simple institutriz en Cheapside.

—Han pasado tres años. Los dos hemos madurado. Y no estamos en un jardín mientras se celebra un abarrotado baile en Londres. Es lógico que la intensidad del encuentro… —Esbozó una mueca, avergonzado por el rumbo que había tomado la conversación—. No tiene nada que ver con que sea institutriz.

—¿No?

—No, ¡maldita sea!

—No es necesario que pierda los estribos.

—Estoy calmado. Trato de decirle que no le he faltado al respeto. Si lamenta lo que ha sucedido entre nosotros…

—No lo lamento. He sido yo quien lo ha besado, por si no lo recuerda. No lo tenía planeado, pero ahora que lo pienso… Igual, en cierto modo, es una manera perfecta de ponerle fin.

Una cascada de agua helada no podría haber sido más efectiva.

—Ponerle fin —repitió—. ¿Tras lo que acabamos de compartir? No opino igual.

La joven le dedicó una mirada gélida.

—Pero no depende de usted ¿o sí?

—Diablos, claro que sí—gruñó—. Si cree que voy a dejarla marchar después de esto…

Sylvia se puso de pie de inmediato.

—Es mi decisión y solo mía —replicó—. Soy una mujer de veinticinco años. Una mujer independiente. Hago lo que me place.

Sebastián se levantó y se cernió sobre ella.

—¿De veras? ¿Entonces supongo que se dedica a besar a caballeros con los que no está casada? ¿Con los que ni siquiera está prometida?

Un rubor ardiente se apoderó del rostro de Sylvia.

—¿Y qué si es así? No le incumbe.

Sebastián tenía una expresión fulminante en el rostro. ¿Había alguien más? ¿Cómo no iba a ser así? Siempre había tenido admiradores. Y habían estado separados durante tres años. Era estúpido asumir que no existía nadie más.

—Sus acciones de esta noche han hecho que me concierna —sentenció con frialdad—. Mi honor como caballero…

—¿Y qué sucede con mi honor?

Apretó la mandíbula. No sabía por qué estaba perdiendo el control.

¿Eran celos? ¿Frustración? Desde que volvió a ver a Sylvia Stafford su mente estaba sumida en el caos.

Su sola presencia era abrumadora, pero acariciarla y besarla le había hecho perder la cordura.

Estaba confuso. ¡Al demonio con todo! ¡¿Había habido otros hombres?

! No podía quitarse ese pensamiento de la mente.

—Supongo que piensa que no hay necesidad alguna de tratar a una institutriz con honor o dignidad o…

respeto. —Su voz se quebró por la emoción y se separó de él.

Cuando habló de nuevo, le temblaba la voz por el llanto—.

¿Cómo puede llegar a pensar que besaría a cualquiera?

Solo porque me lancé a sus labios aquella noche en el jardín, y hoy he vuelto a hacerlo…

Supongo que cree que soy una seductora sin escrúpulos.

Sebastián soltó una maldición por lo bajo. En una zancada, ya estaba detrás de ella. Le rodeó el brazo con la mano.

—Comienza a ser tan desesperante como mi hermana —bufó. Su tono hostil se rebajaba por el apretón suave y tranquilizador de sus dedos—. Por supuesto que no creo eso. ¿Por quién me ha tomado?

Sylvia negó con la cabeza.

—Ya no estoy segura de nada. Soy incapaz de pensar.

—Está agotada, eso es todo. Los dos lo estamos.

—La volvió para encararla. Verla con los ojos llorosos le destrozó el corazón.

Deslizó la mano por su brazo, tratando de calmar sus caóticos nervios—.

No hay necesidad de hablar más por esta noche —dijo—.

Pero por la mañana, usted y yo hablaremos sobre muchísimas cosas. Vamos a llegar a un acuerdo.

Sylvia dejó de mirarlo. Su pequeño y esbelto cuerpo estaba rígido y firme.

—Por ahora, le sugiero que se vaya a la cama. Y le sentará bien tomarse una copa de jerez antes, si le apetece.

Le lanzó una mirada fugaz.

—¿Por qué tiene que ser tan coherente? Su hermana dijo que era un bruto y un déspota. Le suplico que me intimide. Amenáceme. Lánceme un jarrón de porcelana a la cabeza. Haga lo que sea para que pueda odiarlo.

—¿Preferiría odiarme? —Se quedó incrédulo.

—Así es. Sería más sencillo. Menos confuso que… —Señaló en un gesto vago que parecía abarcar Pershing Hall—, que esto.

—No dice más que tonterías. —Le dio otro apretón en el brazo.— Venga conmigo. Le encenderé una vela nueva para que pueda volver a su habitación. Por la mañana se sentirá mejor.

Sylvia asintió a regañadientes.

—Muy bien.

Sebastián le soltó el brazo y fue en busca de fósforos.

El candelabro con el que había entrado todavía parpadeaba con intensidad, pese a que las velas se habían derretido.

Proyectaba un leve brillo a su alrededor, dejando el resto de la biblioteca en completa penumbra.

La vela de Sylvia hacía mucho que se había apagado.

La cambió por una nueva, encendió la mecha y se la tendió.

—Los sirvientes deberían estar durmiendo —dijo mientras Sylvia tomaba la vela de su mano—. Aun así, es mejor que salgamos por separado.

—Estoy de acuerdo.

—Usted primero. Me quedaré aquí unos minutos.

Sylvia inclinó la cabeza en su dirección.

—Buenas noches, milord.

Milord. ¿Así que iban a volver a tratarse así? Suspiró.

—Dulces sueños, señorita Stafford. Espero con ansia retomar la conversación a una hora más razonable.