La carta perdida Capítulo 9 #3
66%

Capítulo 9 #3

¿Era así como olían las cartas?

Una furia ardiente lo atravesó como una puñalada. ¡Maldito fuera Roderick Stafford! ¿Por su culpa había tenido que soportar tanto sufrimiento durante los últimos años? Si era así, Sebastián deseaba con afán que ese miserable estuviese pudriéndose en el infierno.

—¿Le duele aquí? —le preguntó, con la mano suspendida junto a su oreja.

—No.

—Ha puesto cara de angustia.

—¿Sí? Le pido disculpas. —Se esforzó para que no pareciera que sus dulces caricias lo estaban sacudiendo hasta la médula—. Puede continuar.

Se acercó más aún, deslizando los dedos por el surco de su oreja.

—Fue mucho más que un corte de sable —apreció con el ceño fruncido—. Esta de aquí —dibujó despacio la línea que bajaba de la oreja hasta la mandíbula—, y aquí… —Llevó los dedos hasta el ojo y recorrió la gruesa cicatriz que llegaba hasta la comisura de sus labios—. ¿Cuál fue primero?

—La del rostro. Me cortó la oreja y por poco me desgarra la garganta.

—¿Quién lo hizo? ¿Fue el mismo soldado?

—Un rebelde cipayo. Sí, creo que sí. Afortunadamente, el primer golpe me dejó aturdido y apenas sentí el segundo.

—¿Iba a caballo?

Sylvia ya no se contentaba con acariciarle las cicatrices con la punta de los dedos, y ahora su mano derecha descansaba a lo largo de la mejilla de Sebastián.

Sintió una punzada de dolor, pues rememoró el modo en que le acarició el rostro en el jardín de los Mainwaring.

Un recuerdo que le había ayudado a sobrevivir durante tres largos años.

Un recuerdo que palidecía al lado de la realidad.

—Sí.

—¿Cuándo ocurrió?

—En el asalto de Jhansi, en el 58.

Sylvia rozó con el pulgar la comisura derecha de su labio.

—¿Y esto puede sentirlo? —preguntó con dulzura.

Sebastián tragó con fuerza.

—Sí.

Acarició con el dedo el borde superior del labio.

—¿Y esto?

—Sylvia…

—Era usted muy especial para mí —susurró.

Un profundo temblor hizo vibrar el cuerpo de Sebastián. Bajó la cabeza, cerrando los ojos y embebiéndose de sus palabras como un hombre al que hubieran privado de agua durante mucho tiempo.

—Ahora voy a besarle aquí —pronunció—. Se percibía un ligero temblor en la voz de Sylvia—. Justo aquí. —Se inclinó hacia delante y presionó los labios en la cicatriz de la mejilla de Sebastián.

Dejó escapar el aire, tembloroso.

—Y aquí —susurró, besando el rabillo de su ojo herido—. Y aquí también, creo. —Posó los labios sobre el lóbulo irregular de la oreja de Sebastián.

El conde se había mantenido quieto como una estatua mientras ella lo acariciaba, pero su último hilo de autocontrol se rompió cuando Sylvia, acercándolo más a ella con suavidad, repartió un reguero de besos por la cicatriz de su mejilla.

Con un rugido, le rodeo la cintura con el brazo, hundió los dedos de la mano que tenía libre en su pelo e inclinó los labios para capturar los de ella.

Fue un beso feroz, exigente; repleto de un amargo anhelo que había estado retenido tres años.

Sylvia entreabrió los labios, concediéndole acceso por completo.

Después se derritió en sus brazos, con una mano apoyada todavía en su mejilla; la otra fue a parar a su cuello, y enredó los dedos en su cabello oscuro.

La besó una y otra y otra vez, explorando sus labios carnosos y saboreando los suaves e íntimos recovecos de su boca.

El lado desfigurado de la boca de Sebastián no cooperaba del todo.

Él era consciente de que ella debía notar la rareza de sus labios mientras la besaba, pero no dio muestras de que lo hiciera.

En su lugar, se mostraba abierta y cálida y complaciente, ofreciéndole toda su dulzura.

Y que Dios lo ayudase, porque la tomó toda para sí.

Y siguió besándola hasta que no quedó ni un solo pensamiento coherente en su cabeza.

Hasta que el deseo de tenerla apenas le permitía respirar.

Sylvia no se opuso a la pasión, pero lo apaciguaba con sus caricias, respondiendo al calor de sus labios con suaves y delicados besos. Besos que le comunicaban que no había prisa alguna. Sylvia era suya. Siempre lo había sido.

—Sylvia —dijo con voz ronca cuando se detuvo para tomar aire—. Perdóneme, no pretendía…

Le acarició la mandíbula con ternura.

—No pasa nada.

Sebastián se perdió en las caricias.

—Santo cielo, temía estar soñando.

—¿Ha soñado conmigo alguna vez? —Se maravilló Sylvia.

—Más de las que puedo contar —confesó Sebastián—. Era el único modo de tenerla.

—Estaba convencida de que me había olvidado.

—Jamás.

—Yo tampoco le olvidé —susurró.

Sintió los brazos de la mujer alrededor del cuello, y la apretó con más fuerza contra él, recostándola sobre su amplio pecho.

—La he deseado tantísimo —dijo con voz ronca, antes de inclinar la cabeza y adueñarse de su boca de nuevo.

Era evidente que había enloquecido, pensó distraído.

Pero si él había perdido la cordura, entonces ella también.

Respondía a sus avances con una pasión desmesurada.

No se parecían en absoluto a los delicados besos que compartieron en el jardín de los Mainwaring.

No; estos besos eran excitantes e íntimos.

Como un hombre que besa a su amante antes de dejarse ir entre las sábanas.

Sylvia se separó, sin aliento.

—Sebastián…

El conde gruñó por lo bajo, frustrado al comprender lo que quería decirle.

—Lo sé. Si seguimos así mucho tiempo seremos incapaces de detenernos.

Sylvia deslizó la mano por su cuello y le acunó la mejilla con suavidad. Sebastián cerró los ojos brevemente ante el toque de sus dedos, que rasparon su barba incipiente.

—Le importo, ¿no es así? —preguntó Sylvia.

Un sonido ahogado de aprobación surgió de sus labios, a medio camino entre una risa y un gemido.

—Santo cielo, muchísimo.

Se separó de él para mirarlo. Examinó su rostro con los ojos azules.

—¿Lo dice de corazón?

Sebastián sintió una sacudida de remordimiento. Se había comportado fatal con ella desde que llegó a Pershing Hall, era lógico que dudara de sus palabras.

—Sí. —Tomó una de sus manos y se la llevó a los labios.

—Voy a cuidar de usted —prometió.

Y juraba por Dios que lo haría. Iba a dedicar su vida entera a cuidar de Sylvia Stafford. No le faltaría de nada mientras viviera.

—Cuidar de mí —repitió ella.

—Se lo daré todo. Vestidos. Joyas. Un carruaje. Lo que su corazón desee.

Lo miró fijamente, llena de confusión.

—No lo entiendo —dijo—. Debería saber que no puedo aceptar tales cosas.

—Sí que puede —le aseguró Sebastián—. Le daré mucho más. Mi intención es consentirla sin mesura.

Sylvia negó con la cabeza.

—Sebastián…

El conde bajó la mirada hasta sus labios entreabiertos. Parecía que iba a añadir algo más. Otra objeción, sin duda. Atrapó su boca antes de que pudiera hablar, besándola con ferocidad.

Durante un instante interminable, Sylvia se rindió a su tierna invasión. Suavizó los labios bajo los suyos, acogiéndolo con dulzura. Después aparto su rostro de él, y se apoyó contra su pecho de piedra.

—En el pasado no era igual.

Sebastián le besó la comisura de los labios.

—No —dijo, acurrucándose contra ella. Había una ligera diversión en su voz—. Entonces no me habría atrevido a ser tan descarado.

—Porque era una joven de la alta sociedad.

Se quedó inmóvil con los labios en su mejilla.

—Pero ahora no soy más que una institutriz. Una sirviente de nivel superior, según tus propias palabras.

Levantó la cabeza para mirarla. Santo cielo, ¿de verdad creía aquello? ¿Podía llegar a pensar, aunque fuera por un segundo, que la había besado con tanta pasión porque la consideraba alguien inferior?

—Sylvia… —Se aproximó para intentar convencerla.

Ella se retiró, y apoyó las manos en su pecho para mantenerlo a distancia.

—Y tampoco me llamaba Sylvia.

Lo aplastó la sensación creciente de que algo había cambiado. Un cambio sutil que no lograba identificar.

—Ni tú a mí Sebastián —señaló.

—Sí que lo hacía —puntualizó—. En cada una de las cartas.

¡Al diablo con eso! Las malditas cartas otra vez. Blasfemó entre dientes y la liberó del abrazo. Ella se movió de inmediato hacia el extremo opuesto del sofá. La bata estaba arrugada y tenía el pelo desperdigado por todo su alrededor en una maravillosa maraña castaña. Estaba hecha un desastre.

—Ya le he dicho que no recibí ninguna carta.

—Pero eso no significa que no existan.

—Si las escribió o no…

—¿No me cree? —Estaba horrorizada.

—Sylvia, escúcheme…

—¿Por qué iba a mentir sobre algo tan humillante? —Sus ojos azules destellearon con dolor, que pasó a convertirse en ira, muy a su pesar.

Sebastián se pasó la mano por el pelo con frustración.

La conversación se le estaba escapando de las manos con rapidez.

—No lo sé — soltó—. Porque ahora soy el conde y he heredado la fortuna de mi padre.

La joven entreabrió los labios en una exclamación muda.

—¿Es eso lo que piensa?

—No —dijo con rapidez—. Quiero decir que… fue lo que pensé cuando llegó aquí, pero yo… —Se le rompió la voz y soltó una maldición—. Diablos, Sylvia. Un hombre es incapaz de pensar con claridad bajo estas circunstancias. Si me da cinco segundos para…

—Por favor, llámeme señorita Stafford.

—¿Cómo?

—Preferiría que dejase de llamarme por mi nombre de pila. No quiero tener esa familiaridad con alguien que cree que soy una mentirosa.

Sebastián frunció el ceño.

—Es un poco tarde para preocuparse por el exceso de familiaridad.

Apartó la mirada de él, y el rubor le tiñó las mejillas.

—Y nunca he dicho que mintiera.

Sylvia se alisó la bata alrededor del cuerpo.

—No pasa nada —dijo—. En realidad, me alegro. Es un alivio saber lo que piensa de mí. Ojalá lo hubiera sabido antes de partir desde Londres.

Sebastián clavó los ojos en ella.

—Lo dice como si se arrepintiera de venir.

—Por supuesto que lo hago —dijo—. Jamás debí aceptar la invitación de su hermana. Hay que dejar el pasado atrás.

La verdad de aquella afirmación lo golpeó en el estómago.

—¿Y lo de esta noche? ¿Lo que acaba de suceder entre nosotros justo ahora?

—¿Por qué debería arrepentirme?

—Discúlpeme —añadió con rigidez— ¿pero no acaba de insinuar que soy el tipo de caballero que se aprovecha de sus sirvientas?