La carta perdida Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—En gran parte. Aunque no estoy segura de qué podría haber hecho yo para frenarlo. Además, se ha pasado la mayor parte de mi visita evitándome. —Trazó con los dedos las líneas del cojín bordado que tenía al lado—. ¿Por qué no ha cenado con nosotras hoy?

El instinto minado de Sebastián le envió una señal de alerta, que descartó como una falsa alarma.

—Porque debía terminar un artículo para la sociedad filosófica. —Era solo una mentira a medias, pues había pasado la mayor parte de la tarde trabajando en aquel maldito artículo—. ¿Por qué? ¿Qué siniestro motivo pensaba que ocultaba?

—Creía que no deseaba estar en mi compañía.

—Una suposición absurda.

—¿Lo es? ¿Tras todo el desprecio que me ha mostrado desde que mi llegada?

Sebastián pestañeó.

—¿La he tratado con desprecio?

—Lo sabe muy bien.

—Si es así le pido disculpas.

¿Qué más podía decirle? ¿Que intentaba castigarla por haberlo rechazado? ¿Que deseaba humillarla? ¿Que quería que supiera lo poco que había significado para él y demostrarle que ahora aún le importaba menos?

Pero en el proceso se había comportado de un modo más que ofensivo. Y había sido cruel a propósito. Además de un inmaduro y terriblemente descortés.

Se avergonzaba de sí mismo.

—Señorita Stafford, sé que le he dado razones para pensar lo contrario —asumió la culpa—, pero no quiero que se vaya de Pershing Hall. Todavía no. Hablaba en serio cuando le dije que esperaba que volviéramos a ser amigos.

Sylvia reflexionó sobre sus palabras durante un instante.

—Bueno, supongo que si me quedo el resto del mes…

—¿Cómo que «si» se queda? —Sebastián estaba incrédulo e indignado a la vez—. ¿Qué quiere decir con eso?

—No tiene sentido que siga aquí si va a continuar evitándome. Le pido que nos acompañe de vez en cuando, es mi condición para no marcharme.

—¿Acaso no lo he hecho ya?

—Me temo que no basta con encuentros en la tenebrosa y oscura biblioteca o en la galería de arte en penumbra.

Sebastián no necesitó que explicara nada más.

Quería verlo a plena luz del día. Quería verlo al descubierto, contemplar toda su monstruosidad.

La perspectiva lo deprimió. ¿Eso era lo que tenía que hacer para mantenerla allí?

¿Para recuperar su corazón? Su voz se tiñó de amargura por la injusticia de todo aquello.

—Lo que me pide es justo lo que la alejará de mí.

Los ojos de la joven se llenaron de compasión.

—Está siendo injusto conmigo.

—¿Eso cree? Cuando regresé de la India, hasta mi propia hermana gritó y se desmayó.

—Yo no soy ella, milord.

—Soy muy consciente de ello.

Sylvia se sonrojó aún más.

—Ya, bueno… Me parece que se preocupa en exceso por su apariencia.

Sebastián se puso rígido. Tenía razón. Nunca había sido vanidoso, pero ahora le disgustaba su aspecto.

Las cicatrices del lado derecho de su rostro eran gruesas, anchas y profundas.

Se había quedado ciego de un ojo, que lucía blanquecino, le faltaba un trozo de oreja y tenía una comisura del labio caída.

Un monstruo, pensó desolado la primera vez que observó su apariencia en el hospital.

La reacción de su hermana al verlo fue la confirmación de sus peores miedos.

—¿A usted no le pasaría? —preguntó.

Ella lo examinó en profundidad. Deslizó la mirada azul por todo su rostro, asimilando cada cicatriz con una solemnidad inquebrantable que lo estremeció y lo hizo sentirse expuesto.

—Quizá —dijo—. Pero para una mujer es diferente.

—Ah, ¿sí?

—Lo es —insistió Sylvia—. La belleza es lo que determina el valor de una mujer.

Mientras que en el caso de un hombre… A un caballero se le valora por otras cosas.

Por su inteligencia. Por su valentía. Por su habilidad con las armas e incluso con el juego.

Me atrevería a decir que casi todos los que ven sus cicatrices las consideran una señal de coraje.

Así las veo yo. Y en general creo que soy una persona sensata, a pesar de los acontecimientos recientes que demuestran lo contrario.

«Una señal de coraje». De haberlo dicho cualquier otra persona, se habría burlado de aquella chorrada. Pero aquellas palabras pronunciadas por Sylvia Stafford le enviaron un sobrecogedor escalofrío de calidez por todo el cuerpo. Carraspeó.

—Asumo que se refiere a cuando ha intentado escalar la estantería.

—Entre otras cosas.

Sebastián estaba en mangas de camisa. Sylvia llevaba la ropa de dormir.

Resultaba escandaloso que estuvieran los dos juntos de ese modo.

Y a solas. Ambos con poca ropa y pasadas las dos de la madrugada.

Un caballero le aconsejaría que se retirara.

La informaría de que la interacción que mantenían dañaría irreparablemente su reputación.

Qué lástima que no se sintiera muy caballeroso en aquel momento.

—Muy bien —claudicó—, si se queda el resto del mes, haré lo que desee.

—¿Nos acompañará al aire libre? —le preguntó—. ¿Bajo el sol?

El corazón le latía a un ritmo frenético. ¿Qué diantres le estaba prometiendo?

—Sí. A la luz del día.

—Y también vendrá a cenar. Como un buen anfitrión.

—Iré a cenar —repitió sin emoción. Por todos los demonios. Se pasó de nuevo la mano por la parte desfigurada del rostro, maldiciendo la necesidad de tener aquella conversación—. ¿Tan deprimentes han sido las cenas sin mí?

—En absoluto. Es solo que…

—Ya, ya. Lo sé; tengo que hacer un esfuerzo. Y lo haré, pero, por desgracia… —Le costó horrores confesarlo incluso mientras salía de sus labios—. No puedo tomar nada acompañado.

—Eso no es cierto. Tomó el té con nosotras el día de mi llegada.

—Una ridícula farsa —admitió con desdén—. Permití que mi hermana me sirviera una taza, pero no me la bebí.

La señorita Stafford le examinó el rostro.

—¿Por qué no?

Le resultaría fácil inventarse una excusa, y a decir verdad, era muy tentador. Pero las altas horas de la noche y la intimidad de la conversación lo impulsaron a ser sincero.

—Esta cicatriz de aquí. —Recorrió con el dedo la cicatriz que iba desde el ojo hasta más abajo del lateral del labio—, me ha insensibilizado casi toda la mitad del rostro. No del todo, pero sí lo suficiente como para que comer y beber en compañía de alguien más resulte… desagradable.

Sylvia juntó las cejas oscuras. Sebastián vio en la profundidad de sus ojos azules cómo asimilaba la información con lentitud.

—Oh, Sebastián.

Era la primera vez que lo llamaba por el nombre de pila. Era sorprendentemente íntimo. Se le encogió el pecho con un estallido de placer que rozaba el dolor.

¿Era consciente de lo que acababa de hacer? No se lo parecía. Y no tenía intención alguna de hacérselo saber.

—No sienta lástima por mí.

—No es lástima. —Sylvia llevó una mano a su mejilla.

Y en aquel momento advirtió las lágrimas que le brotaban de los ojos.

—Por favor, no.

—No puedo evitarlo.

—Sí puede —le aseguró. Al menos eso esperaba él.

Las lágrimas silenciosas y de decoro no le afectaban igual que el llanto dramático de su hermana pequeña.

Si Sylvia no se recomponía pronto, temía hacer algo fatalmente ridículo.

Algo absurdo y romántico como rodearla con los brazos y abrirle su corazón.

—Lo siento —dijo—. No soy de llanto fácil. Pero es todo muy abrumador. —Se enjugó las últimas lágrimas con la manga—. Supongo que cree que no tengo derecho a llorar por usted.

—¿Y quién tiene derecho a hacerlo? ¿Julia?

—¿No hay nadie más?

Aquella ocurrencia tan disparatada le habría provocado una carcajada en el pasado. Sin embargo, en aquel momento, no le hizo ninguna gracia.

—¿Se refiere a una mujer?

Sylvia asintió con la cabeza con rapidez. La luz de la vela le iluminaba el pelo, y su cabello castaño emitía destellos rojos y dorados.

—No hay ninguna mujer en mi vida —dijo—. He estado aquí solo durante el último año, solo con el servicio como compañía. Y con Milsom, por supuesto.

—Era su sirviente mientras estuvo en la India, ¿cierto?

—Así es.

—¿Él cuidó de usted cuando le hirieron?

—Si por cuidar se refiere a importunarme y atormentarme, entonces sí. Me cuidó. Incluso tanto que a veces tenía que contenerme para no asesinarle.

Lo miró con una tímida sonrisa en los labios antes de que su expresión se tornara seria de nuevo.

—¿Puedo tocarle el rostro? —pronunció en un susurro apenas audible.

Sebastián se paralizó. ¿Había oído bien? Seguramente la había entendido mal.

—¿Cómo dice?

—Me gustaría acariciarle el rostro. —Se sonrojó—. Si le parece bien.

El corazón le martilleaba con fuerza en el pecho.

—Por supuesto —respondió Sebastián con lentitud—. Pero ¿por qué?

—¿Acaso importa?

Sebastián respiró entrecortadamente.

—No —dijo. Y era verdad. Una parte de él había anhelado sus caricias desde que la vio a las puertas de sus aposentos. Deseaba sentir su roce tanto como extrañaba el sonido de su voz de terciopelo—. En absoluto.

Sylvia se acercó despacio; estaba tan cerca que lo rozó con las piernas, y los voluminosos pliegues de su camisón cayeron sobre sus botas. Levantó una estilizada mano hacia su rostro, pero se detuvo medio segundo antes de tocarlo.

—¿Le haré daño?

—No. —Su voz era un susurro ronco.

Y después acarició con mucha suavidad la cicatriz del lado de su ojo derecho con las puntas de los dedos.

Su tacto era cálido y delicado y desgarradoramente tierno.

Sebastián trató de concentrarse en su respiración.

Una tarea imposible cuando la joven empezó a trazar el camino de la cicatriz por la mejilla.

El rostro de Sylvia, iluminado por la luz parpadeante de las velas, estaba a muy poca distancia del suyo.

Podía apreciar hasta el menor cambio en su expresión.

El ligero movimiento de las cejas oscuras, el estremecimiento de los labios entreabiertos, el rubor rosa que crecía en sus mejillas.

Olía a violetas. Siempre había olido a violetas.

Era un toque sutil, que se le pegaba a la piel y al pelo, y se mezclaba con su esencia personal para crear una fragancia que era a la vez dulce y perturbadoramente primitiva.

La esencia le llegó hasta un lugar muy profundo del pecho.